Mijaíl regresó a casa con el alma en un hilo. Deseaba con una fuerza desesperada que aquella casualidad fuera cierta, y no solo una imposible ilusión creada por su propia mente agobiada.
—Debes concentrarte... —se decía a sí mismo, intentando apaciguar aquel espíritu esperanzado que moraba en su interior desde que miró a Daphne a los ojos. Eran ojos semejantes al agua del mar; los mismos ojos de la mujer que durmió durante años a su lado. El recuerdo de haber acariciado el cuerpo inerte de Sylvia en la morgue volvía a él como un ancla de hierro, convirtiendo cualquier teoría de supervivencia en algo inconcebible.
Al abrir la puerta de su departamento, se encontró con una figura que descansaba plácidamente en el sofá de terciopelo. Era Gretel. A pesar de la hora, vestía un sensual camisón de seda rosa pastel que contrastaba con la rigidez de su mirada. Mijaíl capturó su presencia de forma fugaz, sintiendo el peso de la incomodidad.
—Buenas noches —saludó la castaña—, llegas tarde. He preparado la cena.
Mijaíl no podía pensar en probar bocado. Toda su energía se consumía en la imagen viva de Sylvia y en la pequeña niña convaleciente que acababa de conocer.
—Estaba trabajando, Gretel... Te dije que para eso vinimos —murmuró con tono apático.
Ella lo miró con una intensidad tal que Mijaíl sintió que iba a devorarlo si no se movía. Odiaba sentirse un extraño en su propio espacio, pero hizo un esfuerzo por no ser grosero. Gretel era la hermana de su mejor amigo; ella no tenía la culpa de su tormento interno.
—¿Fuiste hoy a trabajar? —cuestionó él, forzando una amabilidad que no sentía—. ¿Cómo te fue?
Por primera vez en horas, Gretel se sintió importante. Cada atisbo de atención era un tesoro para sus fantasías, una victoria que celebraría en silencio.
—No —respondió ella—. Creí que sería secretaria, pero no... seré niñera a tiempo completo.
—Me extraña, Gretel. Tú fuiste la primera en criticarme cuando decidí dar clases a niños.
—Solo intentaba que te quedaras conmigo, Mijaíl. Pero no tengo nada en contra de los niños.
Él asintió con desgana y se retiró a su habitación. En ese instante, el teléfono de Gretel vibró. Al mirar la pantalla, un terror gélido se instaló en su pecho. Sabía que esa persona no llamaba para saludar, sino para reclamar su botín de información.
—Hola —contestó en un susurro, asegurándose de que nadie más pudiera oírla—, no puedo hablar ahora.
—Tú no decides eso, cariño —la voz de Dmitri vibró fría, provocándole escalofríos—. Necesito que vengas cuanto antes a pagarme el favor que te hice, Gretel.
—¡No te debo nada! —siseó ella, alejándose hacia el rincón más oscuro—. Durante años te he servido como una maldita espía. Te he contado todo sobre él, pero sigo sin entender cuál es tu maldito problema.
—Sé de tu pasado oscuro, Gretel. ¿Recuerdas cuando me lo confesaste? Tengo pruebas, y si no quieres que Mijaíl sepa la clase de monstruo que ocultas, harás lo que te pido. ¿Me escuchaste?
—No lo sé... Acabo de llegar a Louisiana —declaró ella con la voz quebrada por el pánico—. Te llamaré cuando tenga algo.
—¡¿Por qué demonios no me dijiste que Mijaíl estuvo aquí?! Y no solo eso, sino también que es el profesor de mi hija.
—No lo sabía... ¿De acuerdo? Ni siquiera me lo dijo, me enteré después. Luego le pedí que no se fuera pero no me hizo caso.
—Vives para ser mi sombra... Me extraña que no te haya quedado claro Gretel. Si decides traicionarme irás a prisión.
—¿Qué se supone que debo hacer?
—Vigila a Mijaíl... Él ya vio a Daphne y sospecha. Tu misión es ser la espía.
—Eres un desgraciado —farfulló en un murmullo—. ¿Cómo puedes aprovecharte de la falta de memoria de una mujer? Eres de lo peor.
—Eso no te incumbe, Gretel. Es Mijaíl o eres tú... Decide. Le diré que me ayudaste con lo de Sylvia con tu querido exnovio forense.
—¡No tenía opción, tú me chantajeaste!
Colgó. Sin importar el reclamo de su cómplice.
Al colgar, Gretel sintió que las paredes se cerraban sobre ella. El pasado la atormentaba. No podía permitir que Mijaíl descubriera su verdadera naturaleza. Maldijo el día en que su curiosidad la llevó a contactar a aquel hombre, todo por querer desvelar los secretos de Mijaíl, el hombre del que estaba irremediablemente flechada. Ahora, era una prisionera de su propia obsesión.
De pronto, la voz de Mijaíl llegó desde la habitación contigua. Estaba hablando por teléfono con Gabriel y, por fortuna para Gretel, el altavoz estaba encendido.
—Sé que vas a decir que estoy loco, Gabriel, pero... esa mujer se parece mucho a Sylvia. No puedo dejar de mirarla porque siento como si estuviera hablando con ella. Es inexplicable.
Gretel agudizó sus sentidos, conteniendo la respiración tras la puerta.
—¿No la viste en la morgue, Mijaíl? —preguntó la voz de Gabriel.
—Sí, amigo. Eso es lo que más me confunde e inquieteta. No es solo el parecido físico... es un cúmulo de casualidades que no puedo ignorar.
—Si fuera Sylvia, ¿no crees que te habría reconocido?
—No lo sé... No sé si mi falta de resignación es demasiada, o si esta coincidencia esconde algo más profundo.
Gretel apretó el teléfono contra su pecho. Si Mijaíl seguía tirando de ese hilo, el mundo que ella había construido sobre mentiras y espionaje se desmoronaría por completo.
—Necesito hacer esto... Necesito convencerme de que Sylvie no sea mi hija.
—¿Y qué harás?
—Voy a hacer una prueba de ADN —confesó con aquella emoción creciendo en su pecho—, tengo un rastro de su sangre en mi camisa.
Gretel se llevó la mano a la boca de una manera sorpresiva. Si Mijaíl descubría que esa "mocosa" era la hija y que Daphne era su supuesta esposa muerta entonces quedaría desplazada, asesinada o en prisión. No sabía cuál de todas esas opciones era peor.
—¿No es ilegal? Te puedes meter en problemas... Recuerda el hombre en el que te convertiste, no lo arruines.
#1383 en Novela romántica
#468 en Novela contemporánea
darkromance, secretosdefamilia, relación tóxica/odio-atracción
Editado: 17.02.2026