La princesa terminó de saludar a cada una de las jóvenes antes de ocupar su lugar tras la mesa principal, cubierta por un mantel rosado con bordes de oro tan fino que parecía más caro que algunas herencias. A su alrededor, ramos de flores flotaban suspendidos por magia ceremonial, girando con lentitud, liberando un perfume dulce… casi suficiente para ocultar el veneno social que impregnaba el salón.
Casi.
—Hoy nos reunimos —dijo la princesa, con voz clara y entrenada— para recordar que Astrea es un reino unido incluso en tiempos complicados. Nuestra fortaleza nace de la lealtad, de la bondad… y de la esperanza que compartimos como pueblo.
Sus palabras cayeron suaves, pulidas, diseñadas para ser repetidas más tarde en salones ajenos.
Las niñas suspiraron, encantadas. Algunas incluso se enderezaron como si la unidad del reino dependiera de su postura.
Yo levanté mi taza.
Unidad.
Bondad.
Esperanza.
Aquí, donde una sonrisa mal colocada podía arruinar un apellido durante generaciones.
Mientras la princesa hablaba de honrar a los ancestros y fortalecer los lazos entre casas nobles, Selene fingía una devoción casi religiosa. Sus amigas copiaban cada gesto suyo con precisión inquietante. Bastaba que Selene inclinara la cabeza para que media sala hiciera lo mismo. Era fascinante. Como observar un ritual antiguo… o una plaga elegante.
Nadie me miraba a mí.
Perfecto.
Hasta que dejó de serlo.
La rubia. La de ojos claros y cerebro lleno de intrigas heredadas. Inclinó su copa un poco más de lo necesario.
Un jadeo colectivo.
Un movimiento torpe demasiado exacto.
Y el agua cayó sobre mi falda.
El salón reaccionó como si alguien hubiera cometido un crimen histórico.
—¡Oh! —exclamó alguien.
—¡Qué desgracia! —susurró otra.
La niña abrió los ojos con horror ensayado.
—¡Perdón! ¡Ha sido un accidente!
Por supuesto. Y yo era una criatura mística del bosque con cien años de paciencia.
La miré.
No con furia. No con escándalo.
Con esa calma que solo se aprende después de haber muerto una vez.
Ella palideció.
Una de las damas de la princesa intervino con rapidez:
—Guíen a la señorita… ¿Aurelya, correcto?… para que pueda cambiarse.
Selene sonrió con esa preocupación tan falsa que casi podía oírse caer al suelo.
Dos sirvientas me condujeron fuera del salón.
En el baño
Apenas la puerta se cerró, el silencio me envolvió como una bendición.
Chasqueé la lengua.
—Ni un día de paz —murmuré.
Elevé la mano. El aire respondió de inmediato. Un remolino cálido me recorrió de pies a cabeza, secando la tela, alisando pliegues, borrando cualquier rastro de humillación. Cuando bajé la mano, mi vestido estaba impecable. Aristocrático. Intocable.
Me giré para regresar.
Y entonces lo escuché.
Voces.
Masculinas.
Una era joven, firme, cargada de responsabilidad antes de tiempo.
La otra… grave, controlada, peligrosa en su silencio.
Me moví por instinto hacia la columna más cercana.
—Las tensiones crecen demasiado rápido —decía el príncipe heredero— Si seguimos así, el conflicto por la sucesión acabará en sangre. Y será el pueblo quien pague el precio.
Caelum respondió sin levantar la voz:
—Mi ducado mantendrá la neutralidad mientras las leyes se respeten. Nadie quiere otra tragedia. Incluyéndome.
El príncipe suspiró.
—Eres el único que aún mantiene el equilibrio, Caelum. Si los demás nobles pensaran con la cabeza fría…
Asomé apenas lo suficiente para verlos.
Theleryus Lysander hablaba de espaldas a mí. Elegante. Joven. Cargado de un reino que todavía no entendía del todo.
Caelum estaba ligeramente girado.
Y sus ojos azul oscuro se clavaron exactamente donde yo estaba.
Lo supe por la tensión precisa de su mandíbula.
Ah.
Me descubrió.
Di un paso atrás. Inútil, pero digno.
—Aurelya —dijo, con esa voz baja que no admitía réplica— Sal.
Silencio.
No obedecí de inmediato.
Tenía orgullo.
Y también un instinto de supervivencia bastante sano.
—Ya te vi —añadió.
Bueno. Entonces sí.
Salí despacio desde detrás de la columna, acomodándome el vestido como si aparecer en medio de una conversación política de alto nivel fuera algo que me ocurría a diario.
—No estaba espiando —dije— Solo… tomando aire. Las reuniones sociales pueden ser intensas.
El príncipe se giró hacia mí.
Esta vez no hubo confusión.
—Lady Aurelya —dijo, recordándome— Veo que el accidente del té no tuvo consecuencias graves.
Incliné la cabeza con corrección.
—Nada irreparable, Su Alteza. La porcelana sobrevivió. Yo también.
Una sombra de diversión cruzó su expresión.
—Me alegra oírlo.
Caelum no sonrió.
—No es lugar para conversaciones ajenas —dijo, con calma peligrosa.
—Lo sé —respondí— Por eso estaba a punto de irme.
El príncipe me observó con un interés leve, más político que personal. Como quien detecta una nota fuera de lugar en una melodía bien ensayada.
—Astrea necesita jóvenes que sepan escuchar —comentó— Aunque quizá no desde detrás de columnas.
—A veces —repliqué— es el único lugar desde donde se oye la verdad.
Silencio.
Caelum me tomó del hombro, firme, definitivo.
—Regresa al salón.
—Sí, excelencia del aburrimiento social —murmuré, solo para mí.
Antes de irme, miré al príncipe una última vez.
—Gracias por su preocupación, Su Alteza —dije con impecable formalidad— Que el sol de Astrea guíe siempre su juicio. Solem este contigo.
Theleryus inclinó la cabeza, sorprendido de nuevo por la precisión de mis modales.
—Que así sea, Lady Aurelya.
Mientras Caelum me guiaba de vuelta, sentí la mirada del heredero seguirme un segundo más de lo necesario.
No con reconocimiento del pasado.