De Vuelta A Mi Vida De Mierda

Prólogo - El final que no fue el final

Día XX / Mes XX / Año XXXX

Edad: ???

«TIC TAC»

Respirar duele.

No es una metáfora. Cada inhalación es vidrio triturado raspando pulmones. Cada exhalación es un esfuerzo inútil, como si el cuerpo ya hubiera decidido rendirse y yo fuera el único que aún no lo acepta.

«TIC TAC»

Supongo que esto es morir.

Siempre imaginé que el final tendría algo de dignidad. Luces. Recuerdos. Alguna revelación que diera sentido a esta existencia gris. Pero no hay nada. Solo dolor, un techo blanco manchado de sombras y este reloj que sigue contando un tiempo que ya no me pertenece.

«TIC TAC»

Dicen que los humanos somos especiales.

Qué mentira más patética se vuelve aquí.

Al final, da igual cuánto amaste, cuánto perdiste, cuánto luchaste o cuánto te rendiste. Todo termina igual: un cuerpo que deja de funcionar y una mente que se apaga en el más absoluto silencio.

Mi vida no fue nada especial.

Ni tragedia épica, ni triunfo memorable. Solo un punto intermedio. Fácil de ignorar. Fácil de olvidar.

Tuve familia. Voces que discutían en la distancia. Silencios que pesaban más que las palabras. Tuve personas que llamé amigos... algunos se quedaron un tiempo. Otros se fueron sin ruido, como si nunca hubieran sido reales.

Como si nunca hubieran sido míos.

«TIC TAC»

Ahora todo se difumina. Los recuerdos se hunden en una niebla espesa, negra, que sabe a óxido y humo. Hay niveles en esta oscuridad.

El primero te ahoga lentamente.

El segundo trae formas que se mueven donde no deberían.

El tercero te arrastra a un océano sin fondo. Tragas esa negrura líquida y tu cuerpo se convulsiona, escupe sangre que no ves, mientras voces susurran una sola palabra una y otra vez:

«Puro».

La odio con todo lo que me queda.

«TIC TAC»

Ahora solo queda esta habitación blanca.

Un cuerpo inútil.

Y la certeza más fría de todas:

Nadie va a venir.

Lo que más terror me da no es la muerte.

Es morir solo. Desaparecer sin que nadie lo note. Como si toda mi existencia hubiera sido un error que el mundo ya corrigió.

Por favor...

Que alguien se quede.

Aunque sea un momento.

—Gracias... —susurré con lo último que me quedaba de voz.

Y el mundo se apagó.

Por un instante hubo una oscuridad cálida. Casi amable.

Pensé que eso era el final.

No lo era.

—Vaya... —dijo una voz dentro de mi cabeza, divertida y fría—. ¿Ya terminaste de compadecerte? Qué monólogo más largo, incluso para un moribundo.

No estaba solo.

Frente a mí se materializó una figura. Humana en apariencia, pero mal ensamblada. Como si alguien hubiera copiado la forma de un hombre desde un recuerdo borroso. Brazos demasiado largos. Ojos de un azul tan puro que no reflejaban nada: ni luz, ni yo, ni piedad. Y una sonrisa que nunca cambiaba, aunque los labios se estiraran más allá de lo posible.

El miedo me golpeó como una ola helada.

—¿Qué eres? —logré preguntar.

La figura inclinó la cabeza. Se oyó un crujido suave, casi juguetón.

—Muchas cosas —respondió, y su voz reverberó dentro de mi cráneo como mil susurros al mismo tiempo—. Dios. Error. Espectador aburrido. Pero si necesitas una etiqueta... llámame lo que quieras.

Dio un paso. El espacio no cambió, pero de pronto estaba más cerca. Demasiado cerca.

—Tu vida fue decepcionante. Ni siquiera trágica. Solo... olvidable. Y lo mejor de todo es que ya desapareciste... y nadie se dio cuenta.

Cada palabra cayó como plomo derretido sobre mi pecho.

—Pero hoy estoy de buen humor —continuó con esa sonrisa eterna—. Te daré dos opciones.

Levantó dos dedos. Por un segundo parecieron cinco extras.

—La primera: desaparecer del todo. Ni limbo, ni nada. Ni yo podría encontrarte después.

—La segunda: volver. Desde el principio.

—¿Con recuerdos?

—Fragmentos. Suficientes para que te torturen... no suficientes para salvarte.

—Eso suena a castigo.

—Lo es —dijo sin emoción—. ¿Quién dijo que sería un regalo?

Silencio.

—¿Por qué yo?

—Porque puedo.

Intenté moverme. No pude.

—¿Y si no elijo?

La sonrisa desapareció. Su rostro se volvió completamente inexpresivo. Vacío. Muerto.

—Entonces te romperé —dijo con calma absoluta—. Una y otra vez. Hasta que supliques elegir algo.

El espacio tembló.

No había salida. No había tiempo. Solo él... y algo mucho más grande observándonos desde la oscuridad.

Mi vida fue una mierda.

Pero era mía.

—Quiero volver —dije.

Un silencio largo, pesado, casi sagrado.

—Interesante —respondió, y la sonrisa regresó, más amplia, más hambrienta—. Podrías fracasar. Podrías empeorarlo todo. Podrías perder lo poco que aún te importa.

—Ya no tengo nada.

—Esa es la actitud.

—Hazlo.

—Espera.

Inclinó la cabeza. Crujido.

—Tu nombre

....

—Zane.

Lo repitió con muchas voces superpuestas, desfasadas, como si hablara a través de mil gargantas a la vez.

—Zane...

—Intenta no desperdiciar esta segunda oportunidad.

—Vete a la mierda.

Su sonrisa se ensanchó hasta deformar su rostro.

—Ya lo estás.

Y entonces—

todo se rompió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.