De mi propiedad.

Por nuestra hija.

Narrado por Dmitri Usmanov

Me encerré en la habitación de Sylvie. La tomé en mis brazos, intentando arrullar a la bebé mientras sentía una desilusión punzante latiendo en mi pecho. Detestaba saberme débil ante alguien más; por eso evitaba a toda costa enamorarme. El amor siempre terminaba con mis emociones descontroladas, llevándome a cometer errores de los que luego me arrepentía amargamente.

La pequeña dejó de llorar en cuanto me escuchó hablar. Me observó atentamente y, al reconocerme, una sonrisa se dibujó en sus labios, iluminando la penumbra del cuarto.

—No llores... Ya tu padre está aquí... —susurré.

Quería disipar este sentimiento de pérdida. No soportaba la idea de que Sylvia se marchara junto con la pequeña. Las adoraba a las dos; se habían convertido en el eje de mi mundo.

—No puedo vivir sin ustedes —le confesé a la bebé, quien me sonreía ajena a la tormenta exterior mientras acariciaba mi cara con sus manos diminutas—. No puedo permitir que ella decida alejarnos.

Nunca imaginé que podría amar tanto a una persona que no compartía mi sangre. Pero ella era mi hija; yo decidí ser su padre con el corazón, y ese vínculo era más fuerte que cualquier prueba de ADN.

—Te quiero tanto, mi pequeña. —Besé sus mejillas con una ternura que desconocía en mí mismo. Sentí ganas de llorar, pero me contuve, sonriendo ante la calidez que me llenaba el pecho—. Tu madre solo está confundida... pero no pierdo la esperanza de que recapacite.

No quería ser el cretino que alejaba a una madre de su hija; el remordimiento empezaba a filtrarse en mis pensamientos. Hubiera querido que todo fuera distinto, ser una persona "normal", pero no podía. Todas las decisiones que tomé, aunque egoístas, me llevaron a ser el padre que Sylvie necesitaba. Mijaíl no merecía ese título; él la negó y la menospreció antes de nacer. Yo la quise desde el primer segundo. Yo merecía su amor; él merecía el vacío por haber pasado su vida dañando a los demás.

—Yo soy el padre que mereces... él nunca podría serlo. No te merece, pequeña. Te prometo que voy a ser el mejor para ti. Eres mi princesa.

Lágrimas de pura emoción humedecieron mis mejillas.

—Te adoro mucho... Papá te adora.

—Señor... —la voz de Karen en el umbral me obligó a secarme el rostro rápidamente—. Es hora de alimentar a la bebé.

Me giré. Karen notó mi conmoción, pero guardó un silencio respetuoso, limitándose a esperar órdenes.

—Dime una cosa... ¿Hay leche extraída en el refrigerador?

—Sí, señor —afirmó ella—. Ya está lista.

Caminó hacia mí y tomó a la niña con delicadeza.

—Si se termina, por favor, llévala con su madre para que la alimente.

—Sí, señor, como usted diga.

—Y por favor, no nos interrumpa a menos que sea estrictamente necesario. Da un paseo con la niña por el jardín; no es bueno que solo vea estas cuatro paredes.

—Señor... hay algo que quiero comentarle y que me preocupa —dijo Karen, deteniéndose antes de salir—. He notado que la niña tiene algunos hematomas en la piel.

—¿Hematomas? —Fruncí el ceño, sintiendo una alarma interna.

—Sí, señor. Manchas moradas.

Recosté a la bebé en la cuna para observar de cerca las marcas de las que hablaba. Ahí estaban, en sus muslos.

—¿No se te habrá caído? —pregunté con un tono firme que intentaba ocultar el miedo—. Estos son hematomas de colores muy intensos. Tienden a salir por golpes fuertes.

—Por supuesto que no, señor... Yo la cuido con mi vida. Solo me pareció raro porque todavía no camina ni gatea lo suficiente para golpearse así. Estas manchas aparecen sin una causa evidente.

—¿Crees que sea algo malo? —Cuestioné con la esperanza de que me dijera que era normal. Como padre primerizo, no sabía distinguir la gravedad de estas señales.

Ella dudó, buscando una respuesta que no llegaba. En ese momento supe que esto no era algo para tomarse a la ligera. Debíamos llamar al pediatra. Cada vez que Sylvie parecía enferma, un nudo opresor se instalaba en mi pecho; su dolor era el mío. Recordé cuando la tomé en mis manos por primera vez; supe que tenía que protegerla hasta del viento que la rozaba.

—Pues... para ser sincera, puede ser algo de la piel —explicó—, sin embargo, creo que hay que ser precavidos con los niños.

—¿Entonces no es algo frecuente en bebés?

Negó con la cabeza.

—Muchas gracias, Karen.

Salí de la habitación con la mente hecha un caos. Al abrir la puerta del dormitorio principal, encontré a Sylvia hecha un ovillo en el suelo, llorando desconsoladamente. El pecho me dolió al verla así; el arrepentimiento por mis palabras crueles me golpeó con fuerza. Me arrodillé a su lado y la toqué con suavidad. Ella sollozó con más fuerza, estremeciéndose bajo mi tacto.

—Perdóname... Perdóname, por favor —le supliqué. Sus brazos se enredaron en mi cuello, aferrándose a mí como a un náufrago.

—Por favor, Dmitri... no me quites a mi hija —suplicó entre hipos—. Me muero sin mi bebé.

—Eso no pasará, no pasará... —le aseguré, besando su coronilla—. Quiero que te quedes conmigo, quiero que seamos una familia. Perdóname... por favor.

—No puedo —dijo, intentando separarse—. Las cosas que me dijiste fueron horribles. Tengo miedo, no sé quién eres, Dmitri.

—No... Yo soy el de siempre, Daphne —aseguré—. Solo me dejé llevar por la ira.

—Los hombres verdaderamente se conocen en esos momentos —replicó con firmeza—. Y tú me demostraste ser una bomba de tiempo. Me demostraste que, si estás airado, destruirás mi vida sin importar qué. No puedo confiar en ti cuando sé que buscarás cualquier momento para despojarme de mi hija.

—Daphne, voy a respetar lo que quieras hacer —dije intentando ser comprensivo—, pero no miento cuando digo que no estás en condiciones de cuidar a Sylvie tú sola.

—Lo sé —afirmó, pareciendo estar de acuerdo.

—¿Entonces qué propones?

—No lo sé, ni siquiera sé quién soy...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.