Todo estuvo listo al tercer día.
Como si el destino necesitara exactamente ese margen para afilar los dientes.
El punto de encuentro era un claro amplio, deliberadamente anodino, elegido para no llamar la atención y, por lo tanto, perfecto para reunir a personas que no debían regresar. Soldados, comandantes, sacerdotes y silencios demasiado bien ensayados. Nadie hacía preguntas. Nadie las quería.
Yo iba dentro de un carruaje cerrado.
Negro. Sobrio. Sin emblemas.
El tipo de carruaje que no transporta personas, sino hipótesis.
—¿Quién va ahí? —escuché murmurar a un soldado mientras ajustaba su armadura.
—Alguien que el emperador quiere lejos —respondió otro.
—O muerto.
Sonreí, abrazando un poco más fuerte a la pequeña quimera que Caelum me había dado.
Dormía hecha un gato grisáceo, tibio, con un ronroneo que parecía burlarse del mundo. Si alguien hubiese sabido que aquella cosa adorable podía arrancar gargantas en su forma real, probablemente se habrían persignado tres veces y luego huido.
El carruaje arrancó.
Rumbo al frío norte.
Donde el viento no corta la piel. La recuerda.
Las horas pasaron con el traqueteo monótono de las ruedas y el murmullo lejano de conversaciones que no incluían mi nombre. Caelum había sido claro.
“No hagas nada.”
“Confía.”
“Observa solo cuando sea necesario.”
Naturalmente, decidí ignorar la última parte.
El carruaje se detuvo de golpe.
Voces. Órdenes cortas. Un caballo relinchando con furia contenida. El aire cambió. Olía a sangre reciente y a metal caliente.
La quimera abrió un ojo.
—Shh —susurré.
Deslicé apenas la cortina.
Y lo vi.
Caelum estaba allí, montado sobre un caballo blanco que parecía demasiado limpio para aquel paisaje. Su capa estaba rasgada en un costado. Sangre oscura manchaba su manga, aunque él permanecía erguido, molesto más que herido.
Un sacerdote le presionaba el brazo, murmurando plegarias con la urgencia de quien sabe que no debe fallar.
Frente a él… otro caballo.
Otro hombre.
El príncipe Theleryus Lyssander de Astrea.
No llevaba corona. No la necesitaba. Estaba pálido, el abrigo desgarrado, una herida mal cerrada en el costado. Aun así, sus ojos estaban despiertos. Demasiado.
—Repítalo —dijo uno de los comandantes— Desde el inicio.
Theleryus respiró hondo.
—Venía del Castillo del Este —respondió— Donde la realeza pasa el invierno. Nos emboscaron al anochecer. No hubo advertencia. No hubo negociación.
Apreté los dedos.
—Mis guardias… —continuó— Todos muertos. Mi Guardia personal logró abrirme paso. Huimos hacia el sur creyendo que perderíamos a los perseguidores.
Sonrió sin humor.
—No fue así.
El silencio que siguió fue espeso.
Yo ya sabía lo que Caelum estaba pensando. Porque yo lo habría pensado primero.
—Esto no fue un ataque oportunista —dijo Caelum al fin— Fue un atentado.
Uno de los comandantes escupió al suelo.
—Entonces alguien ya lo dio por muerto.
—no necesariamente —respondió Caelum.
El príncipe levantó la vista.
—¿Y qué hará ahora, duque Arvantis?
Caelum no respondió de inmediato. Miró alrededor. A los soldados. A los comandantes. Al camino que se perdía hacia el norte.
Hacia la misión suicida.
—Llevarlo con nosotros —dijo— Si quien ordenó su muerte cree que lo lograron… no lo buscará entre los condenados.
Hubo murmullos. Asentimientos lentos.
Una decisión tomada con demasiada rapidez para ser improvisada.
—¿Y si nos persiguen? —preguntó alguien.
—Entonces confirmaremos que el traidor tiene prisa —respondió Caelum— Y miedo.
El príncipe lo observó largo rato.
—Confío en usted —dijo finalmente— O no estaría vivo.
Caelum hizo una seña.
—Suban al príncipe al carruaje —ordenó— Con su Guardia personal.
El corazón me dio un vuelco.
La puerta se abrió.
La noche entró primero. Luego el frío. Luego ellos.
Theleryus subió con dificultad. Sus ojos se encontraron con los míos.
Parpadeó.
—…¿Una niña?
Sonreí con la educación justa.
—Aparentemente —respondí.
Caelum cerró la puerta desde fuera, su voz firme atravesando la madera.
—No haga preguntas innecesarias, Alteza. Aquí todos somos… excepciones.
El carruaje volvió a moverse.
La quimera ronroneó.
Yo crucé las manos sobre el regazo.
Habíamos partido hacia el norte para enfrentar un peligro grande.
Y, sin buscarlo, acabábamos de cargar con otro aún mayor.
-----
El carruaje avanzaba desde hacía horas.
Demasiadas.
El traqueteo constante tenía algo hipnótico, como si el mundo se redujera a madera, frío y respiraciones medidas. Afuera, el norte se estiraba interminable. Adentro, viajábamos tres verdades incómodas y una mentira con título real.
Theleryus rompió el silencio.
—Aún no me has respondido —dijo con voz baja, cuidada— ¿Qué hace una niña en una expedición como esta?
Abrí un ojo. La quimera, hecha gato, dormía contra mi pecho como si el apocalipsis no fuera asunto suyo.
—Viajo —respondí— En un carruaje. Hacia el norte. Con soldados armados y malas decisiones.
—No es una respuesta.
—Es la única que puedo dar sin mentirle —sonreí apenas— Y sin que me arresten.
El príncipe me observó con atención. No con sospecha. Con curiosidad cansada.
—No tienes miedo.
—Sí tengo —repliqué— Solo no le hago publicidad.
Hizo un gesto leve, como aceptando el punto.
—Aun así… esto no es lugar para alguien de tu edad.
Lo miré de frente.
—Usted tampoco debería existir en este momento.
El carruaje pareció congelarse.
El guardia personal de el se tensó. Incluso llevó su mano a la empuñadura.