La mansión Arvantis tenía el tipo de silencio que no tranquiliza.
No era ausencia de ruido. Era contención. Como si las paredes supieran cosas y hubieran decidido no comentarlas.
Me hicieron pasar al despacho de Caelum mientras él aún no regresaba. El criado me indicó un sillón frente al escritorio y se retiró con una inclinación perfecta, de esas que te recuerdan que aquí nadie improvisa.
Me senté.
Y esperé.
El despacho era amplio, sobrio, sin ostentación innecesaria. Madera oscura. Ventanales altos. Una alfombra que había visto más decisiones importantes que la mitad del Consejo Imperial. Sobre las estanterías descansaban reliquias discretas, colocadas con una lógica que solo alguien obsesivo… o muy inteligente… respetaría.
Mis ojos se movieron solos.
Una brújula astral del norte. Antigua.
Un relicario de obsidiana con símbolos eclesiásticos borrados a propósito.
Pergaminos sellados con cera azul, no roja. Ducado, no corona.
Interesante.
Sobre el escritorio, ordenados en filas milimétricas, había documentos con sellos mercantiles, mapas urbanos y contratos con anotaciones personales al margen.
Nada gritaba poder.
Todo lo susurraba.
Tomé la manzana que había traído del mercado y le di un mordisco pequeño, incómodo.
No tenía hambre.
Tenía nervios.
Cosa absurda.
Caelum Arvantis no iba a comerme.
Probablemente.
La puerta se abrió sin anuncio.
Caelum entró.
Traía un sobre de cuero oscuro bajo el brazo. Su expresión era la de siempre: calma estructurada, como si el mundo funcionara mejor cuando él lo observaba en silencio.
Cerró la puerta tras de sí.
—Gracias por venir, Aurelya.
Me levanté de inmediato.
—Duque Arvantis.
—Puedes sentarte.
Lo hice. Volví a morder la manzana. Me arrepentí al instante. Comer frente a alguien así debería estar penado por ley.
Caelum rodeó el escritorio y se sentó frente a mí. Colocó el sobre con cuidado, como si no pesara… pero lo hiciera.
—Encontré a Myra.
El mundo se me desordenó.
No externamente. Internamente.
Mi mano se cerró un poco más de lo necesario alrededor de la manzana.
—¿Dónde? —pregunté, intentando que mi voz no sonara como si acabara de abrirse una grieta bajo mis pies.
—En el barrio rojo.
Ah.
Claro.
Por supuesto que sí.
—Una casa de cortesanas —continuó— No cualquiera. Una propiedad antigua, con licencias imperiales y patronazgo discreto.
Me deslizó el sobre.
—Esto es todo lo relacionado con su situación.
Lo abrí.
Papeles. Muchos. Demasiados.
Contratos. Fechas. Firmas.
Leí rápido. Más rápido de lo que una niña de mi edad debería.
—¿Una deuda? —murmuré.
—Sí —dijo— Desde el día en que fue comprada hasta el momento en que se convierta formalmente en cortesana, todo se contabiliza: manutención, formación, vestuario, clientela rechazada, incluso alojamiento.
—Una jaula con números —comenté.
—Una muy costosa.
Levanté la vista.
—¿Cuánto?
Caelum no respondió de inmediato. Solo me miró.
Eso fue respuesta suficiente.
Sentí algo incómodo en el pecho. No ira. No tristeza pura.
Impotencia.
—Quiero verla —dije.
—Las jóvenes nobles no entran en esos lugares.
—Ya lo sé.
—Y no pienso permitirlo.
Lo miré.
—Entonces arréglalo.
Silencio.
Caelum entrelazó los dedos.
—Myra está asignada como aprendiz de una cortesana de alto rango —dijo— Una mujer conocida. Respetada dentro del gremio.
—¿Nombre?
—Seraphielle Viremont.
Lo anoté mentalmente.
—Las aprendices —continuó— acompañan a su mentora a todas partes. Observan. Aprenden. Sirven como asistentes visibles.
—Así que si Seraphielle sale…
—Myra va con ella.
Lo miré con una mezcla peligrosa de esperanza y sospecha.
—¿Y cómo piensas hacer eso?
—Solicitando su servicio.
Parpadeé.
—Eso aumentará la deuda.
—Sí.
—Mucho.
—También.
Suspiré.
—Genial —murmuré— Estoy endeudándome moralmente con un duque y financieramente con una casa de cortesanas. Qué vida tan refinada llevo.
Caelum arqueó apenas una ceja.
—No tienes obligación de aceptar.
—Sí la tengo.
—No.
—Sí —insistí— Porque es Myra.
Cerré el sobre.
—Lo que sea.
Y en mi cabeza pensé:
Perfecto, Aurelya. Acabas de vender un pedacito de tu alma. Felicidades.
—Será mañana —dijo Caelum— Ya está solicitado.
Alcé la vista.
—¿Mañana?
—Sí.
Sonreí.
No fue elegante.
No fue calculado.
Fue real.
—Gracias.
Caelum me observó como si ese gesto fuera un fenómeno astronómico inesperado.
—Es extraño verte sonreír —comentó.
Rodé los ojos.
—No te acostumbres.
Me levanté, ajustando el borde de mi vestido con dignidad aprendida a golpes.
—Entonces mañana —dije— Veré a Myra.
—Sí.
Me detuve antes de la puerta.
—Duque Arvantis.
—Aurelya.
—Esto… no lo olvidaré.
No respondió de inmediato.
—Eso espero.
Salí.
Con el corazón acelerado.
Con una deuda invisible.
Y con la certeza incómoda de que Caelum Arvantis
no hacía favores.
Hacía inversiones.
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El silencio de mi habitación tenía peso.
No el poético. El que aplasta.
Extendí los papeles sobre el escritorio de nogal como si estuviera preparando un ritual. Recibos del burdel. Contratos con sellos de cera violeta. Cifras escritas en coronas astrales, lúmenes y, en la letra pequeña, malditos solares.
Astrea siempre cobraba en grande… y en menudo.
Mis ojos se detuvieron en la suma final.
1.240 coronas astrales.
Ni una menos. Ni una negociable.
Exhalé despacio.