De mi propiedad.

El Desengaño

Mijaíl llegó a casa con el corazón roto. Le hubiera gustado mucho quedarse al lado de su hija, como un guardián cuidando su sueño.

Estaba nervioso, pero el pequeño Mika no lo dejó pensar demasiado.

—¿Papá? —su voz parecía desanimada y triste—. ¿Dónde estabas?

La interrogante lo tomó por sorpresa. Miró los ojos del niño, quien esperaba con impaciencia una respuesta. No parecía contento.

—Ahora no —contestó él levantando la mano. El niño se detuvo, aún más desanimado—. ¿Por qué estás despierto a estas horas de la noche?

—Es porque mamá se siente muy mal —respondió con la misma expresión de molestia en su mirada—. Está dormida.

—¿Y Gretel? —preguntó buscando con la mirada su presencia, mas no la encontró en ninguna parte. Parecía que no estaba.

—Ella no está aquí.

—Entiendo.

—Te estaba esperando para que me ayudaras a dormir —le avisó con el pequeño libro de cuentos en su manita. Mijaíl frunció el ceño, intentando entender a qué se refería. No estaba acostumbrado a la rutina del niño, así que no tenía ni la más remota idea de lo que hablaba.

—¿Ayudarte a dormir?

—Sí, papá —afirmó de manera inocente.

—¿Te cepillaste los dientes?

—Sí, me cepillé los dientes.

Le sonrió, levantó su mano para acariciar su melena castaña y la alborotó, despeinándolo.

—Quiero que me leas un cuento antes de dormir. ¿Puedes?

—Estoy cansado. ¿Podemos dejarlo para después? ¿Te parece? Ahora ve a tu habitación, Mika.

Creyó que se libraría de la insistencia de su pequeño, pero no lo logró. Al contrario, un Mika más molesto fue lo que obtuvo.

—¿Por qué te quedaste con esa niña y conmigo no?

Mijaíl abrió los ojos de manera incrédula.

—¿Estás molesto conmigo por eso? —preguntó bajando la guardia.

—Yo quería jugar contigo, pero te quedaste con ella —le reprochó dando un pisón.

—Me quedé con la niña porque necesitaba asegurarme de que estuviera bien. Sylvie no se sentía bien —explicó con calma.

—Pero sus padres estaban ahí. Yo quería jugar contigo, papá —refunfuñó. Sabía que se había entristecido porque Mijaíl le prometió jugar en el parque por la mañana.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué te quedaste con ella?

Mijaíl guardó silencio.

—No pude irme, campeón... Debemos ser siempre amables. Además, me quedé con ella porque necesitaba ayuda. No podía simplemente marcharme, Mika.

—Pensé que ya no querías jugar conmigo, papá... Pensé que te habías ido y que no querías verme más —dijo de manera temerosa. A Mijaíl se le estrujó el corazón tras ver a su pequeño así. Sabía que era el culpable de que no confiara, por lo que debía ser sumamente cuidadoso con las palabras y los gestos. Lo que menos quería era perder su confianza cuando aún no la había ganado por completo.

—No, por supuesto que no. Tú eres mi hijo, eres lo más importante que tengo ahora. No voy a dejarte, Mika, siempre estaré contigo.

Mika lo miró con un atisbo de emoción en su mirada, eliminando esa expresión triste.

—¿Lo prometes? —dijo de manera enérgica. Mijaíl sonrió y lo levantó en sus brazos.

—Lo prometo.

—Te quiero, papá —se acurrucó en su hombro.

—Y yo a ti, campeón.

Lo guió hasta la habitación y lo ayudó a entrar en la cama, mientras se sentaba a su lado. El pequeño no dudó en recostarse sobre su hombro para mirar más de cerca las ilustraciones del libro.

—¿Siempre te leen un cuento antes de dormir?

Asintió.

—Sí. Mi favorito es el de Blancanieves.

—Perfecto. Entonces te leeré todas las noches, Mika —le aseguró—. Quiero que confíes en tu padre.

—¿Es tu novia, papá? —cuestionó él con naturalidad—. ¿Por eso te quedaste?

—No, ella no es mi novia.

—¿Y mamá?

—Tu madre y yo somos buenos amigos, Mika.

—Quisiera que te casaras con mamá.

Su comentario lo paralizó; no supo qué hacer más que quedarse en silencio. No importaba lo mucho que explicara los hechos: él era solo un niño y jamás entendería las complejidades de los adultos, pero al mismo tiempo se sentía impotente porque, aunque no comprendiera las situaciones de los grandes, esperaba una respuesta que alimentara su ilusión, y no deseaba desilusionarlo.

—Ella y yo nos queremos mucho. Los amigos pueden estar unidos.

—Pero yo quisiera que fuéramos una familia juntos —volvió a insistir.

—¿Quién dice que no lo somos? Por eso le dije a tu madre que podría quedarse.

El niño no se quedó contento con la explicación, así que continuó:

—¿La chica con la que estabas era tu novia? ¿Es por eso que no te quieres casar con mamá?

Mijaíl no le contestó; al contrario, volvió a quedarse paralizado hasta que escuchó la voz de Roxana. Con el corazón acelerado, la observó.

—Mika, ven con mamá —le dijo—. Tu padre debe estar cansado.

—Por supuesto que no, Roxana. Puedes estar tranquila.

—Debemos hablar, Mijaíl —avisó ella—. Lo haremos cuando Mika se duerma, ¿sí?

—Por supuesto. Por supuesto que sí.

El teléfono de Mijaíl empezó a timbrar. Roxana se retiró junto al niño. Mijaíl metió la mano en el bolsillo.

Llamada entrante. Número desconocido.

Descolgó y entonces la magia hizo acto de presencia. Sabía que era ella, incluso cuando habló y sintió su respiración detrás de la línea.

—¿Eres tú? Por favor, no te quedes en silencio —una emoción creció en el pecho de Mijaíl al entender que había logrado romper la distancia entre los dos. Sylvia se sentía totalmente asustada; creía que estaba haciendo algo mal, aun cuando existía la sospecha de que su esposo le estaba mintiendo. Sus manos temblaban, pero no solo de ese miedo abrazador, sino también de sentimientos encontrados, de una atracción que le provocaba culpa.

—Necesito hablar... con usted. Pero necesito hablar en un lugar donde nadie nos pueda ver.

Se levantó de la silla, se encaminó hasta el baño, aseguró la puerta y bajó el tono de voz con cautela. Temía que su esposo apareciera en su campo de visión; no deseaba enfrentarlo todavía.




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