De Villana a emperatriz

Capítulo 22

Narrador omnisciente:

Ese día en la noche.

La mansión Arvantis no se preparaba para visitas. Se preparaba para acontecimientos.
Cuando la noticia corrió por ciertos pasillos discretos del barrio rojo, el nombre del duque provocó más revuelo que cualquier noble joven con sonrisa fácil. Caelum Arvantis no solicitaba servicios. No cortejaba. No miraba dos veces.
Y ahora había pedido a Seraphielle Viremont.

Seraphielle llegó convencida de que aquella noche sería, como mínimo, interesante.

El carruaje se detuvo frente a la reja negra como una confesión elegante. La cortesana descendió con movimientos estudiados, vestida en sedas profundas, el cabello recogido con peinetas de jade. Traía consigo su shamisen, un pequeño koto portátil y campanillas de viento que tintineaban como secretos.

—Así que aquí vive el hombre que no desea —murmuró, más para sí que para el cochero.

La recibió un mayordomo impecable y un silencio casi reverencial. Seraphielle sonrió. Aquello le gustaba.

En una de las salas interiores, Caelum Arvantis aguardaba de pie, las manos a la espalda, el porte exacto de alguien que no necesitaba impresionar.

—Duque Arvantis —saludó ella, inclinándose con respeto real, no fingido— Es un honor que haya pensado en mí.

—El honor es mío, señorita Viremont —respondió él, con una voz tranquila que no prometía nada y, por eso mismo, lo decía todo— Gracias por venir.

Seraphielle notó el primer latido traicionero. No era coquetería. Era admiración pura.

En la habitación contigua, Aurelya observaba a través del hueco disimulado tras un cuadro antiguo. El corazón le hizo algo incómodo, como si no supiera si apretarse o expandirse.
Hermosa. Elegante. Peligrosa en esa forma suave que tienen algunas mujeres.

—Claro —pensó— Por supuesto que es hermosa.

En la sala principal, Caelum hizo un gesto leve.

—Myra, quédate y observa —dijo— Es bueno aprender cómo se hacen ciertas cosas.

—¿Aprender? —repitió Myra, con una ceja en alto— Esto promete.

Aurelya contuvo el aliento.

Seraphielle tomó asiento, acomodó el shamisen sobre sus piernas y comenzó a tocar. Las cuerdas vibraron con una melancolía envolvente, notas que parecían caer como pétalos en agua oscura. El koto se sumó después, suave, ceremonial. La habitación se volvió otra cosa.

Fue entonces cuando Caelum habló.

—Ya es hora.

La puerta se abrió.

Era de noche cuando ellas entraron.

Myra fue la primera en ver a Aurelya. Se quedó quieta un segundo. Solo uno. Luego el mundo dejó de importar.

—…¿Aure?

Aurelya dio un paso al frente, y el siguiente fue un abrazo. Instintivo. Torpe. Necesario.

—Myra.

Doce años. Las dos. Más altas. Más delgadas. Más heridas. Myra estaba preciosa, incluso con la ropa sencilla. Los ojos seguían siendo los mismos. Demasiado vivos para todo lo que habían visto.

Seraphielle dejó de tocar.

Miró a la niña. Luego a la otra. Luego a Caelum.

La comprensión llegó lenta, como una nota grave.

—Ya veo —dijo con una sonrisa suave, aunque algo se le quebró detrás de los ojos— Así que no me pagaron para que me miraran a mí.

Caelum inclinó apenas la cabeza.

—Le ruego disculpe cualquier malentendido. Su presencia era necesaria, pero no de la forma habitual.

Seraphielle lo observó. A ese hombre que admiraba sin permiso. Y suspiró.

—Duque Arvantis… si iba a romper mi ilusión, al menos hágalo sin pedir perdón. —Luego sonrió— Toqué para peores públicos.

Hizo un gesto con la mano.

—¿Desea que continúe?

—Sí —respondió él— Y si no le incomoda… ¿permitiría que su aprendiz converse con mi protegida?

Seraphielle miró a Myra. Luego a Aurelya. Algo en su pecho se acomodó distinto.

—No me incomoda. —Sus dedos volvieron a las cuerdas— Algunas charlas merecen música de fondo.

Myra tomó a Aurelya del brazo y la llevó a una esquina, sentándose casi en el suelo.

—No sabes cuántas veces soñé con esto —dijo sin rodeos— Pensé que estabas muerta.

—Lo estuve —respondió Aurelya, con una media sonrisa amarga— Un poco.

Myra rió. Luego dejó de reír.

—Después del ataque de los monstruos… el templo cayó. Mis padres lo perdieron todo. —Bajó la voz— Nos vendieron. A mí… aquí. A mis hermanos los repartieron. No sé dónde están.

Aurelya apretó los labios.

—Los extraño. Extraño correr detrás de sapos. Extraño que Thesner me persiga por traviesa. —Myra soltó una risa corta— Aquí aprendí otras cosas. Cómo sonreír cuando no quieres. Cómo entretener mientras te hablan de una deuda que crece como si tuviera hambre.

Aurelya respiró hondo.

—Yo vivo como bastarda en una casa que no me quiere. —Se encogió de hombros— Pero Caelum está ahí. Me ayudó a encontrarte. Y… murió.

Myra levantó la cabeza de golpe.

—¿Murió?

—En otra vida.

Silencio.

Myra miró entonces al duque, que escuchaba sin mirar.

—¿Ese es Caelum?

—Sí.

Myra silbó, sin pudor.

—Vaya. Pensé que sería más feo.

Aurelya sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, de verdad.

La música continuó.
Seraphielle tocaba con los ojos cerrados, aceptando que aquella noche no era sobre ella.
Y aun así, algo le decía que jamás olvidaría haber sido testigo de ese reencuentro.

El shamisen dejó de vibrar como si el tiempo, obediente, hubiera decidido inclinar la cabeza.

Seraphielle abrió los ojos despacio. La última nota se disipó en la habitación con una tristeza elegante, de esas que no suplican quedarse pero lo desean con descaro.

—Qué cruel —murmuró, acomodando el instrumento— El tiempo pagado siempre es el más corto.

Miró a Caelum. No con descaro, no con el juego aprendido… sino con una intensidad limpia, peligrosa. Como quien admira una estrella sabiendo que no bajará jamás, pero igual alza el rostro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.