—No, no te dejaré ir...
Tiro de su brazo y su cuerpo casi se estrelló bruscamente contra su pectoral. Ella se estremeció conforme él la envolvía en su brazo. Elevó el mentón y se sintió pequeña, temblando bajo su hechizo.
—Usted me asusta —confesó en un farfullo quejumbroso, o al menos eso creyó, porque su voz perdió ese fuego y se convirtió en un murmurlo débil—. Y no pudo evitar mirar sus labios tan apetecibles, sin embargo, dudo. ¿De verdad cree que voy a creer esa historia inventada? ¿Con qué fin lo hace?
Mijaíl tenía la certeza de que lo que estaba diciendo Sylvia era desde el miedo y la ignorancia. Sabía que posiblemente ese hombre se había metido en su cabeza con una narrativa tan convincente que para una persona vulnerable era difícil no creer. Pero no se cansaría de decirle, de mencionarle tanto su antigua vida, aguardando a que su amada esposa por fin recordara.
—Con el fin de volver a tenerte entre mis brazos —confesó con esta tonalidad dulce y suave. Ella lo miró a los ojos, intentando buscar alguna chispa de diversión en su expresión, más no fue capaz de encontrarla—. No sabes lo tortuoso que fue para mí pensar que estabas muerta. La agonía de mirar pasar los días sabiendo que jamás escucharía tu voz, que jamás volvería a besar esos hermosos labios, Sylvia.
—No puedo recordarlo... No puedo, y estoy aterrada porque si lo que usted dice es la verdad, entonces le fui infiel a mi marido... ¿No es así?
—Ese desgraciado es lo que menos importa ahora. ¿Me escuchaste? De él me encargaré después. No sabes cómo me estoy conteniendo para no cometer una locura.
—Debe estar demente.
—Perdiste la memoria, Sylvia, y ese hombre te engañó. Debes creer lo que te digo. Soy yo, mi amor, soy Misha.
—Por favor, por favor...
Su mano se posicionó en el lugar de su nuca mientras cerraba los ojos de manera inconsciente. Mijaíl buscó su mirada para volver a conectar con esos ojos azules profundos, más no la encontró. Más bien, Daphne entró en un estado de alerta.
—No puedes olvidarme, no lo acepto. Después de lo que vivimos, después de todo lo que nos amamos... Yo estoy aquí, soy Misha, tu Misha vino por ti.
Se quedó paralizada tras escuchar ese nombre que igual le pareció familiar, tanto que juró que lo había escuchado en uno de sus tantos sueños pasionales.
Y entonces la laguna mental volvió a invadir su memoria. Escuchó su voz en su cabeza y aquel recuerdo la llevó a ese panorama en el cual sus manos entrelazadas se acariciaban piel con piel, al tamborileo de su corazón en el pecho de Mijaíl latiendo incontrolablemente. Su risa.
Estaba desnuda. Con él. ¿Acaso eso había pasado realmente? Si lo recordó fue porque sí; ya no lo podía continuar negando. En efecto, él fue alguien importante en su vida.
—Silvi...
La voz masculina profunda, con tonalidad similar la del hombre que le continuaba susurrando palabras en el intento de que recordara, invadió su cabeza conectando con un recuerdo en lo profundo. Su cerebro sufrió un cortocircuito y un leve cosquilleo traspasó su cráneo; aturdida, volvió a entrar en trance.
—No deberíamos estar aquí.
—¿Por qué no? Eres mi prometida.
—Estoy avergonzada, Misha.
—No deberías. Si estamos aquí es porque nos amamos.
—¿No me vas a dejar?
—No, princesa. ¿Cómo crees? Jamás te dejaría. Y menos ahora que tengo todo de ti.
—Ya quiero ser tu mujer, tu esposa.
Se sintió atemorizada porque comprendió que aquella narrativa que de vez en cuando navegó en su cabeza era real. No había ninguna duda. Ella había sido infiel, y su esposo no lo sabía. Y se sintió más sucia que la vez anterior.
—N-no, no... No puede ser verdad... Yo... No puedo ser una cualquiera.
Mijaíl negó con la cabeza, intentando que entendiera.
—Jamás dije que eso fuera cierto. No dije que eras una cualquiera, dije que eres mi esposa —le confirmó—; tú no has engañado a nadie.
—¿Su esposa?
—Sí, cariño... Eres mi mujer.
—Eso no puede ser posible.
—¿Por qué?
—Porque yo estaba casada cuando lo conocí.
—Estás confundida —pronunció paciente y pasivo—; él te contó una historia equivocada.
—Lo siento, pero yo no puedo recordarlo.
—Silvi, sé que estás engañada. Mírame, ¿acaso no puedes reconocer a este hombre que te ama mientras se está rompiendo? —su voz se rompió y eso le provocó estremecerse—. Me duele mucho que me mires como si fuera un extraño.
—Usted... U-usted —se calló tras sentirse abrumada y ansiosa. Sus lágrimas cayeron y entonces él volvió a aferrar la a su pecho, poseyó sus labios y ella le correspondió. A pesar de que estaban en el pasillo del hospital, se dejaron llevar por la emoción. Era como estar hambrientos el uno del otro, como si sus caricias fueran alimento vital.
—¿Qué es lo que me hace...? —murmuró inconscientemente. Su respiración se aceleró. Y él pronunció su nombre en un suspiro de añoranza. Se separaron a unos pequeños centímetros y se miraron a los ojos, apreciándose entre sí—. No sé qué me hace, pero... usted, usted me atrae demasiado.
—Porque nunca fui un extraño para ti, Sylvia.
—No sé qué debo creer —insistió—; con cada palabra que usted me dice me confunde más.
—Estás temblando.
—Tiemblo porque... Por cómo me hace sentir; me asusta grandemente esta atracción.
Volvió a buscar sus labios, envolviéndola entre su brazo, y ella se dejó guiar; lo besaba, reconociendo esas caricias que para ella no eran extrañas, eran familiares.
—Porque me amas —pronunció Mijaíl con la respiración agitada contra los labios de su dulce esposa—. Dios, ¿esto es un sueño?
Nunca se imaginó que estar con ella sería posible, ni en sus sueños más locos. Creyó que ella era un fantasma o que estaba preso de una profunda pesadilla camuflada de un sueño romántico vivido. Tenía temor de que el color rosa se desvaneciera dándole lugar al color gris. Pero sentirla entre sus brazos era como un ancla a la tierra, lo que demostraba que ella era real y auténtica. Podría tener otro nombre, un aroma distinto, pero podía reconocer su aroma y su esencia.
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Editado: 08.09.2026