Dmitri Usmanov
Estaba molesto; la irritación era una vibración constante bajo mi piel que no podía silenciar. ¿Por qué Sylvia no quería estar conmigo? ¿Es que, acaso, para ella yo era una sombra insignificante comparada con el imbécil de Mijaíl? Mordoshov seguía ahí, invadiendo incluso los fragmentos borrosos y rotos de su memoria, como un parásito que se niega a morir.
Creí que Sylvia caería en mis brazos en cuanto le asegurara que éramos esposos. Pensé que la etiqueta de "matrimonio" abriría las puertas de su voluntad, pero poseerla estaba resultando mucho más difícil de lo que imaginé. Y no podía comprenderlo. Antes de aquel accidente, yo sabía que sentía atracción por mí; lo había descubierto en la intensidad de sus besos, en esa urgencia compartida que creí mutua. En el fondo, ella me deseaba; lo único que yo debía hacer era despertar ese fuego para que, de una vez por todas, borrara el rastro de aquel hombre de su sistema.
Me sentía patético. Jamás en mi vida había recurrido al fraude para conquistar a una mujer, y mucho menos creí que sería rechazado teniendo el escenario a mi favor. La tenía convencida de que yo era su hogar, su pasado y su seguridad, y aun así, con su mente en blanco, su cuerpo levantaba muros que yo no podía escalar. La deseaba tanto que dolía. Era un suplicio contenerme cuando la tenía al lado, durmiendo con esa paz que a mí me faltaba. Estaba tan cerca que podía oler su piel, pero a la vez a una distancia astronómica. Mis impulsos estaban al límite, una presión constante en mis sienes que a veces me obligaba a abandonar la habitación para no incomodarla. Yo la quería solo para mí. Sin sombras. Sin intrusos.
Existía ese temor punzante de que un día se levantara y recordara a Mijaíl, justo cuando yo estaba empezando a quererlas a ella y a la bebé. Quería lastimar a Mijaíl porque, por su culpa, continuaba en este bucle. No me parecía suficiente que hubiera perdido el amor de Sylvia; quería volver su vida más miserable de lo que ya era. De igual manera, quería vengarme de esa maldita zorra arrastrada de Roxana, pero para ello debía esperar. El plan era quirúrgico: el bastardo debía nacer, Mijaíl debía reconocerlo y empezar a quererlo, a adorarlo como si fuera su propia sangre. Y entonces, en la cima de su felicidad, yo entraría para darle el golpe final. Le demostraría que estaba equivocado y le quitaría el único atisbo de esperanza. Solo entonces me sentiría satisfecho.
El teléfono vibró. Era ella.
—El ADN que me enviaste ya llegó... Pero no me dijiste que era una mocosa —la voz de Roxana destilaba veneno.
Me enorgullecía saber que las cosas no salieron como lo deseaba así que sonreí al sentir la victoria cernirse sobre mí. Este era un juego peligroso. No podía negar que quería que Mijaíl creyera que este hijo era suyo, me convenía sin embargo quería vengarme de Roxana también.
—Tampoco preguntaste —repliqué con frialdad—. No es mi culpa que no sepas usar la cabeza.
—¿Me estás jugando sucio, Dmitri? Porque si es así, voy a decirle a Mijaíl en dónde se encuentra Sylvia y su dulce pequeña.
Solté una risa seca, recostándome en mi silla. ¿A quién quería engañar? No era más que un intento de amenazarme para que yo hiciera el trabajo sucio.
—Creía que eras lo suficientemente inteligente... ¿Acaso tengo yo que resolverlo también?
—Creía que dejarías todo en orden, no quiero lidiar con eso ahora. ¿Cómo voy a explicar que el ADN es de una niña cuando espero un varón?
—Tendrías que pagar un precio muy caro si quisieras falsificar el sexo del bebé en los registros... En eso no puedo ayudarte, estúpida. Haz tu trabajo.
—Eres un desgraciado, pero te va a pesar —siseó ella.
—No creo que quieras que Mijaíl se entere de que ese hijo que esperas es mío —solté el as de espadas, disfrutando de su silencio repentino—. Recuerda que tienes más que perder, incluso si le dices dónde está Sylvia. Piénsalo bien.
—No me interesa lo que creas, ninguno de los dos está dispuesto a perder, ni tú ni yo —respondió ella, tratando de recuperar la compostura.
—A diferencia de ti, yo quiero venganza... y tú quieres amor. Esta es la última carta que te queda: ese hijo para amarrar a Mijaíl. Nadie va a creer que Sylvia esté viva, yo mismo me encargué de que el mundo la diera por muerta.
—¿Crees que vas a manipularme? ¿Eso crees? —su voz subió de tono, desquiciada—. Puedo llegar a donde estés y romper aquella burbuja donde tienes a esa zorra y decirle toda la verdad... Que su "falso esposo" no es más que un hombre que la mantiene cautiva.
Sentí una furia gélida recorrer mi columna. Me puse de pie, apretando el teléfono como si fuera su cuello.
—Te mataré, Roxana. Si te acercas y malogras mis planes, te juro que lo haré. Borraré tu existencia antes de que puedas pronunciar la primera sílaba. Mantente en tu carril si quieres seguir respirando.
—¿A quién vas a matar Dmitri?— inquirió Sylvia en el umbral de la puerta. Me giré rápidamente en su dirección. Creí que solo se trataba de su voz en mi cabeza pero era ella quien estaba escuchando mi conversación telefónica. El pánico invadió todo mi ser, y una sonrisa apenas forzada se dibujó en mis labios. Caminé hacia ella dándome tiempo para arreglar mis ideas en la cabeza, mas no pude pensar.
—A nadie— contesté, deslizando el teléfono en mi bolsillo. Ella arrugó el ceño, evidentemente curiosa— solo bromeaba, cielo.
—Creo que te escuchabas muy hostil... Por eso me preocupé —murmuró ella, dando un paso hacia atrás, como si su cuerpo instintivamente reconociera el peligro que su mente amnésica negaba—. No parecía una broma, Dmitri. Tu voz... nunca te había oído así.
La tomé por los hombros, con una suavidad que me costó un esfuerzo sobrehumano. Tenía que volver a ser el esposo perfecto, el refugio, el hombre que no rompería un plato.
—Era un socio de negocios —mentí, mirándola fijamente a los ojos—. Me ha hecho perder mucho dinero y estábamos teniendo una discusión absurda. Ya sabes cómo nos ponemos los hombres cuando el orgullo entra en juego. Exageramos, decimos cosas que no sentimos.