Día 1 / Mes 11 / Año XXXX
Edad de Zane: 1 año
Y entonces todo regresa.
El ruido.
El movimiento.
El llanto.
Como si nada hubiera pasado.
Pero yo lo sé.
Y por primera vez… no me siento solo.
Y eso…
no es algo bueno.
Algo cambia en mi pecho.
No es dolor. No es miedo. Es una presión profunda, como si algo hubiera decidido instalarse dentro de mí para evitar que me rompa del todo. Una semilla ardiente plantada en suelo yermo, en un corazón que ya empezaba a agrietarse sin remedio.
Miro mis manos. Pequeñas. Torpes.
Las cierro.
Las abro.
Nada debería haber cambiado.
Pero cambió.
Lo siento. Una vibración leve, escondida bajo la piel. Más cercana. Más mía. Como si doce fragmentos de algo roto hubieran decidido habitar este cuerpo prestado para que no termine de desmoronarse.
El parque sigue igual. Niños llorando. Padres corriendo. La arena cae normalmente. La normalidad se reconstruye encima de algo roto.
Pero yo ya vi la grieta.
Ya sé que está ahí.
—Zane…
La voz de mi madre me saca del vacío. Me levanta. Su calor es familiar, seguro. Pero esta vez no me calma del todo. Algo dentro de mí sigue despierto. Observando. Esperando el próximo golpe que me termine de quebrar.
—Te has quedado muy callado…
No respondo.
No porque no quiera.
Sino porque ya no estoy seguro de tener palabras que no suenen huecas.
Esa noche.
Oscuridad. Silencio.
Y entonces la siento otra vez. La presión. Más fuerte. Más clara. Como si algo dentro de mí respondiera a una llamada que no recuerdo haber hecho.
Me incorporo lentamente en la cuna. Mi cuerpo no debería poder hacerlo con esta facilidad. No a esta edad. Pero lo hago.
Y entonces…
—Zewn…
Miro hacia ella. Lía, la niña del cabello como el amanecer, me ofrece una pala de plástico amarilla. La tomo sin pensarlo demasiado.
Construimos algo que pretende ser un castillo. Torpe. Inestable. Suficiente. Ella ríe con esa alegría pura que aún no ha sido contaminada por el mundo. Y, sin darme cuenta, yo también sonrío.
Entonces ocurre.
El niño intenta caminar. Falla. Cae.
El castillo se destruye.
Lía llora. Él también.
Caos infantil.
No puedo enfadarme. Solo intento limpiar la arena de sus cabellos con manos torpes.
Y entonces…
todo se detiene.
La arena queda suspendida en el aire. Las voces desaparecen. El viento se congela. El tiempo deja de avanzar.
No estoy sorprendido.
—Eres tú.
Silencio.
Pero lo siento. Esa presencia antigua, fría, que ya conozco demasiado bien.
—¿Quién eres…?
—¿Otra de tus bromas?
—¿¡Quién eres!?
—Soy Zane.
—Mentira.
—Solo eres un fragmento. Un cristal roto reconstruido.
—¿Qué estás diciendo…?
—¿Quién eres?
—Soy Zane…
—No.
La voz se distorsiona. Otra se superpone.
—¡Fuera de la Estática no tienes acceso a él!
—¿Qué está pasando?
—Yo… lo siento…
Silencio.
Y entonces otra presencia. Más estable. Más consciente.
—Exacto, mi estimado Edgy Lord.
—¿Perdón?
—Ibas bien. Lo estropeaste en la segunda frase.
—Lo que tú digas. ¿Qué quieres?
—¿Qué quiero? ¿Acaso necesito un motivo para jugar con mi pieza favorita de ajedrez? Es decir, tú.
—Sí… claro… muy gracioso.
—Antes de nada: no soy una persona. Soy un Dios.
—…
—Lo que acabas de hacer se llama blasfemia.
—Tómalo como quieras.
—Perfecto. Escucha. Quiero darte un obsequio.
Un chasquido de dedos y las leyes de la gravedad parecen romperse: doce piedras flotan a mi alrededor, girando lentamente, brillando con luz propia, suspendidas como si nada las sostuviera.
Doce piedras flotan frente a mí.
No caen. No giran como deberían. Solo existen.
Cada piedra me toca algo dentro.
La primera es roja, como los hermanos Amanecer. Calidez. Felicidad líquida que recorre mis venas como sangre nueva.
La segunda es azul. Tristeza y calma, un océano profundo y silencioso que ahoga sin matar.
La tercera, morada. Majestuosa, noble, que impone respeto sin pedirlo.
La cuarta, verde. Esperanza. La que te empuja hacia adelante incluso cuando todo falla.
La quinta, rosa pálido. Algo falta… algo que debería tener.
La sexta, plateada. Redención. Luz en la oscuridad.
La séptima, blanca. Pureza y sosiego.
La octava, gris. Tranquilidad verdadera, cubriendo la séptima con seguridad.
La novena, marrón. Una montaña inamovible, firme y segura.
La décima, oro. Deseo. Lo que todos buscan y nadie posee completamente
.
La onceava, turquesa. Conflicto interno, guerra espiritual visible solo para mí.
La doceava, negra. Vacío absoluto, ausencia de luz.
Doce pedazos de alma flotando dentro de alguien roto.
—¿No se te hace difícil comunicarte con los demás? —la voz me cuestiona, casi divertida.
—¿Con estas piedras podré…?
—No.
—¿Entonces para qué son?
—Eso lo aprenderás.
Un presentimiento me recorre: son… sentimientos sólidos. Tangibles. Palpables. Físicos. Como si me hubiera dado pedazos de alma para que deje de ser tan vacío.
—…
—Antes de que preguntes: no voy a decirte si estás en lo correcto.
—Claro...
—Dejando eso… otra vez: ¿No se te hace difícil comunicarte con los demás?
—Sí. Es solitario. Molesto. Incluso doloroso. No puedo comunicarme con nadie: ni con los de mi edad, ni con adultos.
—Tu cuerpo se acostumbrará.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo verás.
—Por cierto… ¿qué recuerdas?
—No mucho. Casi nada. Poco a poco empiezo a recordar mi hogar… y que en algunos años tendré una hermana. Es extraño, pero real.
—¿No recuerdas a tu… antecesor?
Silencio.