Siempre subestimó la capacidad de la realeza para gastar en cosas ostentosas.
Columnas de mármol blanco con vetas doradas. Cortinas de seda azul imperial, gruesas como escudos. Un jardín lleno de flores mágicas que flotaban sobre cuencos de agua cristalina. Y un ejército de doncellas alineadas esperando órdenes, sin parpadear.
Todo para servir té.
Selene caminaba a mi lado con su sonrisa radiante, perfectamente impostada, su vestido blanco y rosa palo moviéndose como pétalos cuidadosamente ensayados. El cabello rubio cenizo brillaba a la luz del sol encantado.
—Recuerda comportarte, ¿sí? —murmuró sin mirarme— No hagas nada que me avergüence. O mejor, no hagas nada en absoluto.
—No te preocupes —respondí suavemente— La vergüenza no se contagia por proximidad… aunque en tu caso sería interesante estudiar el fenómeno.
Selene apretó los labios, pero siguió caminando, porque delante de nosotras comenzaron a acercarse varias jovencitas nobles.
—¡Selene, qué hermosa estás!
—Selene, ¿ese peinado es nuevo?
—Selene, ¿te veremos en el baile de invierno?
Ni una sola mirada para mí. Lo cual, sinceramente, era mejor que ser insultada. Por ahora.
Hasta que una de ellas preguntó:
—¿Y ella quién es?
Selene no perdió la oportunidad.
Sonrió dulce como miel previamente hervida.
—Ah —canturreó— nadie importante. Vino conmigo porque mi padre es muy compasivo.
Como si hubiera dicho una verdad universal, todas asintieron. Varias me miraron con aire de “oh, piensa que puede pertenecer aquí”.
Yo respondí con una sonrisa delicada.
De esas que lastiman.
—Cierto, no tengo la dicha de destacar por rumores o escándalos todavía —incliné la cabeza con elegancia— Qué envidia me dan quienes ya tienen reputación a tan temprana edad.
Hubo risitas sofocadas. Selene parpadeó como un pavo real electrocutado.
Primer golpe.
La princesa Aristeia apareció en la entrada con un vestido blanco bordado en plata, un aura de autoridad natural y ese porte que solo tienen quienes nacen sabiendo que pueden aplastar a cualquiera sin consecuencias.
Todas nos levantamos.
Sus ojos pasaron por cada niña noble con precisión… y luego se detuvieron en mí.
Una mirada breve.
Extraña.
Reconocedora.
Mi corazón dio un salto incómodo.
¿Un deja-vu? ¿O intuición real?
Pero luego desvió la vista y siguió adelante, como si nada.
Ignorandome por completo.
Interesante.
Nos sentamos en mesas pequeñas, delicadas, llenas de dulces y tazas de porcelana. Había tantas flores que parecía que cada grupo de niñas era un sacrificio para un dios estético.
Las conversaciones comenzaron.
—La casa Valmore planea aliarse con los Lysannes —comentó una.
—Dicen que habrá cambios en la frontera norte —otra.
—¿Y la próxima Guerra de Sucesión? Mi madre está aterrada.
Yo escuchaba en silencio, midiendo los hilos políticos como lo hacía cuando tenía dieciséis en mi vida pasada.
Entonces, una sensación incómoda rozó mi nuca.
Alguien me miraba.
Lo busqué.
Un niño de unos doce años, cabello negro cuidadosamente peinado, piel pálida y ojos verdes profundos. Tenía un lunar bajo su ojo derecho.
Ese lunar.
Ese niño.
La serpiente susurrante de la princesa en mi vida pasada.
El sembrador de rumores.
El pequeño manipulador que casi nadie detectó hasta que ya era demasiado tarde.
Nuestros ojos chocaron.
Él me observó… no como niño, sino como depredador joven.
Y luego apartó la mirada rápidamente, tensando la mandíbula.
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La conversación giraba alrededor de las nuevas alianzas, las casas más prometedoras y las familias que caerían después de la próxima Guerra de Sucesión.
—Y ella —dijo Selene de pronto, señalándome con falsa dulzura— es mi prima, lejana… bueno, ya saben, un error del pasado, pero mi familia es muy misericordiosa.
La pausa fue quirúrgica.
El silencio hizo el resto.
Miradas que bajaron primero por cortesía y luego subieron cargadas de juicio. Algunas se inclinaron apenas, otras fruncieron los labios con esa compasión que se usa para tranquilizar conciencias.
A Selene se le escapó una sonrisa breve. Triunfal.
Como siguiendo una coreografía no escrita, las jóvenes adoptaron gestos de lástima y superioridad. Una de ellas, Isabell de Rothermere, me dedicó una sonrisa torcida, caritativa, como si acabara de arrojar una moneda invisible.
Yo coloqué la cucharita de té sobre el plato.
Tac.
—Gracias por explicarlo, Selene —dije con voz suave— Algunas podrían pensar que quien habla tanto de errores ajenos intenta distraer de los propios.
El aire se tensó.
Un “oh” colectivo se deslizó entre las mesas, breve, mal reprimido. Selene se quedó rígida, con la sonrisa congelada a medio camino.
Segundo golpe.
—No pretendía ofender —intervino Isabell con rapidez, inclinando la cabeza— Solo es… admirable que su familia le permita asistir a un evento tan selecto.
—La misericordia es una virtud muy citada —respondí— Lástima que rara vez se practique sin espectáculo.
Isabell parpadeó, pero no retrocedió.
—El Reino atraviesa tiempos delicados —dijo, retomando el tono correcto— La princesa desea rodearse de jóvenes que comprendan su responsabilidad. No todas… están preparadas.
—¿Se refiere a los conflictos fronterizos con Thaskar o a la presión comercial del sur? —pregunté con inocencia pulida— Porque ambos exigen algo más que buena cuna.
Varias tazas se detuvieron a medio camino.
—Yo… hablaba en general —dijo Isabell— Aunque, claro, esos asuntos son tratados por el Consejo, no por… nosotras.
—Por supuesto —asentí— Aun así, es curioso cómo se discuten los vestidos de las embajadoras, pero no los tratados que las trajeron aquí.
Una de las chicas rió nerviosa.