Narra Daphne
—Termina tu desayuno, cariño —le indiqué a mi hija, quien se mantenía en una negativa absoluta desde hacía más de media hora. Eso era lo único que faltaba para poder llevarla al kínder.
—No quiero ir —hizo un leve puchero y se cruzó de brazos. Quería continuar con sus clases particulares, tal como lo había dispuesto Dmitri—. No quiero salir, mamá.
Esto era precisamente lo que yo quería evitar: que Sylvie se sintiera excluida del mundo por la sobreprotección de su padre. Detestaba cuando Dmitri se comportaba así con nosotras, como si quisiera protegernos hasta del viento que nos rozaba, convirtiendo nuestro hogar en una jaula de cristal.
—Sylvie, por favor —le dije en un tono desesperado, a punto de perder la paciencia—. Debemos irnos, linda. No podemos llegar tarde.
Me mantuve firme. Si permitía que Sylvie se quedara encerrada, le haría un daño a largo plazo. Ella debía entender que el mundo no era un volcán en erupción; el mundo a veces quemaba, sí, pero no por eso íbamos a perder la oportunidad de vivir en sociedad.
—¿Crees que mi padre esté de acuerdo? Él te dijo que no quería que fuera a la escuela física, quería que estudiara en casa.
Mi hija era una niña tan inteligente que a veces me sacaba de mis casillas. Esa cualidad virtuosa tenía sus desventajas, porque todo lo cuestionaba; su personalidad era la de una líder nata. Tenía que explotar su potencial; no iba a permitir que su padre le cortara las alas por puro miedo.
—¿Y tú cómo sabes eso, jovencita? —Se puso cabizbaja al entender que se había puesto en evidencia—. Sylvie, no podemos escuchar las conversaciones de los demás... Es de mala educación.
Se avergonzó y desvió la mirada, apartándola de la mía.
—Es que no quiero ir, mami —volvió a repetir por enésima vez—. Tengo miedo.
—No debes temer, mi chiquita.
Me agaché para quedar a su altura y tomé sus manos entre las mías. Al contacto, un escalofrío me recorrió: estaban heladas. Fruncí el ceño e intenté calentarlas frotándolas con suavidad. Me pareció extraño; afuera, el verano de Luisiana era sofocante, con una humedad que se pegaba a la piel, pero el cuerpo de mi hija parecía ajeno al clima.
—¿Por qué tienes las manos tan frías, cariño?
—No lo sé, mami —contestó desanimada, soltando un bostezo—. Estoy muy cansada. Tan, pero tan cansada... que podría dormir todo el día.
—Buen intento, Sylvie, pero vas a ir a la escuela, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, mami... Pero no me voy a comer el desayuno. No tengo apetito.
Me rendí; fue totalmente imposible que Sylvie se terminara la ración de su comida.
Conduje por las carreteras de Luisiana, viendo el musgo español colgar de los robles como telarañas gigantes. Al llegar al colegio, intentaba buscar un parqueo para dejar a Sylvie dentro de la escuela personalmente. Pero cuando me giré y la vi, entré en pánico porque se veía demasiado pálida.
—¿Estás bien? —pregunté—. Estás muy pálida. ¿Es por el susto? No debes temer, cualquier emergencia le pides a tu profesora que llame.
Me preocupé. ¿Y si la anemia de Sylvie volvía otra vez? Acomodé la mochila donde un pequeño tanque de oxígeno colgaba en su espalda, preocupada de que pesara. Ella jamás había estado fuera; esta era la primera vez y realmente me atemorizaba que su espalda doliera al hacer esfuerzos físicos.
—Me siento bien, mami —dijo con honestidad—, pero no miento cuando digo que no quiero ir a la escuela.
—Lo sé, mi cielo —le ayudé con el cinturón de seguridad—. Pronto verás que te gustará. Vas a tener amigos, compañeros de juego y amigas que podrás invitar a casa para jugar a las muñecas. ¿No te gustaría?
Se encogió de hombros, dudosa de asentir. De pronto, mi celular empezó a vibrar; era mi esposo. Entré en pánico, pero debía frenarlo, porque de no ser así, Sylvie crecería con demasiadas limitaciones. Descolgué la llamada para hablar con él.
—¿Dónde están? —preguntó a la defensiva, esperando mi respuesta para atacar.
Mi respiración se aceleró; intenté calmarme para no demostrar que sus peticiones de quedarnos en casa fueran órdenes sobre mí y sobre Sylvie.
—Estamos en la escuela... Creí que habías entendido cuando te platiqué que Sylvie este año iba a integrarse.
—Y yo creí ser claro cuando te dije que tomaría clases particulares. ¿O no, Daphne?
Su tono era frío, agresivo. Conocía a mi esposo. En los últimos años nuestra relación estaba muriendo por su obsesión con el maldito control. Dmitri deseaba mantenernos en una jaula y la verdad no entendía el porqué.
—Regresen, ahora —pronunció, en una orden seca—. Daphne, regresa.
—No lo haré, Dmitri. Ya basta; debes aceptar que no vamos a vivir en las sombras porque tú así lo dispongas.
Respiré hondo; no iba a dar marcha atrás con aquella decisión jamás, porque darle el poder a Dmitri por miedo significaba desechar el futuro de Sylvie, permitiendo que creciera sin el derecho de vivir experiencias y, no solo eso, que aprendiera a desenvolverse en el mundo que la rodeaba.
Colgué y apagué el móvil. Caminé hacia el lugar, el cual tenía diseños coloridos. Sonreí con una emoción intensa al observar a aquellos niños correteando por los pasillos; tenía la confianza de que Sylvie, en un futuro, iba a integrarse.
La directora me dijo que Sylvie estaría en la sección C. Su profesora sería Karla Mitchell, a quien conocí y con la que hablé para familiarizarme antes de que Sylvie se integrara en aquella escuela. Pero tras acercarme al aula de clases y detenerme en el umbral de la puerta, noté que había alguien más en el salón. Era un hombre alto, de espaldas, apoyado en un balcón.
Sin embargo, el celular empezó a timbrar y dejé a Sylvie en la puerta para irme a otro lugar a tomar la llamada.
—¿Qué quieres? —pregunté—. Dios mío, Dmitri, entiende que Sylvie debe hacer esto por su bien.
—Daphne... no puedo creer que me hayas hecho esto. Me estás desautorizando, no estás respetando mis decisiones.
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Editado: 24.01.2026