Cuando el príncipe bajó del carruaje, el campamento cobró vida como un animal entrenado.
Carpas levantándose en silencio eficiente. Caballos cubiertos, revisados, calmados con murmullos bajos. Antorchas colocadas en ángulos precisos para no provocar sombras traicioneras. Nadie cantaba. Nadie reía. Aquello no era un descanso, era una pausa antes del error final.
Yo me quedé dentro del carruaje.
No por cobardía.
Por curiosidad.
Desde allí escuché tres historias distintas.
La primera venía de un soldado joven, voz tensa, contando cómo había denunciado a su comandante por vender armas del imperio a mercenarios extranjeros. El comandante seguía libre. Él estaba allí.
La segunda, más ronca, hablaba de un capitán que se negó a quemar una aldea “por prevención”. El informe oficial decía que había sido desobediente. La orden real decía que ahora debía redimirse en el Bosque Negro.
La tercera era casi un susurro. Un veterano que había visto documentos que no debía. Nombres. Sellos imperiales. Pactos con algo que no rezaba a ningún dios conocido.
Tal vez por eso estaba aquí.
Porque Astrea no mandaba a los inocentes a misiones sin retorno.
Mandaba a los incómodos.
Todos caminos distintos.
Mismo destino.
Fue entonces cuando lo sentí.
No lo vi. Lo sentí.
Theleryus estaba sentado frente al fuego, inmóvil, escuchando sin intervenir. La luz danzaba sobre su rostro como si no se atreviera a tocarlo del todo. Él no reía. No juzgaba. Solo archivaba cada palabra, cada grieta del imperio que se revelaba sola.
—Capitán —dijo entonces Theleryus, con esa voz que no necesitaba alzarse— ¿La niña del carruaje no bajará a alimentarse?
Las miradas se clavaron en la oscuridad tras la madera.
Silencio.
Luego una carcajada seca.
—¿Niña? —dijo uno de los hombres— Pensé que era un arma secreta. O algún rezagado como nosotros.
—Yo pensé que era un espía —añadió otro— No se mueve. No habla. Eso siempre es mala señal.
—O peor —intervino el sacerdote con voz suave, peligrosa— Tal vez ella también es una de nosotros.
Hubo un silencio distinto. Más pesado.
Desde mi otra vida había aprendido a hacerme pequeña. A doblar el brillo. A esconder la presión divina bajo capas de normalidad. Era más fácil caminar entre humanos así. Más fácil escuchar secretos. Más fácil sobrevivir.
El sacerdote suspiró.
—Duque Arvantis —dijo— Hágala salir. El frío del norte no perdona ni a los inocentes… ni a los pecadores.
Me froté la nuca, incómoda.
Caelum dudó.
—Ha sido un día largo para ella, alteza.
Theleryus inclinó apenas la cabeza.
—Entonces debería comer —dijo— El hambre vuelve torpes incluso a los valientes. Y esta caravana… —sus ojos recorrieron a los hombres— no puede permitirse torpeza.
Silencio otra vez.
Cerré los dedos.
Theleryus no me había defendido.
Me había expuesto.
Sonreí.
—Aurelya —llamó Caelum.
Suspiré.
Bajé.
La quimera, convertida en gato, se estiró en mis brazos como si bajáramos a una fiesta y no a una antesala de muerte. Caminé con cuidado, pero sin prisa. El silencio se abrió paso a cada paso que daba. El aire frío me mordió primero las mejillas, luego los dedos. La nieve rodeaba el campamento como una sala blanca, silenciosa, reflejando el fuego en destellos dorados.
Algunos se quedaron callados.
Otros parpadearon, confundidos.
El contraste era evidente. Mi cabello amarillo, casi dorado, caía ordenado sobre los hombros, demasiado pulcro para una misión de este tipo. Mis ojos azules reflejaban la fogata con una calma que no pertenecía a la infancia… pero nadie aquí sabía leer eso. Mi abrigo claro resaltaba contra la nieve, como si no me perteneciera al paisaje.
Incliné ligeramente la cabeza.
—Buenas noches —dije— Lamento no haber descendido antes. El viaje me dejó… algo cansada.
Mi voz fue suave. Educada. Exacta.
El tipo de tono que se aprende en salones largos y fríos, no en caminos de muerte.
—No es molestia —murmuró uno de los soldados, enderezándose casi sin darse cuenta.
—¿Es… una noble? —susurró otro.
Caelum carraspeó.
—Aurelya viaja bajo mi responsabilidad.
Yo avancé un par de pasos más, hasta quedar cerca del fuego. Extendí las manos, como si solo buscara calor, y agradecí con una leve sonrisa cuando alguien acercó un cuenco.
—Gracias —dije— Es usted muy amable.
Amable.
Esa palabra todavía abría puertas en Astrea.
Las conversaciones se reanudaron, primero con cautela, luego con esa falsa naturalidad que usan los hombres cuando creen que una niña no entiende nada importante.
Me senté junto a Caelum, apoyando la mano en su espalda con naturalidad. Dibujé un símbolo antiguo, casi imperceptible. El frío retrocedió de inmediato alrededor de él, como si hubiera recordado que no era bienvenido.
Caelum no reaccionó. Solo relajó los hombros.
—Gracias —murmuró.
—No se acostumbre.
Uno a uno comenzaron a presentarse. Nombres. Rangos. Pecados disfrazados de errores administrativos.
Cuando terminaron, todas las miradas fueron hacia Caelum.
—Todos sabemos por qué estás aquí, Arvantis —dijo el veterano— Eres demasiado poderoso. Demasiado competente. Demasiado… independiente.
—El emperador no tolera eso —añadió otro— Ni que influyas donde él no puede.
—Los hombres así despiertan celos —dijo el sacerdote— Y la envidia suele firmar sentencias de muerte.
Caelum no negó nada.
Entonces me miraron a mí.
—¿Y tú? —preguntó el soldado joven— ¿Qué hiciste para estar aquí?
Sonreí.
No fue amable.
—Nada —respondí— Vine porque quise.
Silencio absoluto.
—¿Eso es todo? —insistió alguien.
—Eso y porque Caelum vino —añadí— Lo demás es relleno narrativo.