Dmitri Usmanov se sentó frente a frente con una persona de servicios sociales; se sentía poderoso, airado y preocupado por lo que se estaba desencadenando en su vida. De todos los lugares del mundo, Mijaíl fue a parar exactamente en el mismo lugar donde decidió establecerse.
Desde que lo vio brindándole consuelo a su esposa, la ira invadió su cabeza. Era como si hiciera méritos para que continuara con aquella venganza silenciosa, la cual ejercía en contra del verdugo que asesinó a sus hermanos indirectamente.
Estaba preocupado, pero al mismo tiempo motivado por el resentimiento y el odio, por hacerle la vida más miserable a Mijaíl, quien osó recolectar pruebas para tomarse el atrevimiento de practicar un ADN a su princesa. Imaginaba el escándalo que se armaría si Mijaíl lograba practicar un análisis de ADN: Sylvia se alejaría de él y Sylvie jamás lo llamaría papá; por eso siempre estaba un paso delante. Era un manipulador nato y, lo mejor de todo para él, la situación lo favorecía de todas las maneras.
Un padre totalmente preocupado por su pequeña lograría la simpatía de la gente. Deseaba refundir a aquel hombre que le destruyó la vida en más miseria y no le sería difícil, porque él lo tenía todo en sus manos.
—Buenos días —pronunció. Su traje pulcro le sentaba demasiado elegante y le proporcionaba un aire serio y jovial que no pasó desapercibido ante los ojos de la mujer—. Necesito que me ayude, realmente estoy preocupado.
—¿En qué podemos ayudarle, señor Usmanov? —cuestionó la funcionaria, acomodándose las gafas mientras le prestaba toda su atención a aquel hombre enigmático que ocupaba su asiento.
Dmitri fingió desesperación, tanto que sus ojos se cristalizaron. Tomó aire y volvió a mirar a la mujer, quien empezaba a mirarlo con preocupación.
—Mi esposa y yo hemos sido víctimas de un acosador, un antiguo profesor que perdió la razón tras un accidente. Teme que intente recolectar muestras biológicas de mi hija, Sylvie, para fabricar pruebas falsas o para Dios sabe qué fetiche. Quiero poner su perfil en el Registro de Protección de Identidad Genética.
Dmitri se frotó las sienes con sus dedos temblorosos, un gesto perfectamente ensayado que demostró la fatiga de un padre que no dormía por proteger a su familia. La mujer de servicios sociales se inclinó hacia adelante, ya ganada por su causa antes de que él terminara la frase.
Deseó curvar sus labios cuando una sensación de placer macabro navegó por todo su cuerpo al saberse el villano, el verdugo que ejercía castigos al patético Mijaíl. Quería hundirlo en la miseria y no iba a descansar hasta que él mismo decidiera finalizar su existencia, así como lo hizo Layla una tarde de febrero por su causa. Primero debía sufrir hasta el último día.
—Necesito que se active ese protocolo de protección —insistió—. Mi hija podría estar en peligro. No confío en ese hombre. Y tengo pruebas de que ha recolectado muestras biológicas sin nuestro consentimiento. Su sangre pudiera estar siendo utilizada. No he podido conciliar el sueño pensando que mi hija es el objeto de estudio de un hombre que ha perdido el contacto con la realidad.
La mujer palideció, perturbada por lo que el hombre sentado le platicaba.
—Esto es extremadamente grave y serio, señor Usmanov —le dijo la mujer, quien dejó salir aire y volvió a acomodarse las gafas en un reflejo de nerviosismo al entender la gravedad del caso y en la vulnerabilidad que decía este hombre que podría estar su hija—. Si resulta o existe un riesgo en el que este hombre intente practicarle exámenes de ADN a su hija de forma ilícita, podríamos deducir que esto es un caso de acoso y vulneración a la integridad de su hija.
Él asintió varias veces, mostrándose más nervioso. Era horrible para un padre normal saber esto, pero él lo estaba disfrutando.
—Es por eso que he venido, señorita, porque como padre debo proteger a mi hija. Por eso le pido encarecidamente una restricción de acceso genético; no quiero que mi hija continúe desprotegida.
La mujer tecleó en su computadora. Entonces, el hombre curvó sus labios en una sonrisa siniestra al saberse victorioso.
—No se preocupe, señor, estamos aquí para eso —le quiso reconfortar—. Tenga por seguro que ese hombre no va a molestarlo y, si lo hace, entonces procederemos.
—Le agradezco, señorita —su tono fue más dulce de lo normal—. Se lo agradezco muchísimo. Yo solo quiero que mi hija pueda estar en la escuela segura.
"RESTRICCIÓN DE ACCESO GENÉTICO: CUALQUIER INTENTO DE PROCESAMIENTO ACTIVARÁ PROTOCOLO DE ACOSO Y SECUESTRO".
Al salir de la oficina, Dmitri se ajustó el abrigo. Ya no era solo su palabra contra la de Mijaíl. Ahora, era el Estado el que perseguiría a su enemigo. Mijaíl no solo era su víctima; ahora, oficialmente, era un peligro para la sociedad.
(...)
Dmitri llamó al juez Theodore, quien le contestó al instante. Estaba dispuesto a irse al bando del diablo si eso significaba llenar sus bolsillos con millones. No cualquier juez se vendería al mejor postor. El juez Theodore era un viejo amigo del padre de Dmitri, conocido por no ser imparcial. Dmitri conocía todos y cada uno de los fraudes que había hecho, condenas injustas tan solo por llenar esos bolsillos de billetes. Él respondió.
—Theo —pronunció—, qué alegría volver a escuchar tu voz.
—Dmitri Usmanov, qué sorpresa.
—El mismo.
—¿A qué se debe el honor de tu llamada? ¿No habrás ido a prisión o sí?
—No, es algo personal. Verás, hay alguien quien está obsesionado con mi hija.
—¿Tuviste una hija?
—Sí —afirmó, creyendo aquella mentira. Mientras él lo creyera, entonces no había nadie que pudiera cambiarlo o decir lo contrario.
—Cuéntame, ¿qué puedo hacer por ti?
—Si mañana es mi día de suerte, habrá un arresto —le avisó—. Necesito que tú tomes el caso. El tipo es un profesor, un lunático que perdió a su esposa e hija y cree que mi hija es la suya. Se ha tomado libertades de jugar con el ADN de mi hija. Quiero que lo refundas en la cárcel, prisión preventiva.
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Editado: 17.02.2026