De mi propiedad.

La sospecha

Gretel se miró al espejo retrovisor mientras sonreía de una manera maquiavélica. Se preguntaba qué demonios le pasaba a Mijaíl, que no logró seducirlo con su belleza y su juventud. Se limpió las lágrimas aquella noche y se juró a sí misma jamás rendirse. Pensaba tanto en las cosas que le dijo su familia antes de partir.

—¿A dónde vas a ir? —inquirió su padre, Lorenzo, en el intento de demostrar que lo que su hija planeaba hacer no le convenía—. ¿Acaso dejarás todo cuanto has construido aquí? ¿Qué hay de la universidad?

—No te incumbe —concluyó ella empacando sus cosas—. Concéntrate en tus asuntos con mi madre y su estúpida relación. No vas a intentar organizar mi vida cuando la tuya está patas arriba.

Lo decía porque, en los primeros años de su vida, su padre solo vivía para pelear con su madre. Toda una vida luchando en contra mientras el hogar se estaba desmoronando.

—No me faltes el respeto, jovencita.

—Es la verdad, papá... Ahora que tengo la oportunidad de irme de aquí, ¿crees que la voy a desaprovechar?

—Ya sé a dónde te quieres ir. ¿Te vas a ir con ese hombre? ¿Vas a abandonar todo por lo que has luchado?

—Pues sí, lo haré...

Aceleró el auto estrellándose contra el tronco de un árbol y este quedó hecho añicos. Oportunidad perfecta para quedarse en casa de Mijaíl.

Mijaíl Mordoshov regresó al hospital de donde horas atrás había salido. ¿La razón? Gretel había sufrido un accidente automovilístico. No sabía qué demonios hacía en Luisiana ni qué explicación tendría una vez que todo estuviera bien.

Decidió brindarle su apoyo y no cuestionar el modo de actuar de aquella jovencita que le había declarado su amor; aunque era adulta, parecía ser inmadura y precoz.

—Qué bueno que estás aquí —habló ella mientras sus labios se curvaban en una sonrisa—. Creí que jamás te volvería a ver, Mijaíl.

El doctor que la atendió le explicó que solo sufrió una pequeña fractura en el brazo y otra en la pierna. Su cuello también sufrió. No se podía quedar sola, así que Mijaíl se ofreció a ser su anfitrión.

—Lo importante ahora es que te mejores... para que regreses con tu hermano Gabriel.

Mijaíl no podía estar contento con aquella visita inesperada, pues comprendió a qué se atendría si la recibía en su departamento. Gretel no era cualquier mujer: era la hermana de su amigo, quien sentía un enamoramiento inmaduro por él. Lo que menos deseaba era estrés. Quería ser una buena persona, amable; sin embargo, las personas a su alrededor no colaboraban.

—¿Por qué? —inquirió ella—. No pienso regresar, Mijaíl... No pienso hacerlo.

—¿Por qué, Gretel? No creo que a tu hermano le guste la idea de que te quedes conmigo.

—He venido por trabajo, Mijaíl. Conseguí trabajo.

—¿Y la universidad? —cuestionó, incrédulo de que lo que estaba escuchando fuera real. Gretel lo había abandonado todo tan solo por perseguirlo.

—Pues terminaré la carrera aquí... —contestó mientras se encogía de hombros.

—Supongo que no te van a dar el trabajo... ¿Crees que ahora, en tu estado, te van a dar empleo?

—El trabajo ya es mío... No te preocupes, que mis labores no ameritan que me mueva. Solo seré la secretaria de alguien.

—¿Estás segura?

Asintió.

—Entonces te vas a quedar conmigo... No quiero ser grosero pero, ¿por cuánto tiempo?

Gretel sintió una punzada de desdén en su pecho por la negativa de aquel hombre; sin embargo, aquello quedó en segundo plano cuando lo miró a los ojos. Precisamente por eso estaba encaprichada con él: por su manera tosca de tratarla. Mijaíl se había convertido en un reto para ella, uno que ganaría a toda costa.

—¿Es por Gabriel, verdad? —murmuró fingiendo estar desanimada—. Gabriel no es mi dueño, Mijaíl.

—Pues realmente no me gusta compartir mi casa, Gretel... Haré una excepción contigo.

—No te preocupes, no te voy a molestar —le aseguró a sabiendas de que eso no era verdad—. Yo no planeé esto, ¿de acuerdo? Tú eras la única persona cercana que tenía. Solo te llamé sin pensarlo... pero ya veo que no te gustó. Para la próxima vez lo tomaré en cuenta.

Mijaíl se sintió como un completo desalmado. Exactamente lo que ella quería. Era una manipuladora sutil; no respetaba los límites y le gustaba pasar por encima de todo el mundo de una manera desvergonzada.

—No es eso —quiso rectificar—. Escucha, Gretel... No quiero romper tu corazón. ¿Me escuchaste?

—No te preocupes, Mijaíl, ya lo entendí —concluyó dándole tranquilidad—. Tal vez pienses que estoy enamorada de ti, pero tú no eres el centro del universo.

—Sé que no lo soy, solo quería dejar las cosas claras —aclaró él, totalmente aliviado de que ese capítulo en su vida se cerrara—. Voy a salir un momento al pasillo... Hay alguien a quien debo ver.

(...)

Cuando Dmitri entró a la habitación, la pequeña Sylvie le miró atentamente a la expectativa de lo que pasaría. Sylvie no era tonta y sabía que, a veces, su padre no era paciente y solía desesperarse cuando su madre lo desobedecía. Se esperaba lo peor. Ellos nunca peleaban en su presencia; sin embargo, ella no era sorda ni estaba ajena a pesar de los muros que los separaban.

—Hola, papá —saludó la niña con ánimo apático por lo débil que se sentía. Su respiración calmada delataba lo próxima que estaba a quedarse dormida. Aun así, luchaba por no hacerlo, pues no quería que su madre estuviera sola con su padre.

El hombre dejó de mirar a Daphne buscando una explicación y, por un momento, se olvidó de la antigua presencia de aquel extraño en la habitación del hospital.

—Sylvie, mi vida... ¿Cómo estás? —suavizó la voz. Se sentó y extendió la mano para acariciar su mejilla.

—No me siento bien, padre —contestó con voz adormilada—. Tengo mucho sueño...

—No te preocupes, cariño... Ya pronto estaremos en casa con los cuidados correspondientes.

Dmitri acarició el cabello de la niña conforme la observaba con aquella ternura desmedida.




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