El té terminó como terminan siempre las cosas importantes en Astrea:
con sonrisas medidas, reverencias exactas y la sensación incómoda de que nadie dijo lo que realmente pensaba.
Las damas comenzaron a levantarse una a una, como pétalos desprendiéndose de una flor demasiado perfecta. El murmullo se fragmentó en pequeños círculos privados, confidencias de abanico y juicios silenciosos. Nadie se iba sin antes asegurarse de haber sido vista… y de haber visto a las demás.
Yo permanecí sentada unos segundos más.
No por timidez.
Por cálculo.
Desde mi lugar, podía observar cómo Selene recuperaba el control de la escena con una facilidad casi admirable. Reía aquí, asentía allá, tocaba un brazo, inclinaba la cabeza. La sala volvía a girar alrededor de ella como si nada hubiera ocurrido.
Como si yo no hubiera hablado.
Como si no hubiera recordado a todas que el reino existía más allá de sus vestidos.
—Lady Aurelya —dijo una voz a mi izquierda— ¿Regresas ya a tu mesa familiar?
Era Isabell. Sonreía con la corrección de quien ofrece una salida elegante… a alguien que considera un error persistente.
—No —respondí— Prefiero caminar un poco. El aire aquí se ha vuelto denso.
Isabell parpadeó.
—Claro. A veces los espacios pequeños abruman.
—Sobre todo cuando están llenos de certezas ajenas —añadí, levantándome.
No esperé respuesta.
Avancé entre los grupos con paso tranquilo, consciente de cada mirada que se deslizaba tras de mí. Algunas curiosas. Otras alertas. Ninguna amable del todo.
Eso estaba bien.
En Astrea, la amabilidad rara vez significaba respeto.
Cerca de una de las ventanas, un pequeño grupo hablaba en voz baja.
—Dicen que el ducado del oeste está acumulando provisiones —comentó una joven— Mi madre lo oyó de un consejero.
—Exageraciones —respondió otra— Siempre dramatizan para conseguir concesiones.
—Aun así… —insistió la primera— No es normal.
Me detuve lo justo para que mi presencia fuera imposible de ignorar.
—Acumular provisiones antes del invierno es lo normal —dije— Lo extraño sería no hacerlo cuando las rutas comerciales están tensas.
Me miraron como si hubiera interrumpido un hechizo.
—¿Tú qué sabrías de rutas comerciales? —preguntó una de ellas, sin verdadera malicia, solo incredulidad.
—Lo suficiente —respondí— El hambre no distingue títulos.
Silencio.
Me alejé antes de que pudieran decidir si aquello había sido una impertinencia o una lección.
La princesa seguía en la mesa principal, despidiéndose con gracia estudiada. No me llamó. No me evitó. Me observaba como se observa un objeto nuevo cuya utilidad aún no se define.
Selene, en cambio, sí me interceptó.
—Te estás ganando una reputación —dijo, caminando a mi lado— No siempre es prudente.
—La prudencia —respondí— suele ser una excusa para no incomodar a nadie.
—Aquí incomodar es peligroso.
—Lo sé.
Se detuvo frente a mí.
—No perteneces a este círculo —dijo en voz baja— Y cuanto antes lo aceptes, menos daño te harás.
La miré con calma.
—En mi experiencia —respondí— los círculos que no admiten grietas terminan rompiéndose.
Su sonrisa se tensó.
—Te crees más lista de lo que eres.
—Y tú crees que el mundo funciona porque nunca te ha contradicho —repliqué— Ambas podríamos estar equivocadas.
Nos quedamos mirándonos un segundo de más.
Luego, Selene giró sobre sus talones y se alejó, digna, intacta por fuera.
Yo exhalé despacio.
Las sirvientas comenzaron a recoger la vajilla. El aroma del té se mezcló con el del incienso ceremonial que anunciaba el cierre formal del evento.
Era mi señal.
Me dirigí hacia la salida lateral, aquella que usaban quienes no deseaban ser vistos marchándose. Mientras avanzaba, escuché fragmentos sueltos de conversaciones:
—La princesa busca damas que sepan obedecer…
—Mi padre dice que el futuro se decide en silencio…
—Esa niña habla demasiado…
Sonreí.
Hablar demasiado solo es un problema cuando se dice algo que no conviene.
Al cruzar el umbral, el aire del pasillo me recibió más frío, más honesto. Las paredes de mármol reflejaban la luz de las antorchas con severidad. Aquí no había flores flotantes ni sonrisas obligadas. Solo piedra, eco y poder verdadero moviéndose fuera de la vista.
Me detuve un instante.
El príncipe y Caelum estaban en otra parte, discutiendo el futuro del reino entre hombres y sombras. Aquí, en cambio, se había librado otra batalla. Más silenciosa. Más peligrosa.
La mía.
Enderecé la espalda.
En esta vida, no pensaba ser una pieza decorativa.
Ni una prima incómoda.
Ni una niña a la que se tolera.
Astrea todavía no lo sabía…
pero acababa de invitar a alguien que no pensaba jugar según las reglas.
Y esta vez,
yo no iba a pedir permiso.
Al día siguiente.
El mercado de Astrea respiraba.
No en sentido figurado. Respiraba de verdad: inhalaba monedas, exhalaba rumores. Cada puesto era una boca abierta negociando su supervivencia diaria. Las telas ondeaban como banderas de guerra doméstica, las frutas brillaban con un descaro casi obsceno y las voces competían como si el precio de una pera pudiera decidir el destino del reino.
Yo avanzaba entre los puestos con una canasta de mimbre en el brazo, deteniéndome frente a una mesa cargada de higos, peras y manzanas tan perfectas que resultaban sospechosas.
—¿Están maduros… o solo tienen buena educación? —pregunté al mercader.
El hombre parpadeó, calibrando si aquello era una broma o una acusación.
—Mi lady, le aseguro que—
—Depende —intervino una voz a mi espalda— de si toleras que algo te prometa dulzura antes de demostrarla.
Suspiré apenas.
No por fastidio.
Por reconocimiento.
Giré la cabeza.