De mi propiedad.

¿Ahora somos familia?

Cuando llegaron al hospital, el personal médico se llevó a la niña a urgencias de inmediato. Mijaíl no pudo evitar permanecer de pie, observando aquella puerta con una preocupación profunda.

Mijaíl Mordoshov estaba aterrado; la situación se veía grave. Sentía una inmensa lástima al ver que una niña tan pequeña y frágil estuviera pasando por semejante calvario. A su lado, la directora Lourdes también se mostraba horrorizada por lo que pudiera pasar, y ese miedo evidente solo servía para encender las alarmas en el interior de Mijaíl.

De pronto, divisó a la madre de Sylvie en la dirección opuesta. Daphne estaba sola y lloraba con desconsuelo. Al verlo, se desesperó y corrió rápidamente hacia él; sin embargo, era tal la angustia y el miedo que oprimían su pecho que sus piernas le fallaron. Trastabilló y estuvo a punto de caer, pero él, a pesar de sus propias dificultades para mantenerse en pie, la atrapó con fuerza entre sus brazos. Ella se apoyó en su hombro, muy cerca de él. Mijaíl la miró a esos hermosos ojos azules; eran los mismos ojos, la misma mirada de su esposa muerta. Su pecho dolió, recordándole que probablemente nunca sanaría, sino que solo se acostumbraría a vivir con el dolor de su pérdida.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó ella con desesperación—. ¿Qué fue lo que pasó, profesor?

Se irguió, pero no dejó de sostenerse de los hombros de él mientras esperaba una respuesta. Mijaíl se había quedado en silencio, contemplando en ella las mismas expresiones de Sylvia; continuó mirándola fijamente. Era como si realmente ella estuviera allí. ¿De verdad no era ella? ¿Acaso una persona tenía la facultad de parecerse tanto a otra? Eran idénticas, como dos gotas de agua.

—Ella está dentro, señorita Daphne —respondió él. Ella lo miró por unos microsegundos y no pudo evitar pensar que sus ojos le resultaban familiares; sin embargo, fue un pensamiento vago al que no dio importancia. Sus lágrimas no cesaban—. Se desmayó mientras sangraba por la nariz.

Ella miró la camisa blanca de Mijaíl, teñida con la sangre de Sylvie, y comenzó a sollozar sin control.

—¿Toda esa sangre es de mi hija? —inquirió atemorizada—. No, esto no puede ser normal. Mi niña… —murmuró—. Necesito ver a mi niña, por favor.

—El doctor a su cargo hablará con usted —avisó Lourdes acercándose, visiblemente apenada por la delicada situación.

—No puedo creer que volviera a pasar esto —murmuró Daphne, incrédula—. La doctora me dijo que todo estaba bien.

Lloró mientras negaba con la cabeza, temiendo lo peor. Odiaba ver a su hija sufriendo; lo detestaba. Desde que nació, la vida de la pequeña había sido un ciclo de enfermedades, dolores y dificultad para respirar por sí sola, lo que incrementaba en la madre el miedo a perderla prematuramente.

—¿Le ha pasado antes? —inquirió Mijaíl con tono preocupado.

—Sí —afirmó—. Hace seis meses sangró por la nariz, pero no fue así; no tuvimos que hacerle transfusiones. Esto es totalmente inesperado.

Se separó de él al darse cuenta de que había invadido su espacio personal. Por un momento, creyó inconscientemente que existía una confianza profunda entre ambos. Su olor, esa colonia que le parecía familiar, y su calor la confundían. Aun avergonzada, pensó: «¿Por qué el contacto de este hombre parece ser tan conocido, tan cálido? ¿Por qué sus brazos parecen un refugio para mi alma magullada?»

La directora los interrumpió señalando al médico, quien se aproximaba para dar noticias. El doctor salió del área de urgencias con el rostro serio, quitándose los guantes de látex. Al ver a Daphne apoyada en Mijaíl, se detuvo frente a ellos.

—¿Ustedes son los padres de Sylvie? —preguntó, mirando de reojo la camisa ensangrentada de Mijaíl.

Se quedaron en silencio unos instantes. Ella lo miró y él no le retiró la mirada, imaginando por un segundo que ella era Sylvia y que aquella escena, aunque cruel, era su realidad.

—Yo soy su madre —respondió Daphne, separándose apenas de Mijaíl con el corazón en la garganta—. ¿Cómo está mi hija? ¿Por qué no paraba de sangrar?

El doctor suspiró y consultó la tabla clínica mientras Daphne esperaba lo peor.

—Hemos logrado estabilizar la hemorragia nasal, pero Sylvie está muy débil. El sangrado fue inusualmente difícil de detener para una niña de su edad. Presenta una trombocitopenia severa; eso significa que sus niveles de plaquetas están peligrosamente bajos, lo que impide que su sangre coagule correctamente.

Daphne palideció. —¿Plaquetas bajas? Ella siempre ha tenido anemia, el doctor de la familia dice que es por eso que se cansa...

—No es solo anemia, señora —intervino el médico con firmeza—. Su conteo de glóbulos blancos también es irregular. Debido a su historial con el uso de oxígeno y su fragilidad respiratoria, esto podría ser una complicación sistémica o algo que ha estado afectando su médula ósea en silencio. Por ahora, necesitamos realizar una transfusión de urgencia para recuperar el volumen de sangre perdido y estabilizar su presión, que está por los suelos.

Mijaíl, que escuchaba cada palabra con la atención de quien analiza un reporte de guerra, dio un paso al frente.

—¿Qué tipo de sangre necesita? —preguntó con voz profunda.

—Es un tipo poco común —respondió el doctor—. Sylvie es AB negativo.

—Yo soy AB negativo —dijo Mijaíl—. Haga lo que tenga que hacer para que la niña mejore.

—No quiero que le pase nada —murmuró Daphne aferrándose a Mijaíl. Él se tensó, pero luego la abrazó en señal de apoyo—. Me muero sin mi hija. Me muero.

—No se preocupe, señorita, nada va a pasarle... Yo mismo me encargaré de que no sea así.

—Pues entonces acompáñeme, señor... No hay tiempo que perder. Y venga usted también para que pueda ver a su hija.

Caminaron por el corredor en silencio. Sylvie yacía en una cama; su cuerpecito estaba débil, conectada a oxígeno y con una solución salina en sus venas. Daphne estuvo a punto de desmoronarse.




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