De mi propiedad.

Mi Niña hermosa

Mijaíl caminó por el pasillo de las habitaciones; por primera vez se sintió desesperado, molesto por tener la pierna resentida. Necesitaba ver a Sylvie tan solo por un momento y asegurarse de que todo estuviera bien.

​No sabía con certeza dónde se encontraba, sin embargo, iba a hacer lo posible para lograrlo. Siguió a Dmitri cuando este estaba distraído con la doctora y, cuando salió de la habitación, se distrajo más tecleando en su teléfono móvil.

​—Hazlo, Irina —dijo después de posicionar el teléfono en su oreja—. Debes hacer lo que te dije. Lo suficiente para poder escuchar.

​Dmitri intentó irse, caminó en dirección al otro pasillo; entonces Mijaíl salió de su escondite para encararlo. Mijaíl se plantó frente a frente, obstruyendo el camino. No iba a permitir que se fuera.

​Cuando Dmitri miró a Mijaíl, el pánico le atravesó el pecho; sin embargo, logró controlar sus emociones. Lo que menos necesitaba ahora era demostrarle lo que Mijaíl quería.

​—Sigues apareciendo en mi camino, Mordoshov —pronunció con un tono de voz bajo, carente de emociones—. Los negocios entre nosotros se han finiquitado, ya no tienes nada que buscar cerca de mí, ni de mi familia.

​Mijaíl soltó una risa corta, fría; ni siquiera los músculos de su rostro se movieron. Sentía ira y se veía reflejado en su seriedad, tanto que deseaba en una porción desmedida golpearlo, hacerlo trizas por haberle robado la oportunidad de estar con su mujer, en su embarazo, en el parto, en las primeras palabras de Sylvie, en sus primeros pasos, en las enfermedades... Perdió la oportunidad de arrullarla entre sus brazos, de contarle un cuento, de cantarle; perdió toda oportunidad de que lo llamara papá, y dolía demasiado.

​—¿Tu familia? —inquirió—. No me digas... Vives en una mentira... porque sabes muy bien que esa mujer no te pertenece.

​Dmitri lo observó de arriba abajo con una divertida malicia en su expresión y disfrutó ver en qué se había convertido Mijaíl con la ausencia de Sylvia. Era demasiado satisfactorio saber que, con cada minuto que acontecía, su alma se arrastraba por el agujero de un abismo de zozobra. Era justamente lo que merecía: vivir vacío hasta que no lo soportara más y él mismo hiciera el favor al mundo anulando su presencia.

​—¿Sabes? Para ser sincero, creí que nunca ibas a salir ileso de la depresión causada por la muerte de tu querida esposa... Pero lograste sorprenderme... A decir verdad, das pena; no eres más que un tullido miserable y loco que fantasea con algo imposible. Mírate, das lástima, Mijaíl.

​—Ambos sabemos que te aprovechaste de mi mujer —soltó él, controlando la cólera—. Te aprovechas de que no recuerda nada... ¿No es así?

​—¿Tu mujer? Tu mujer está bajo tierra por tu culpa, Mijaíl, porque no la supiste cuidar —se burló descaradamente—. Lamento decepcionarte, pero esa mujer es de mi propiedad. Y si osas tan solo tocarle un cabello, te juro que te haré trizas. No me desafíes.

​—No me equivoqué cuando le dije a Sylvia que debía alejarse de ti —le dijo, sintiendo impotencia—. Es una lástima que no pude salvarla de tu maldita obsesión. ¡No eres más que un secuestrador! Sé que Sylvie es mi hi...

​—¡Ni siquiera lo pienses! —le gritó, interrumpiéndolo sin importarle que lo escucharan—. No te voy a permitir que fantasees con esa estupidez. ¿Me escuchaste? Te lo advierto.

​Dmitri no podía vivir sin Sylvie, ella era su adoración; y sentir que alguien lo iba a desplazar lentamente, sacándolo de su burbuja de la falsa historia que se creyó, le descompuso los nervios. Fue así como casi pierde el control.

​—¡Y yo no voy a permitir que mi hija te siga llamando papá! —le devolvió Mijaíl, con la voz cargada de agresividad—. Porque mi sangre es la que corre por sus venas, no la tuya. Infeliz. Así que de una vez te digo: te voy a declarar la guerra. Y no te tengo miedo. Voy a recuperar a mi esposa y a mi hija me cueste lo que me cueste.

​Dmitri supo que debía parar porque estaba perdiendo el control; sabía que continuar hablando con Mijaíl era una pérdida de tiempo porque podría arruinar sus planes. Solo se quedó en silencio por un instante; la mirada agresiva de Mijaíl lo interceptó, esperando alguna reacción de su parte, mas no la encontró. Solo se dirigió hasta Mijaíl y este se preparó para la batalla; sin embargo, cuando llegó a su lado, lo suficientemente cerca, solo susurró unas palabras:

​—Despídete de tu vida, Mordoshov —aseveró—. No te quiero ver cerca de mi hija, mantente al margen.

​—No lo haré, ella es mi hija.

​—Sigues con esa fantasía absurda de que mi hija es tu hija, pero ni siquiera fuiste capaz de demostrar tu hombría, Mijaíl; no eres más que un hombre estéril. ¿Lo olvidaste? Yo sí soy un hombre completo.

​—Sylvia estaba embarazada cuando se fue, de mí, no de ti —sentenció Mijaíl, devolviendo el golpe—, a pesar de tus intentos fallidos. Y esa niña es Sylvie. Y tu Daphne es Sylvia.

​—¿Tienes pruebas, Mijaíl? ¿Acaso tienes alguna prueba? No.

​—Veo que todos estos años no te perdiste de nada acerca de mi existencia —añadió Mijaíl en un tono burlón—; así tal cual, vieja chismosa.

​—Eras noticia nacional —respondió Dmitri sin inmutarse, demostrando una gélida superioridad—. El tullido empresario triste es internado en el hospital psiquiátrico. Toda esta historia ficticia está en tu mente. No debiste salir de ese hospital psiquiátrico, porque es evidente que estás demente.

​Se alejó de él lentamente, sin dejar de intimidarlo con aquella mirada oscura y tenebrosa; sin embargo, a Mijaíl, que se encontraba tan molesto, no le afectó en lo más mínimo. Estaba motivado, curioso de entender qué fue lo que pasó con su esposa para llegar a ese grado de no recordar nada de sus vidas pasadas; llegaría hasta las últimas consecuencias con tal de saber qué le hizo ese desgraciado.

​Daphne firmó los papeles del alta de Sylvie junto al traslado por pura inercia, con las manos temblorosas. Todavía podía sentir el ardor de ese beso, la calidez en su pecho, y eso la atemorizaba profundamente. ¿Por qué le había correspondido a su beso? Esa era la pregunta que rondaba en su cabeza, pero no existía ninguna respuesta o alguna justificación que eliminara la culpa. Se sentía tan culpable como él porque se había dejado llevar como una persona a la que no le importaba nada. Se recriminó demasiado el hecho de ignorar que, en ese momento, era una mujer casada; y no tan solo eso... se sentía culpable porque ni siquiera con su esposo tuvo jamás la facultad de sentir ese magnetismo. Le parecía inconcebible, pero no podía negar la realidad: su matrimonio carecía de aquella pasión desenfrenada que se había desencadenado en el pasillo del hospital.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.