De Vuelta A Mi Vida De Mierda

Capítulo 6 — Guardería, confundido y asustado

Día 28 / Mes 03 / Año XXXX
Edad de Zane: 2 años

Al entrar al recinto, lo primero que noto son las paredes.

No son simples paredes. Son un intento desesperado de fabricar un mundo seguro, un refugio artificial contra la realidad que espera afuera.

Dibujos por todas partes: animales deformemente felices, paisajes demasiado coloridos para ser reales, soles con rostros sonrientes que parecen observarte con una alegría forzada, casi siniestra. Todo está diseñado para parecer inocente. Para parecer seguro.

Y quizás lo es.

Pero yo ya no confío en lo que “parece”.

—Por aquí, niños.

—No os perdáis.

Como si eso fuera posible.

Es difícil perderse en un lugar tan abierto y controlado. Pero la advertencia no es para mí. Es para la idea de caos que los adultos siempre imaginan en los niños, como si el peligro naciera de la libertad y no de la quietud.

Nos hacen sentar en mesas pequeñas, perfectamente ordenadas. Colores asignados como si la personalidad pudiera repartirse igual que los crayones: rojo, azul, verde… todo segmentado, todo etiquetado, todo bajo control.

Y entonces los escucho.

—¡Naranja!

—¡Rojo!

Los hermanos Amanecer, por supuesto.

Giro lentamente la cabeza. Discuten por el color de una mesa como si la vida dependiera de ello. Me resulta ridículo… y al mismo tiempo tan puro, tan coherente con su edad, que no puedo ni enfadarme.

Son niños.

Simplemente niños.

Una cuidadora interviene.

—No hace falta pelear, podéis sentaros donde queráis.

Y para mi sorpresa, ellos se miran y cambian de opinión al instante. Eligen el color del otro. Sin drama. Sin lógica. Como si la contradicción fuera algo natural para ellos.

Yo elijo el rojo.

No por preferencia. Sino porque el negro o el gris no existen aquí. Y esa ausencia, de algún modo, me incomoda más de lo que debería. Como si incluso los colores tuvieran que fingir ser felices.

Me siento.

Rodeado de ruido constante y movimiento sin propósito.

Y aun así… por un instante fugaz, siento algo parecido a estabilidad. Una pausa frágil en medio de la tormenta que llevo dentro.

La luz baja. La historia comienza.

Bosque oscuro. Un niño llorando. Ancianos apareciendo como soluciones mágicas. Un ciclo cerrado disfrazado de enseñanza.

Escucho, pero no participo.

Todo es demasiado predecible. Naces solo. Sufres. Encuentras ayuda. Aprendes. Pierdes algo. Repites.

Un cliché envuelto en colores brillantes.

Y entonces empiezo a perder el foco.

No es sueño. Es una neblina pegajosa que se arrastra por mi mente. Y con ella regresan los pensamientos que no pertenecen a este cuerpo.

¿Quién fui realmente antes?

¿Un fracaso silencioso? ¿Un fantasma que respiraba hasta que dejó de hacerlo?

¿Logré algo? ¿O simplemente existí hasta que el reloj se detuvo?

No lo sé.

Y lo peor no es no saberlo.

Lo peor es la certeza de que debería saberlo. Como si la respuesta estuviera justo detrás de mis ojos, pero alguien hubiera levantado un muro grueso e impenetrable.

La frustración crece. Pesada. Profunda.

Una consciencia adulta atrapada en un cuerpo que apenas puede contenerla.

¿Y si nada de esto vale la pena?

¿Y si simplemente me rindo y dejo que este cuerpo decida por mí?

El pensamiento es veneno.

Y entonces algo responde desde dentro con rabia pura:

No.

No estás roto ahora.

Ya estabas roto antes.

La diferencia es que ahora puedes verlo.

Si huyes, todo seguirá igual.

Si te detienes, también.

Pero si haces algo… quizás, solo quizás, cambie

La presión aumenta hasta que siento que mi cabeza va a partirse en dos.

—Zawn…

La voz de Lía me atraviesa como una luz entre la niebla.

Abro los ojos de golpe.

Está frente a mí. Cabello como fuego de amanecer. Ojos demasiado brillantes para este mundo. Me extiende un bloque de madera con su manita pequeña.

—Toma…

En ese preciso instante, todo estalla.

Desde lo más profundo de mi pecho, la piedra roja irrumpe con violencia salvaje.

No flota suavemente.

Explota hacia afuera.

Gira alrededor de Lía a toda velocidad, dejando un rastro de luz carmesí ardiente. El aire se calienta. Mi corazón late con tanta fuerza que lo siento en los dientes, en la garganta, en las sienes. La piedra brilla con una intensidad casi dolorosa, como si estuviera viva, como si reconociera a Lía con una urgencia desesperada, ancestral.

No entiendo lo que estoy viendo.

Pero mi cuerpo sí.

Mi mente no.

Todo el ruido de la guardería se apaga.

El tiempo se estira hasta doler.

Solo quedamos ella, la piedra y yo.

Siento cada latido.

Cada fragmento de calor.

Cada emoción convertida en algo sólido, tangible, casi violento: felicidad, dolor, protección, un lazo que no entiendo pero que quema como hierro al rojo vivo.

La piedra gira más rápido. Más agresiva. Como si quisiera protegerla. Como si quisiera reclamarla. Como si llevara años —o vidas— esperando este momento.

Mi respiración se corta.

El pecho me arde.

Por un segundo creo que voy a vomitar fuego.

Mis padres. La guardería. Este cuerpo. La segunda oportunidad. Todo cruza por mi mente a la vez en un torbellino cegador.

Y por primera vez desde que regresé… no pienso en huir.

Pienso en seguir.

Luego, con la misma brutalidad, la piedra regresa a mí. Se clava en mi pecho como un hierro al rojo vivo. El dolor es agudo, eléctrico, real.

Jadeo.

Dolor.

Existencia.

Confirmación brutal.

Estaba confundido.

Estaba asustado.

Y aún lo estoy.

Pero ahora sé que estas piedras no son solo sentimientos.

Son algo mucho más peligroso.

Son reales.

Son mías.




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