Narra Mijaíl Mordoshov
El sonido del silbato llamó la atención de todos aquellos niños que estaban sentados en las mesas. Intenté sonreír genuinamente y lo logré cuando todos me observaban con interés y curiosidad.
—Buenos días de nuevo —dije moderando la voz para que los niños no me tuvieran miedo. Lo que menos quería era que se sintieran incómodos; quería brindarles confianza, sabía que cuando un niño carecía de ella surgían demasiados inconvenientes entre ellos: el silencio, el no involucrarse en conversaciones sociales y el perder el interés—. Quiero presentarme con ustedes, no tuve la oportunidad: mi nombre es Mijaíl Mordoshov y seré su profesor.
Todos se quedaron en silencio. ¿Acaso me vieron demasiado serio como para no decir nada en absoluto? Es que siempre los niños hablaban sin parar. Miré a todos por igual, pero no pude evitar detenerme cuando miré a aquella niña con aquel respirador mecánico; dicho acontecimiento me hizo recordar a su madre, quien tenía un gran parecido con Sylvia.
—Quiero hacer una dinámica —propuse, rompiendo aquel silencio y disipando el temor y alguna que otra duda que pareciera—. ¿Qué tal si nos presentamos uno a uno? Así como yo lo hice anteriormente.
Un niño pelirrojo pecoso levantó la mano.
—¿Sí? —pronuncié expectante—. ¿Tu nombre es?
—Soy Arthur Andersen —respondió—. ¿Dónde está la señorita Mitchell? ¿Por qué no ha venido?
No me sentí desanimado por el rechazo de los niños; era válido porque estaban acostumbrados a su maestra, ella había impartido clases antes de las vacaciones de invierno. No estaban acostumbrados a mí, sin embargo, buscaría la forma de que me tuvieran simpatía.
—Desde ahora seré el nuevo profesor —les avisé, continuando con aquella voz dulce—. La señorita Mitchell decidió tomar unas vacaciones.
—Lástima —dijo—. Me agradaba más la señorita Mitchell, usted me da mucho miedo.
Esbocé una leve sonrisa. No podía creer que mi aspecto inofensivo continuara dando pánico, cuando estaba haciendo todo lo necesario para provocar lo contrario. Pero comprendía, una mujer desbordaba más ternura. Era cuestión de energía.
—Sí —le siguió otra niña rubia—. ¿Por qué tiene ese bastón? ¿Qué le habrá pasado?
Todos parecían curiosos por saber mi triste historia, sin embargo, era demasiado dolorosa como para contársela a un niño que todavía no sabía nada de la vida, cuya inocencia se podía vislumbrar incluso cuando respiraba.
—Pues él me agrada —contestó la niña llamada Sylvie. Se me aceleró el corazón; era ternura—. Ustedes no lo conocen.
Esto era exactamente lo que yo necesitaba para sanar mi alma de todas las tristezas. Estar rodeado de niños, de esperanza. Ellos eran la parte sana de la vida, la inocencia de este mundo cruel. Sin embargo, mi sonrisa se desvaneció cuando escuché al niño decir:
—¿Y tú sí, fenómeno?
Su tono fue despectivo y todos los demás se burlaron; entonces me vi en la obligación de interferir cuando toda el aula se convirtió en un gallinero. El bullicio en el ambiente no me detendría a parar esta descortesía; no permitiría bullying ni acoso en mi clase.
Volví a silbar intentando reconstruir el orden, como si estuviéramos en un campamento de batalla, y todos los niños volvieron a guardar silencio de golpe esperando alguna reprimenda. La niña Sylvie se quedó en silencio, se puso cabizbaja y negó con la cabeza intentando no llorar. Se me estrujó el alma cuando noté aquel puchero que no pudo esconder. Me surgieron unas repentinas ganas de abrazarla para darle tan solo un poco de consuelo.
—Arthur —pronuncié intentando mantener la paciencia—, no estuvo bien lo que le dijiste a tu compañera.
—Pero es la verdad —replicó—. ¿O por qué lleva esa mochila en la espalda? Es muy rara.
Me pregunté qué era lo que les estaban enseñando a estos niños en sus hogares para que se expresaran así de otra persona. Los padres debían dar el ejemplo a sus hijos, no guiarlos por malos caminos.
—No. Su compañera necesita oxígeno para poder respirar —explicó—. Desconozco por qué, sin embargo, no deberían discriminar a Sylvie por eso. No tiene nada de malo. Y no por eso es rara, es igual que nosotros; es diferente, sí. Por ejemplo, tú no eres igual a los demás: eres pelirrojo, tienes esas —señalé— pecas en tu rostro... Imagina que alguien te discrimine por eso... ¿Cómo te vas a sentir?
El niño pensó en silencio por unos microsegundos y luego observó a Sylvie, quien estaba a punto de llorar.
—¿Qué les parece si con las letras del abecedario escribimos cartas bonitas a nuestros compañeros? —propuse—. Voy a enseñarles el abecedario y cómo suenan aquellas palabras.
—Pero la maestra Mitchell nos dejaba pintar —confesó la niña morena de los lentes—. ¿Cuándo lo haremos, señor Mordov?
—Cuando repasemos el abecedario; mañana vamos a socializar sobre el tema. Y Arthur, te voy a asignar a Sylvie como tu compañera para que aproveches y te disculpes con ella. ¿Qué te parece?
Asintió.
Caminé lentamente cojeando para llegar hacia Sylvie, quien secaba sus lágrimas con discreción. Me senté enfrente suyo para mirarla más de cerca. Se parecía mucho a su madre y eso solo me provocaba recordar con más intensidad a Sylvia.
—No te diré que no llores —le dije, y ella levantó la mirada, tímida—, porque llorar es algo completamente válido...
—No debí venir, papá tenía razón —confesó negando—. Sabía que esto podría pasar. No soy del agrado de nadie.
—No digas eso, Sylvie... Estoy seguro de que tú eres importante —afirmé—. Eres una niña muy querida. Tu mamá te quiere mucho.
—Ella me quiere, lo sé, pero no me escucha. Esta mañana le dije que no quería venir aquí y no me escuchó.
—Precisamente porque te quiere es que no te niega el derecho a estudiar. Todos los niños deben hacerlo.
—Esa no es la norma...
Me sorprendía lo elocuente que parecía ser.
—Ya sé el abecedario —avisó—. ¿Puedo faltar mañana?
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Editado: 24.01.2026