El día amaneció con una luz indecente, de esas que pretenden fingir que nada malo ocurre bajo el sol.
Me vestí sin ayuda. Túnica clara, broches sencillos.
Hoy hablaría con Caelum.
Hoy Myra vendría a la mansión.
Hoy no había margen para errores.
Salí al pasillo… y el destino decidió interponerse con perfume caro y sonrisa torcida.
Selene estaba en la escalera principal.
No subía. No bajaba.
Bloqueaba.
—Vaya —dije, deteniéndome un escalón más arriba—. ¿Ahora qué quieres, prima?
La palabra cayó suave. Precisa.
Ella frunció el ceño, como si la hubiese abofeteado.
—No me llames así —escupió— No tienes derecho. Esta es mi casa. Siempre lo ha sido.
Incliné apenas la cabeza, observándola como se mira una grieta en una pared que amenaza con expandirse.
—Curioso —respondí— Sigues usando “mi casa” como si fuera un escudo.
Selene rió. Una risa hueca, demasiado alta.
—No te quiero aquí, Aurelya. Nunca te quise. Eres una mancha. Una vergüenza que mi familia tolera por lástima… o por culpa.
Ahí estaba.
El discurso aprendido.
El veneno de siempre.
Por un instante, no la escuché.
Porque otra voz, antigua y profunda, se filtró entre sus palabras.
Ayuda a los que caminan hacia la sombra, había dicho Eliom.
Incluso cuando no lo merezcan.
Especialmente entonces.
Mis dedos se cerraron con fuerza.
—¿Sabes qué es lo irónico? —pensé— Que algunos “prospectos de salvación” deberían morir y ahorrarle trabajo al universo.
Selene dio un paso más cerca.
—Desaparece —dijo— Antes de que te haga desaparecer yo.
La miré entonces. De verdad.
No como hermana.
Como algo roto que había elegido astillarse a otros para no mirarse por dentro.
—Debes irte —le dije en voz baja— Ahora.
Ella parpadeó.
Luego sonrió.
No una sonrisa nerviosa.
No una triste.
Una sonrisa calculada.
—Claro —susurró— Me iré.
Retrocedió un paso… otro… hasta que el borde del escalón quedó justo detrás de sus talones.
Mi sangre se heló.
—Selene, no —advertí, avanzando.
—Pagarás —dijo, con los ojos brillantes— Por cada humillación. Por cada vez que exististe.
Y entonces se dejó caer hacia atrás.
Con una sonrisa malvada.
No con torpeza.
Con intención.
Su cuerpo se dejó ir hacia atrás y, por una fracción de segundo, su sonrisa fue un triunfo silencioso. El tipo de sonrisa que se ensaya frente a un espejo.
No tenía báculo.
No tenía testigos de mi lado.
Y estaba demasiado cerca como para fingir sorpresa sincera.
Pensé rápido.
Demasiado rápido para ser una niña.
Avancé.
No para detenerla.
Para caer con ella.
Mis pies resbalaron deliberadamente en el borde del escalón mientras estiraba el brazo, rozando su manga. No la sostuve. No la empujé. Solo lo suficiente para que pareciera un intento torpe… y fallido.
El impacto fue seco.
Mi hombro golpeó primero. El aire se me escapó en un quejido real. Dolor auténtico.
Selene rodó dos escalones más abajo. Yo quedé enredada a mitad de la escalera.
Silencio.
Luego gritos.
—¡Señorita Aurelya!
—¡Llamen a la duquesa!
Selene lloraba. Esta vez sí.
Pero yo ya estaba llorando cuando llegaron.
No escandalosamente.
En silencio. Con respiración entrecortada. Como alguien que había intentado ayudar y había fallado.
—Yo… —murmuré, con la voz rota— Ella se resbaló… quise agarrarla…
La duquesa apareció al pie de la escalera, pálida.
—¿Qué ocurrió?
Selene alzó la cabeza, los ojos brillantes.
—Ella… me empujó…
Me estremecí. Literalmente.
No exagerado. Creíble.
—No —susurré— Yo… yo intenté ayudarla…
Un criado se adelantó.
—Mi señora —dijo— vi a la señorita Selene retroceder. La señorita Aurelya avanzó después.
Otro asintió.
—Parecía que quería sujetarla.
Selene me miró, incrédula.
Yo bajé la vista.
Ahí volvió la voz de Eliom, como un eco molesto.
Ayúdala, incluso ahora.
Apreté los dientes.
—Fue culpa mía —dije, sorprendiendo a todos— Si no la hubiera provocado antes… no habría pasado nada.
El silencio fue absoluto.
La duquesa cerró los ojos un instante.
—Basta —ordenó— Lleven a Selene a su habitación. Y a Aurelya… que la vea el sanador.
Mientras se la llevaban, Selene me fulminó con la mirada.
Yo le sostuve la mirada apenas un segundo.
Sin sonrisa.
Sin triunfo.
Solo una verdad nueva entre nosotras:
Había intentado matarme con una caída.
Y había perdido.
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El carruaje avanzó por la avenida empedrada con un traqueteo suave, casi respetuoso.
Como si incluso las ruedas supieran que no se dirigían a un lugar común.
Apoyé la espalda en el asiento y llevé la mano al hombro.
El sanador había sido cuidadoso.
Demasiado.
—No es grave, señorita —había dicho— Solo una contusión.
Mentira.
En mi vida pasada aprendí que las heridas que no matan son las que enseñan.
Miré por la ventanilla.
Astrea seguía brillante. Dorada. Envidiable.
Y aun así, yo sabía el precio de ese brillo.
Ser la villana me había dejado algo útil: no necesitaba atención. No mendigaba miradas nobles ni aprobación envuelta en cortesía. Esta vez jugaría con la cabeza fría, como quien ya perdió todo una vez.
El carruaje se detuvo.
La mansión de Caelum se alzaba sobria, firme. No gritaba poder. Lo ejercía.
Entré sin anuncios exagerados. Me condujeron directo a su oficina.
La puerta estaba entreabierta.
Caelum estaba inclinado sobre un mapa extendido, ambas manos apoyadas en el escritorio, como si el papel pudiera huir en cualquier momento. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula tensa.
—Excelentísimo duque Arvantis —saludé, inclinando la cabeza con la precisión que exige su rango— Espero no interrumpir.