De mi propiedad.

Mi amada esposa

Daphne no fue capaz de borrar esa caricia; cada vez que su mente viajaba al hecho, su alma vibraba de una extraña manera que todo se le nublaba, incluso el juicio. Era incapaz de olvidarse del sabor de los labios de Mijaíl; todavía podía sentir su aroma impregnado en la ropa.

​—Estás muy callada, cariño —dijo Dmitri.

​Su corazón se aceleró y no dejó de sentirse cruelmente culpable.

​—Es que... es que estoy preocupada por Sylvie —se excusó.

​—La doctora ha dicho que es una deficiencia de hierro —defendió con el fin de que lo creyera—; no tienes por qué preocuparte. Nuestra hija pronto mejorará.

​—Lo sé, pero no puedo evitarlo. Entiende que no existe una madre en la tierra que no se preocupe por sus hijos.

​—Puedo entenderlo, mi cielo —replicó rindiéndose—. Tengo un trámite que debo hacer, cosas de la empresa. ¿Necesitas algo antes de ir a casa?

​—No, no te... preocupes. No me tienes que llevar al hospital, usaré mi auto.

​—Te noto muy tensa. ¿Estás segura de que no ocurre nada?

​Su corazón palpitó tan fuerte, lleno de un profundo miedo y arrepentimiento. Evitó mirarlo fijamente tras la culpa. ¿Por qué tuvo que dejar que ese hombre la besara de esa manera? ¿Por qué no simplemente recordó que era casada? Pero lo que más la perturbó fue que, en los brazos de ese hombre, perdió los estribos, estaba dispuesta a dejarse llevar por la pasión. ¿Por qué se sentía tan familiar? ¿Por qué en su cabeza navegaba un déjà vu y se sentía tan incapaz de apartarlo de su memoria?

​—Solo estoy abrumada, es todo. No te preocupes.

​—En cuanto me desocupe iré al hospital a ver a la pequeña —avisó.

​Aunque no era capaz de revelar lo que estaba aconteciendo, no pudo evitar sentirse culpable por retrasar el tratamiento de la niña.

​—Dmitri, debemos hacer algo —le insistió ella—, debemos llevar a Sylvie a donde corresponde. No me quedaré con la única opinión de la doctora.

​Dmitri tensionó los dedos contra el volante, quedándose pensativo. Su corazón latió tan deprisa que creyó que en cualquier momento se escucharía a través de sus costillas debido al silencio sepulcral que se formó en el auto.

​—Cariño, creo que... estás exagerando.

​Daphne se escandalizó y sintió ira. Tanta ira que sintió unas intensas ganas de gritarle.

​—¿Te crees que estoy exagerando? —cuestionó, intentando no perder los estribos—; ¿sabes qué? Si de eso depende el bienestar de mi hija, entonces sí, lo haré, voy a exagerar todo lo que quiera.

​Desvió la mirada hacia la ventana, intentando regularse a sí misma para no gritarle a su marido, quien parecía no tener tacto ni delicadeza.

​—Bien —pronunció tras ver que sus palabras no lograron desestabilizar la conversación—; no me molesta que lo hagas, pero tampoco quiero que asustes a la niña con esa actitud.

​Inrédula, volvió a mirarlo, intentando entender por qué prefería iniciar una discusión en vez de entender la magnitud del problema.

​—¿Yo asusto a Sylvie con mi actitud? —interrogó ella a la defensiva—; ¿lo dice quien no la dejaba salir porque creía que un virus respiratorio podría hacerle daño?

​A Dmitri le nació una molestia debido a la impotencia que sintió al entender que se le estaba saliendo de las manos la narrativa y que su castillo de naipes estaba a punto de derrumbarse.

​—¿Te he dicho cuánto me molesta que hables tantas cosas sin sentido?

​—¿A quién demonios le importa lo que te pueda gustar? —inquirió rabiosa—; ¿quién te crees que eres?

​—Estás sobrepasando tus límites, Daphne, y te sugiero que cuides las palabras que vas a usar para referirte a mí.

​—Pues perdone, su eminencia —dijo en un tono sarcástico, mientras torcía la mirada.

​—¡¿Podrías dejar de actuar como una maldita retrasada mental?! —le dijo en una tonalidad exasperada y una mueca de irritación se construyó en sus labios—; no vayas a enloquecer por un tema que ya está controlado, Daphne.

​—Eres un maldito cretino —explotó—; ¿cómo te atreves a hablarme de ese modo?

​—Ves lo inestable que estás. Pero no me sorprende; como siempre, debo soportar a la persona neurótica en la que te conviertes.

​Daphne solo se quedó en silencio; comprendió que con Dmitri no se podía hablar de ninguna manera civilizada. Era abusivo. Sabía que él le escondía algo en lo profundo de su corazón, y si la intuición no fallaba, entonces lo encontraría por otros medios.

​Dmitri, por otro lado, se quedó mirándola expectante, pero al ver que no dijo nada, regresó la mirada al camino. Sabía que en cualquier momento la bomba iba a estallar; sin embargo, en ese mismo momento estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que aquella situación a la que tanto temía no ocurriera. Y para ello estaba dispuesto a construir una narrativa y repetirla hasta que Daphne se quedara sin otra opción que creer.

​Tras llegar a la casa, entró en la ducha y dejó que el agua caliente se deslizara por su piel; el vapor inundó el área, empañando el azulejo.

​«Eres una cualquiera...»

​Se dijo, juzgándose cruelmente. Sus ojos se llenaron de lágrimas y las dejó caer. Se sentía como una golfa, sucia e inmunda. ¿Cómo fue capaz de serle infiel con un desconocido a su marido?

​«¿Cómo pudiste engañar a tu esposo?»

​Infidelidad, eso es lo que cometiste. Una infidelidad. Porque te gustó ese beso. Eres una descarada, una golfa.

​¿Qué? ¿No quieres que la gente sepa lo golfa que puedes ser?

​Una bofetada resonó al mismo tiempo que su corazón se desgarró con ese comentario que la rebajó a un nivel por debajo del suelo.

​«Puedes golpearme lo que sea, eso no te va a quitar lo golfa».

​«¡Eres un maldito desgraciado, desaparece de mi vida ya!».

​Pronto dejó de llorar y se quedó paralizada, intentando entender qué era lo que aquellas voces en el interior de su cabeza querían decir. Fue como un cortocircuito repentino; se sintió desconcertada.

​¿De dónde provenía ese recuerdo tan borroso? ¿Por qué aquella voz masculina pretendía ofenderla de ese modo? Tal vez estaba confundida, pero se sentía tan real aquel recuerdo que intentó conservar cualquier fragmento más de ese panorama.




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