Día 28 / Mes 03 / Año XXXX
Edad de Zane: 2 años
El tiempo no pide permiso. Avanza, pesado, constante, indiferente a cualquier intento de controlarlo. Como un río de plomo que arrastra todo a su paso sin hacer el menor ruido, sin importar cuánto intente uno aferrarse a la orilla.
Y antes de darme cuenta, ya habían pasado dos años.
Dejé de contar los días con precisión. No por olvido, sino por puro cansancio existencial. Es irónico: en mi vida anterior cada minuto parecía una cuenta regresiva hacia la nada, un tic-tac que me recordaba lo efímero que era todo. Ahora los números solo sirven para fingir que existe algún tipo de orden en medio del caos que soy yo por dentro.
Este último año ha sido… tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Paseos al parque donde el sol se filtraba entre las hojas como oro líquido derramándose sobre mi piel, helados que se derretían entre dedos pequeños y pegajosos, visitas frecuentes a los hermanos Amanecer, cenas familiares en restaurantes donde la comida siempre sabía a algo más que comida. Rutinas suaves. Repetidas. Seguras.
El tipo de vida que cualquiera que haya sufrido llamaría “feliz”.
El tipo de vida que yo llamo “sospechosa”.
Y sin embargo, esa calma tiene dientes.
Es como si el mundo, al no golpearme, se hubiera detenido a observarme en silencio. Evaluando cada respiración. Midiendo cada sonrisa falsa. Preparando el siguiente movimiento con una paciencia infinita y cruel. Como si supiera que esta paz es solo una pausa, un respiro prestado antes de volver a romperme de formas que aún no puedo imaginar.
Me resulta familiar esta sensación.
Demasiado familiar.
Es la misma que sentí en aquella habitación blanca, cuando el dolor se volvió tan constante que ya no dolía… solo existía, como un compañero silencioso que nunca se iba.
Hoy se supone que es un día diferente. O al menos eso me han repetido durante toda la semana, como si repetir una mentira lo suficiente la convirtiera en verdad.
—¿Está todo listo, cielo? —pregunta mi padre desde la otra habitación.
—Sí, ya casi estamos —responde mi madre con esa voz suave que usa cuando cree que soy frágil—. Nuestro pequeño está precioso.
—Mamá… puedo solo —intento sonar independiente, aunque la frase suene ridícula saliendo de esta boca de dos años.
—Aun así déjame ayudarte —dice ella con ternura, acercándose—. Hoy es un día importante.
Claro.
Hoy dejo de ser solo “el niño que habla demasiado bien” para convertirme oficialmente en “el niño nuevo de la guardería”.
Dos años de existencia y ya me empujan al mundo. Dos años fingiendo ser algo que no soy. Dos años cargando un peso que nadie más puede ver. Dos años sonriendo cuando por dentro solo quiero cerrar los ojos y desaparecer un rato.
Mis cuerdas vocales han mejorado mucho. Ya no lucho para formar frases completas. No es un don. Es práctica obsesiva. Ensayo mental constante. Corrección interna noche tras noche. Repetición hasta que mi voz deja de sonar extraña incluso para mí.
A mis padres les parece un milagro.
A mí me parece simplemente… lógico.
Tengo demasiadas ventajas en este cuerpo pequeño.
Y eso me inquieta más de lo que quiero admitir. Porque cada ventaja es también una grieta. Cada palabra demasiado madura es una grieta. Cada pensamiento que no pertenece a un niño de dos años es una grieta que se ensancha lentamente.
El ascensor. El coche. El asiento especial. Los correajes. Todo un ritual que se siente como cruzar una frontera invisible hacia otro tipo de prisión.
Mientras el auto avanza, miro por la ventana. El paisaje se desliza lento, casi perezoso. Árboles, casas, gente que vive sin saber que están siendo observados por alguien que ya murió una vez.
No pienso en la guardería. Pienso en lo inevitable:
Tendré que fingir ser normal entre niños que todavía descubren el mundo, mientras yo ya lo he vivido una vez. Tendré que reírme de chistes que no tienen gracia. Tendré que fingir sorpresa ante cosas que ya conozco. Tendré que ocultar que llevo dos vidas dentro de un cuerpo que apenas puede correr sin caerse.
¿Cómo se supone que encaje sin romperme un poco más?
Mi mente no es mejor. Solo es distinta.
Y lo distinto rara vez encaja sin romperse un poco.
Además está mi memoria.
Sigue ahí, pero incompleta. Como siluetas detrás de un vidrio empañado. Puedo intuir formas, pero no tocarlas. A veces siento que yo mismo elegí olvidar. O que alguien me obligó a hacerlo.
—Ya llegamos —dice mi madre suavemente.
El coche se detiene. El mundo exterior se abre: familias, niños corriendo, voces altas, risas y llantos. Vida en su estado más puro y caótico.
Eva Sabathia sostiene a Lía y Azreyh como si fueran de cristal. Los hermanos Amanecer giran la cabeza hacia mí al instante.
—Zawn —dice Lía con esa sonrisa que siempre me desarma un poco.
—Hola.
Se acercan rápido, sin respeto por el espacio personal. El contacto es inevitable.
Los adultos hablan entre ellos, ajenos a la pequeña guerra silenciosa que ocurre a nivel infantil.
—No te preocupes, Eva —dice mi madre—. Esta guardería es segura.
Segura.
Qué palabra tan frágil. Tan mentirosa. Tan fácil de romper.
—Nuestro Zane puede cuidar de ellos —añade mi padre con naturalidad.
Me quedo en blanco.
Mi madre me abraza antes de entrar. Fuerte. Demasiado fuerte. Como si supiera, en algún rincón profundo de su instinto, que este momento es más importante de lo que parece.
—Pórtate bien, cariño… —su voz tiembla ligeramente, casi imperceptible.
—Chao, mamá. Chao, papá.
Doy el primer paso hacia dentro.
El olor a plastilina, pintura y leche agria me recibe. Voces agudas. Pasos pequeños. Un mundo entero construido a mi escala.
Y sin saberlo…
empieza otra etapa.
Una etapa donde tendré que fingir ser solo un niño,