Narra Daphne
Nuestra hija mejoró. En los últimos días, Dmitri se transformó en el padre abnegado que Sylvie necesitaba; se convirtió en mi único sostén. Aunque las preocupaciones reinaban en nuestro hogar y nos aterraba la idea de perderla, la doctora Volkova nos trajo la calma: el diagnóstico era anemia y una deficiencia de hierro. Nada que no tuviera solución.
Aun así, yo me sentía como una muñeca de porcelana que alguien había roto y pegado con torpeza. Estaba confundida. No podía dejar de pensar en la conversación inconclusa con Dmitri. Quizás me excedí al insinuar que era un abusador; quizás todo había sido un doloroso malentendido fruto de mi propia amnesia.
Sin embargo, la angustia persistía. Me aterraba la idea de estar conviviendo con un hombre a quien no le importaran mis sentimientos, alguien que no velara por mi bienestar.
Él me pidió disculpas... y sus palabras sonaron tan sinceras que llegué a creer que había llorado. Me hizo ver que yo lo había interpretado todo mal; que él no pretendía quitarme a mi hija, sino que, en su desesperación, me veía incapaz de cuidarla sola.
Estaba sentada en la cama cuando el sonido de unos pasos me sacó de mis pensamientos. Era él. Pero no era el Dmitri de siempre. Acababa de ducharse y solo llevaba una toalla anudada a la cintura.
—¿Podemos hablar? —inquirió desde el umbral—. Siento que, a pesar de todo, seguimos alejados.
Me incorporé con lentitud, sintiéndome insegura mientras me acercaba a él. Desde que Sylvie enfermó, nació en mí un cariño especial hacia él. Verlo tan vulnerable, tan atento y preocupado por nuestra hija, me convenció de que nuestras peleas habían sido solo problemas de comunicación y que él realmente quería lo mejor para mí.
—No soy un abusador —me dijo con voz grave—. Si lo fuera, habría tomado lo que quisiera sin que me importara tu opinión. ¿No lo entiendes? Estar contigo es lo que más he deseado, Daphne. Creí que estabas de acuerdo cuando te pedí que te quedaras a mi lado. —Acarició mi mejilla con suavidad—. No quiero que pienses que soy esa clase de hombre. Jamás te haría daño; sería incapaz.
—¿Entonces todo fue un problema de comunicación?
Él asintió.
—Sí... Cuando insinuaste que te había forzado, me sentí herido y me invadió la ira —reveló—. Perdóname si te ofendí. Te aseguro que no volverá a pasar. No volveré a tocarte a menos que tú me lo pidas. Lo prometo. Solo quédate conmigo, ¿sí?
—¿Crees que podamos superar esto?
Volvió a asentir.
Y lo besé. Me lancé hacia él con una necesidad casi desesperada de afecto. Necesitaba sentir que mi matrimonio tenía estabilidad, que no todo estaba perdido. Al final, él era mi esposo y estaba haciendo lo mejor que podía. Convencida de que era un buen hombre, bajé la guardia por completo.
Sus besos eran agradables y sus manos rodeaban mi cintura, atrayéndome hacia él, pero no intentó ir más allá. Estaba cumpliendo su palabra de no precipitarse.
Fue en ese instante cuando un recuerdo me golpeó. Estábamos en el hospital, él tomaba mi mano. En aquel fragmento de memoria, él me besaba y me acariciaba, y pude reconocer perfectamente esa sensación de pasión intensa. Estábamos felices. Luego, la escena cambió: estábamos escuchando el corazón de Sylvie por primera vez. Él apretaba mi mano mientras su mirada estaba fija en la pantalla, buscando esa figura diminuta.
—Todavía es muy temprano para saber el género —decía la ginecóloga con entusiasmo—, pero pueden saberlo con un examen de sangre.
—Prefiero esperar. No me importa el género, es una bendición —respondía yo en el recuerdo, con lágrimas en los ojos—. No puedo creer que esté embarazada... es como un sueño. Tengo miedo de despertar.
—Pues pronto estarás muy despierta —bromeó la doctora—, porque no te dejará dormir por las madrugadas.
Reímos.
—Sin embargo, papá está ahí para sostener a mamá, ¿no es así? Puedes estar tranquila, linda, todo está en orden.
La doctora se retiró para imprimir la ecografía. Dmitri se acercó a mi oído.
—¿Lo escuchaste? Todo está en orden. Ya puedes estar tranquila para el viaje.
—No sabes el alivio que siento. Me estaba muriendo de ansiedad, pero ahora que sé que está bien, puedo respirar.
El recuerdo se desvaneció, dejando una calidez reconfortante en mi pecho.
—Dmitri —murmuré contra sus labios—, bésame más.
—¿Estás segura? —inquirió, aunque su pasión iba en aumento—. No quiero que te sientas obligada.
—No estoy obligada... Quiero estar contigo —pronuncié con urgencia. No quería más explicaciones, solo quería confirmar si sentía la misma ternura de aquel recuerdo—. Recordé algo.
Se detuvo en seco. Su cuerpo se puso tenso, casi rígido.
—¿Qué recordaste? —preguntó expectante. Parecía serio, quizás temiendo que el recuerdo fuera otra recriminación.
—A nosotros, viendo a nuestra hija —confesé con una sonrisa que fue creciendo poco a poco—. Nos veíamos tan enamorados en aquel consultorio...
Él sonrió con una felicidad abierta, casi triunfal, mientras acariciaba mi cabello.
—¿Ahora entiendes por qué no me he rendido contigo?
Asentí con los ojos empañados. Por fin había llegado la hora de tomar las riendas de mi vida. La esperanza de volver a ser yo misma floreció, dando paso a una alegría que creía perdida. Por fin íbamos a estar unidos; por fin estaba redescubriendo lo enamorada que estaba de él.
Comprendí que lo amaba. Esa pequeña chispa se había convertido en una certeza al recuperar esos fragmentos de nuestra historia.
—Quiero estar contigo, Dmitri. Quiero.
Él me miró con una intensidad que me quemaba; era una mezcla de triunfo y una pasión oscura que no supe descifrar.
—¿Y sabes lo que necesito yo? —su voz bajó a un susurro posesivo—. Que cada vez que imagines a ese hombre que te hace el amor, intentes verme a mí. Quiero que me veas así, como yo recuerdo cada momento que pasé contigo bajo las sábanas.
#1314 en Novela romántica
#411 en Novela contemporánea
darkromance, secretosdefamilia, relación tóxica/odio-atracción
Editado: 24.01.2026