Dmitri esperaba la llamada de la doctora de Sylvie. Estaba muy preocupado por lo que había pasado; tenía la seguridad de que había algo más que una deficiencia de hierro. Al principio no le dijo nada a Daphne para no preocuparla, al menos hasta estar seguro de que era algo que en realidad les quitaría el sueño.
Recordó cuando la doctora le dijo que Sylvie había nacido con una anomalía y con problemas respiratorios a causa de su nacimiento prematuro. Su niña era tan frágil que hasta el más inofensivo virus respiratorio podría terminar con su vida.
La doctora llamó. Él ni siquiera dejó sonar el móvil dos veces y descolgó la llamada.
—Dame buenas noticias, Irina, te lo ruego...
—Dmitri, me temo... que eso no será posible —le respondió ella con un tono de voz serio y preocupado—. Te hablaré con la verdad: no tenemos muchas opciones.
El pecho de Dmitri dolió agudo, esperando lo peor.
—¿A qué te refieres? —Su voz se diluyó en sus cuerdas vocales y su corazón empezó a martillar, a punto de salir de sus costillas. Esto era una tortura; no soportaba el misterio.
—Todos esos síntomas de la niña me hicieron sospechar de algo catastrófico... Lo que quiero decir es... que posiblemente... Sylvie tenga leucemia.
La ansiedad y un miedo profundo confundieron a Dmitri. Sus ojos se humedecieron y su garganta empezó a secarse bajo un nudo ardiente.
—No, esto... es imposible... Debe haber un error.
—No, no hay ningún error —confirmó la doctora—. Y los blastos en su sangre no mienten. En el hemograma pude ver un 30 % en su sangre periférica. Sylvie tiene el bazo inflamado, Dmitri. Tal vez no necesitamos un aspirado de médula para saber a qué verdaderamente nos estamos enfrentando: a una leucemia linfoblástica aguda.
Los pulmones de Dmitri empezaron a arder; había olvidado cómo respirar. La desesperación empezó a dominarlo.
—¡¿Y qué se supone que debemos hacer?! —le gritó en su desesperación—. ¡Tenemos el dinero, solo dilo de una vez por todas!
—Necesita tratamiento de inmediato —contestó ella—, un trasplante de médula ósea. Sabes que eso es un problema, ¿no? Sylvie no es compatible con su madre y tú no eres el padre biológico de la niña.
Claro que no; él no era el padre biológico. Ese recordatorio fue como un balde de agua fría, aun cuando ya lo sabía. Entender que a Sylvie solo podría salvarla el hombre al que quería hacer sufrir y refundir en su miseria fue algo que lo dejó aún más en shock.
—Debes buscar a su padre, Dmitri —le sugirió—. No sé cómo lo harás para que tu mentira no se descubra, pero es la vida de Sylvie la que peligra. Y encontrar un donante es difícil.
Dmitri probó sus lágrimas salinas y cerró los ojos, permitiéndose sentir ese dolor desgarrador en su pecho. Su princesa no podía tener esa enfermedad; esto tenía que ser una equivocación. Sí, no perdería la esperanza de que así lo fuera, por el bien de ella y por el bien de todos.
—No le digas nada a Daphne —le suplicó llorando—; yo me encargaré de esto.
—Dmitri, por favor, no cometas una locura. Recuerda que la vida de tu hija peligra y, si de verdad la quieres como dices, deberás dejar tu egoísmo a un lado.
Por supuesto que era egoísta, tal vez sí. No deseaba compartir a su hija con Mijaíl porque, para empezar, él no la merecía. Nunca la mereció porque la negó. Dmitri sentía que él merecía ser más el padre porque siempre estuvo ahí, al lado de su madre, procurando que todo estuviera bien. Mijaíl fue un estúpido, un tonto desde la primera vez que dejó a Sylvia en libertad.
—¿Tú crees? Tengo el dinero suficiente para buscar ese maldito donante que necesita mi princesa, ¿me escuchaste? No dejaré que Mijaíl ensucie más a mi hija; demasiado tiene ya con su maldita sangre corriendo por sus venas. Si pudiera, le daría hasta la última gota de mi sangre, toda mi médula y todos mis órganos... así que no me digas egoísta. Porque no lo soy.
(...)
Cuando Mijaíl Mordoshov vio a Daphne, una fuerza desconocida dominó las extremidades de su cuerpo. Cedió ante un fuerte deseo de perseguir a la mujer, tan semejante a su amada esposa. Era tanta la intensidad de sus sensaciones que no era capaz de medir ni pensar. Quería estar cerca de ella porque, de una manera u otra, se sentía cerca de su mujer.
Se encontraba tan ensimismado en lograr su objetivo que ni siquiera se dio cuenta de que la mujer —con pasos acelerados y la mirada puesta en la figura de dos niños jugando— tropezó, y ambos cayeron: él contra el suelo y ella contra su cuerpo. Ni siquiera el sonido de su bastón golpeándose contra el pasto le provocó mirar hacia otro lado; solo podía centrar sus oscuros ojos en la cabellera rubia de la mujer.
Ambos temblaron. Sus manos no supieron cómo quedarse quietas. La mujer que yacía en el césped le enternecía porque su subconsciente lo traicionaba. Su corazón latió con rapidez; buscó el olor de Sylvia en aquel delicado cuerpo, pero no lo encontró. Sylvia tenía un aroma dulce, a jazmín, y esta mujer, por el contrario, no. Su olor era particular, semejante al perfume de las mujeres de la alta sociedad. Su fragancia era tan fuerte que podría anonadar a cualquiera, así como lo estaba Mijaíl en ese momento.
Aunque sus manos no se quedaron quietas, dispuestas a tocar su cabello, se suspendieron en el aire retrocediendo. «¿Qué demonios estaba haciendo?», pensó. Tal vez parecería un lunático ante los ojos de esa hermosa mujer, quien lo observó con la misma intensidad que él; si los ojos hubiesen tenido filo, definitivamente se habrían atravesado como puñales.
Daphne tuvo la misma sensación y descubrió cómo la miraba él: con curiosidad y, a la vez, con miedo. ¿Por qué?
—Usted... —murmuró Daphne sin apartarse.
Y Mijaíl volvió a desilusionarse. Hubiera jurado que vio la misma mirada de Sylvia; era la misma expresión que hacía ella cuando estaba avergonzada.
—Yo... —Sus palabras se estancaron en sus cuerdas vocales. Se sentía arrebatado por el magnetismo de esa mujer.
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Editado: 28.04.2026