De mi propiedad.

Entre el deseo y el control

Tuve un sueño... un sueño extraño con el recuerdo del hombre que invadía mis noches sin pedir permiso cinco años atrás. Me pareció insólito, porque jamás volví a soñar con él una vez que acepté mi vida actual, incluso cuando no podía recordar ni un solo fragmento de mi pasado.

​En mi sueño, mi cabello era largo y negro como la noche más oscura. Desconocía el lugar donde estaba, pero aquel hombre volvió a aparecer. Era él; sin embargo, no lograba ver su rostro. Me besaba y yo le correspondía, envuelta en aquella chispa que no sentía desde hacía tanto tiempo. Su calor me resultaba familiar y mi pecho vibraba con un sentimiento intenso. Me besaba con una determinación tal, como si quisiera que nuestros labios permanecieran unidos por toda la eternidad; era un sentimiento conocido, uno que sin duda alguna no se construyó de un día para otro.

​—Misha —pronuncié contra su boca, con una ternura infinita invadiéndome—. Te amo, te amo tanto.

​Era una desesperación absoluta. No lograba entender por qué, si estábamos juntos en ese instante, me aterraba tanto la idea de la separación. ¿Por qué sentía aquello por un desconocido? ¿Quién era el dueño de esa voz profunda que me desarmaba los sentidos?

​—Sylvia —murmuró en un tono que parecía ser un suspiro de anhelo. Sus dedos jugaron delicadamente con los mechones de mi cabello. Solo podía ver su sonrisa, una mueca cargada de melancolía—. Ha pasado tanto tiempo... No sabes la agonía que he sentido con tu ausencia.

​—¿Por qué me llamas así? —cuestioné en un susurro—. Soy Daphne, no Sylvia. ¿Estás confundido?
​—Porque tú eres Sylvia, mi Sylvia —respondió—. Debes prestar atención, amor: el número cinco.

​¿Cinco? ¿Por qué me decía eso de repente? ¿Qué importancia tenía aquel número? Y lo que más me dejó confundida fue lo que me dijo a continuación:

​—Esta será la última vez que me verás aquí —reveló—, pero no te preocupes, amor mío, pronto nuestro amor se va a materializar... Solo tienes que recordar ese número.

​—¿Por qué? —pregunté, frustrada por no ver sus ojos.

​—De tu vida pasada, cariño... ¿Me escuchaste? Eres mía, mi querida esposa. No de él.

​Sus dedos se aferraron a mi mentón, obligándome a girar la cabeza.

​—Mira —sentenció—. Esto no lo debes olvidar. No me olvides, cariño. Cinco. El número cinco.

​De pronto, el entorno cambió. Ya no estaba él, ni la habitación, ni la calma. No hubo un estallido al principio, o al menos mi cerebro no lo registró como sonido. Fue una onda de presión física, un muro invisible de aire sólido que me golpeó el pecho con la fuerza de un camión en marcha. Sentí cómo el oxígeno era succionado de mis pulmones en un parpadeo, dejándome un vacío ardiente en la garganta.
​El mundo se quedó en silencio, sustituido por un pitido agudo y monótono que nacía dentro de mi propio cráneo. Los gritos a mi alrededor eran solo movimientos mudos. El aire se volvió naranja y luego gris bajo una cortina espesa de escombros pulverizados. Mis ojos ardían como si les hubieran arrojado arena hirviendo. Me sentí ligera por un segundo antes de que el suelo me reclamara. El impacto contra el asfalto no me dolió de inmediato; el choque me regaló una anestesia gélida. Solo sentía una vibración profunda en los huesos.
​Traté de levantarme, pero mis extremidades no me obedecían. Vi mis manos cubiertas de un hollín oscuro, temblando violentamente. No era miedo todavía, era pura biología intentando reaccionar al calor sofocante y al olor a metal quemado. En ese momento, yo ya no era una mujer con planes; era simplemente un animal aturdido intentando entender por qué el cielo se había desplomado sobre sus hombros. Al tocarme la nuca, descubrí que sangraba. No había pensamientos, solo un instinto de alerta: el edificio había volado en pedazos. Esto no fue un accidente; fue un ataque. Intenté mantenerme despierta, pero la oscuridad me arrastró.

​Expandí mis párpados con desesperación. Los ojos me ardían y mi cuerpo estaba empapado de sudor. Un chillido emergió de lo más profundo de mi ser. Era aterrador lo real que se había sentido.

​—Misha... —murmuré en la penumbra.

​—¿Estás bien? —preguntó Dmitri, quien se encontraba a mi lado. Lo miré a los ojos, confundida y nerviosa—. ¿Tuviste una pesadilla?

​No contesté hasta recuperar el aliento. Una sensación de inconformidad palpitó en mi pecho.

​—No tiene importancia —respondí con frialdad—. No te preocupes.

​—Dijiste algo que no pude escuchar —insistió—. Supongo que escuché mal.

​—Pues no lo sé, Dmitri. Estaba dormida. No recuerdo lo que dije.
​Mentí. Lo que menos deseaba era armar un escándalo. No iba a decirle a mi esposo que soñé con aquella voz profunda —tan parecida a la del profesor de nuestra hija— y que el dueño de aquella voz me besaba. Él ya no era aquel hombre comprensivo que quedó atrás.

​—Volveré a dormir. Descansa.
​—Descansa.

​Era imposible volver a conciliar el sueño. No solo por el temor a que mi hija sufriera otro sangrado, sino porque Dmitri me hacía sentir que vivía bajo el mismo techo que mi enemigo. Después de lo ocurrido en el hospital, nada iba a ser lo mismo. Nuestro matrimonio había terminado en el momento en que me amenazó directamente; solo faltaba que yo lo aceptara formalmente. Aunque mi memoria estuviera fragmentada, mi instinto permanecía intacto: yo no era una mujer que soportara malos tratos. Me rehusaba a ser sumisa, a ignorar el peligro que significaba vivir con un esposo que hacía mucho dejó de quererme para intentar poseerme como una propiedad a la cual controlar.

​Pensé en aquella mirada oscura de mi sueño y se me estremeció la piel. Ese hombre me atraía. Ese hombre tenía algo que me reconectaba con algo que no podía terminar de entender. "Solo fue un sueño", me repetí, tratando de convencerme de que el estrés era el único culpable.

​Me levanté de la cama para observar a mi hija, quien dormía plácidamente. Al menos la batalla con su padre había terminado de manera provisional, sin embargo, mi corazón de madre me dictaba que lo peor estaba por aproximarse. Nada de esto era normal; por más que dijeran que solo era falta de hierro o anemia, mi instinto decía lo contrario. Desde que ella enfermaba, el nudo en mi pecho me recordaba que ella era mi única debilidad. La pediatra estaba de viaje y, aunque Dmitri prometió que vendría pronto, yo ya no podía confiar.




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