En mi vida pasada estuve enamorada de Theleryus.
No fue un arrebato juvenil ni una fantasía conveniente. Fue una acumulación lenta, metódica, casi inevitable. Como se enamora una mente que observa demasiado.
Me atraía su silencio, no como ausencia, sino como elección. Theleryus hablaba poco porque no necesitaba llenar el aire para existir. Escuchaba con una atención que hacía sentir importantes incluso a quienes no lo eran. Nunca levantaba la voz. Nunca competía. Su inteligencia no pedía aplausos; se limitaba a ordenar el mundo con una lógica que resultaba… tranquilizadora.
Me atraía su disciplina elegante. La forma en que su magia no buscaba espectáculo, sino precisión. La manera en que siempre parecía un paso adelante sin hacer sentir atrás a los demás. Su orgullo no era ruidoso. Era una certeza interna.
Y conmigo… conmigo era distinto.
No más cercano.
Más cuidadoso.
Me protegía sin exhibirme. Me corregía sin humillarme. Me observaba como si yo fuera una ecuación compleja y no una carga. Jamás me trató como a una herramienta, algo raro en alguien que terminaría gobernando un imperio.
Pero a mis ojos, nunca me amó.
No como yo quería.
Yo quería incendios. Respuestas inmediatas. Elecciones visibles. Quería ser prioridad, no posibilidad. Y mi inmadurez se volvió ruido frente a su calma.
Discutíamos.
Cada vez más.
Yo le reclamaba su distancia. Él respondía con razones. Yo exigía emoción. Él ofrecía estabilidad. Abrí una brecha a fuerza de querer ocupar un lugar que nunca me ofreció… y cuando me di cuenta, ya había alguien allí.
Selene.
Mihermana, la que tanto odiaba.
El anuncio del compromiso me revolvió el estómago con una violencia que aún puedo recordar. No por la unión política. No por la lógica del trono.
Por la traición que mi corazón fabricó sola.
Hice un escándalo en el Palacio. Uno impropio. Ruidoso. Infantil. Dije cosas que no debía. Forcé miradas. Exigí explicaciones que nadie me debía.
A él no le gustó.
No me castigó. No me humilló. Eso habría sido más fácil de soportar.
Solo… se cerró.
Y aun así, no olvidó lo que yo había hecho por él. Mis favores. Mi apoyo silencioso. Las piezas que moví para que ascendiera al trono cuando aún era solo una sombra elegante en los pasillos del poder.
El aprecio permaneció.
El resto murió.
El carruaje se sacudió levemente al avanzar. Volví al presente con el mismo nudo en el pecho que me acompañaba desde que lo vi de nuevo.
Evité mirarlo.
No por miedo. Por incomodidad. Las emociones viejas no sangran, pero tampoco desaparecen. Se vuelven capas superpuestas, contradictorias, cansadas.
Sentí su mirada. No invasiva. Nunca lo era.
—Tú eres la niña de la fiesta del té —dijo.
Asentí.
—Sí, alteza.
No añadió nada de inmediato. Observaba el bosque que se aproximaba, negro y espeso, como si el mundo exterior fuera una excusa para pensar.
—¿Cómo conoces a Caelum Arvantis? —preguntó al fin.
No fue una interrogación. Fue curiosidad legítima.
—Vio algo bueno en mi —respondí— Y decidió acogerme como su protegida.
Alcé la vista apenas.
—Pero no estoy sola. Ya tengo familia.
Theleryus giró el rostro lo justo para verme. Sus ojos no buscaron grietas. Solo registraron la respuesta, como quien archiva una verdad para más adelante.
—Entiendo —dijo.
Y por alguna razón, su comprensión dolió más que cualquier reproche.
El carruaje siguió avanzando hacia el Bosque Negro.
Y yo supe que algunas historias no se repiten…
pero tampoco se olvidan.
El Bosque Negro no nos recibió.
Nos toleró.
Los árboles se alzaban como columnas quemadas por dentro, la nieve desaparecía apenas cruzábamos el límite, absorbida por una tierra oscura que parecía respirar. El aire era espeso, antiguo, cargado de algo que no había aprendido a morir.
El campamento se armó rápido.
Demasiado rápido para un lugar que claramente prefería presas lentas.
Las estacas se hundieron en la tierra oscura con una docilidad inquietante. El fuego fue pequeño, medido, como si incluso la llama supiera que aquí no debía llamar la atención. El Bosque Negro observaba. Siempre lo hacía.
Caelum me tomó del brazo y me llevó unos pasos más allá, fuera del alcance de oídos curiosos. Su voz bajó al instante.
—Cuando entremos, no quiero a Theleryus moviéndose del campamento —dijo— Si esto se tuerce, él huye. No discute. No se hace el valiente.
Asentí.
—Se lo diré.
—No —respondió— Se lo digo yo.
Luego su voz bajó aún más.
—A mi señal, la quimera te llevará conmigo. Desde allí actúas. El núcleo no puede quedar intacto.
Nadie más debía saberlo.
Nadie.
Asentí.
Eso era Caelum. Protector hasta el exceso, incluso con un príncipe que podía ordenar su ejecución con una palabra mal colocada.
Theleryus nos observaba a la distancia, tranquilo, demasiado entero para alguien que sabía exactamente dónde estaba parado.
Caelum se acercó a él.
—Alteza —dijo— Usted se queda aquí. Si el bosque muestra algo que no podamos manejar, toma un caballo y se retira. Es una orden operativa, no una cortesía.
Theleryus no se ofendió.
Alzó apenas la mirada, esos ojos grises que parecían hechos para escuchar más de lo que decían.
—Entiendo —respondió—. Haré exactamente eso.
No hubo ironía. Tampoco orgullo herido.
—Confío en tu criterio, capitán —añadió— Y en el de ella.
Eso último lo dijo mirándome.
Y fue peor que cualquier halago.
Caelum reunió a los comandantes poco después. Un mapa tosco se extendió sobre una caja de suministros, marcado con carbón y sangre seca. Las órdenes fueron claras, duras, sin espacio para interpretaciones románticas.
—Avanzaremos en grupos pequeños —dijo— Nada de cargas frontales. Nada de ruido innecesario.