Dmitri entró en pánico. Ver a Mijaíl en la sala del hospital era chocante; sin embargo, no pudo decir absolutamente nada para no levantar ninguna sospecha en presencia de su esposa.
Mijaíl miró con recelo, con un odio visceral y corrosivo, cuando los brazos de Dmitri rodeaban la cintura de su esposa. Se sentía impotente. Aun cuando no se había asegurado por completo de que aquella mujer era su Sylvia, él ya lo sabía; sabía que, incluso en el interior de aquella sala, el miserable se escudaba en ella. No se veía en la facultad de hacer un escándalo; de no contar con suficiente autocontrol lo perdería todo, pero le estaba costando una agonía inimaginable.
—Me estoy consumiendo, Dmitri —escuchó Mijaíl de los labios de ella—. Acabo de ver a mi hija, no despierta, está débil.
Daphne sollozó, aferrándose al hombro de su esposo. Sus dedos se apretaban con fuerza a la camisa de Dmitri. Al ver la escena, Mijaíl sintió una ira hirviente, porque quien debería estar consolando a su mujer era él, no Dmitri.
—No lo puedo soportar... no... puedo soportarlo, Dmitri. Si a Sylvie le pasa algo, yo me muero. Yo... me muero.
—Eso no pasará, cariño. Sylvie es... una niña fuerte. Superaremos esto.
—No... Tú no lo entiendes, puedo sentir cómo mi hija se debilita... Esto no es normal... no lo es.
Dmitri acarició su espalda y Daphne se dejó consolar. Se sentía tan insoportablemente herida, como si su corazón se destrozara en millones de pedazos.
—¿Hablaste con los doctores?
—Los doctores no me dicen nada... Solo que está muy grave.
—Este hospital no es apto para Sylvie —le reclamó él con los dientes apretados, intentando desviar la atención de Daphne y bloquear la curiosidad de Mijaíl—. Te he dicho que cuando pase algo como esto me llames al celular. Yo la llevaré a donde corresponde.
—¡Estaba desesperada! —exclamó ella, cuando una ola de ira inundó su pecho. No era capaz de entender por qué su esposo se preocupaba por el lugar cuando había cosas mucho más importantes, como la salud de Sylvie.
El sonido de las puertas metálicas interrumpió la acalorada discusión que estaba a punto de iniciarse. La doctora Irina se acercó rápidamente al lugar. Al verla, Daphne se apartó de los brazos de Dmitri para que, por fin, le proporcionaran la información que necesitaba. Se soltó del brazo de su esposo para dirigirse desesperadamente a la pediatra de cabecera de la niña.
Irina echó un vistazo en la sala. Primero miró a Dmitri, quien minutos atrás casi le había suplicado que viniera, y luego a Daphne, quien lloraba desesperada.
—Irina... por favor —suplicó Daphne tomándola del brazo—. Dime qué es lo que le sucede a mi hija. ¿Por qué se desmayó?
Dmitri le dedicó a la doctora una mirada de advertencia. Entonces Irina desvió la vista hacia otra dirección y se encontró con los ojos de alguien más. Era él: el padre biológico de la hija de Dmitri. Intentó recomponerse de la emoción incómoda que invadió su sistema. Si Dmitri caía, ella también, y eso era algo que no podía permitir.
—Daphne, tranquila, respira —le dijo Irina con voz suave, dándole una palmadita en la mano—. Sylvie ya está estable. Le hicimos una transfusión y administramos unos medicamentos para detener la hemorragia. No es nada que no hayamos visto antes.
—Pero los doctores de urgencias me dijeron que mi hija está en estado de gravedad —negó incrédula, con un sentimiento extraño instalándose en su estómago.
—Urgencias suele parecer un tanto intenso —mintió la doctora con una naturalidad increíblemente escalofriante, tras mirar de reojo a Dmitri, quien le advertía con la mirada que no se atreviera a traicionarlo—. Pero tú tranquila, es por los protocolos del hospital. He hablado con el doctor encargado de Sylvie y me facilitó sus analíticas. Lo que Sylvie tiene es una crisis por una deficiencia de hierro extrema; una anemia severa que se complicó con el virus respiratorio que arrastraba. Su cuerpo se debilitó de golpe, eso es todo. Vamos a dejarla ingresada un par de días para hidratarla y estabilizar sus niveles, y luego podrá volver a casa y hacer su vida normal, incluso ir a la escuela.
—¿Estás segura? —preguntó Dmitri, pretendiendo hacer más confiable la pantomima—. ¿Segura de que nuestra hija está bien?
Irina ni siquiera lo dudó, ni siquiera pensó en negarlo. La mirada de advertencia que le dedicó su aliado la atemorizó. Tenía la certeza de que Dmitri Usmanov podía ser un hombre cruel que hundía a las personas cuando menos lo esperaban. Su carrera estaba en juego, y eso era lo único que ella tenía: el prestigio.
—Por supuesto, confíen en mí. Ahora mismo la pequeña Sylvie está siendo medicada con un suero de vitaminas... Créanme que solo es cuestión de tiempo para que vuelva a ser la misma niña enérgica de siempre.
Daphne sintió que el alma le volvió al cuerpo nuevamente tras el diagnóstico positivo de Sylvie.
—Ve a firmar los documentos del ingreso, linda —le guio Dmitri con la mano—. Así podrás ver a Sylvie lo más pronto posible.
Yo me quedaré con tu pediatra para que revisemos lo del traslado a nuestro hospital.
Daphne asintió mientras se limpiaba las lágrimas. Se giró lentamente y, cuando levantó la vista, sus ojos se encontraron con los del enigmático hombre que la observaba con intensidad. Su sistema se descontroló por completo; su estómago dio un vuelco. Él la miraba con fijeza, y un impulso salvaje por ir tras ella lo invadió. Mijaíl la necesitaba; ahora que sabía que su esposa estaba viva y no muerta, no pretendía estar un minuto más lejos de su mujer ni de su hija.
Ella se apresuró, todavía sintiendo el magnetismo recorrerla. Sus pies pesados intentaron rápidamente evitarlo, pero él no lo pensó más. Mijaíl se levantó con dificultad para llegar a ella.
Detrás, Dmitri e Irina se mantuvieron en silencio hasta que ella lo rompió.
—¿Sabes lo que implica mentir con algo así? —susurró la doctora mientras se lo llevaba a un rincón—. ¡No puedo mantener esta mentira para siempre!
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Editado: 27.06.2026