Día 7 / Mes 03 / Año XXXX
Edad de Zane: 3 años
—Mi pequeñín… cómo has crecido…
La voz de mi madre es demasiado dulce, demasiado cargada de nostalgia para algo tan inevitable como el paso del tiempo. Me abraza fuerte, como si aún pudiera proteger al bebé que ya no soy, como si apretando lo suficiente pudiera detener el reloj que avanza sin piedad.
Intento escurrirme de sus brazos.
—¡Ma… ma!
No me gusta sentirme atrapado. Nunca me ha gustado. Ni en esta vida ni en la anterior. Hay algo dentro de mí que se revuelve cada vez que unos brazos me rodean con esa fuerza protectora, como si mi cuerpo recordara que la protección siempre termina siendo una ilusión que se rompe.
Ella ignora mi resistencia y aprieta más. Como si todavía pudiera salvarme de todo. Como si no supiera —o no quisiera saber— que algo dentro de mí ya no encaja en este cuerpo pequeño.
—Hace nada estabas en la guardería… —murmura con esa voz que tiembla ligeramente, casi imperceptible.
Hace nada.
Un año.
Suficiente para que esta segunda oportunidad empiece a pesar de formas que no puedo explicar en voz alta. Suficiente para que la novedad se convierta en rutina, y la rutina en una jaula silenciosa que se cierra lentamente.
Desde la sala contigua llegan voces bajas y tensas. Los padres de Lía y Azreyh discuten sobre colegios, sobre separación, sobre cómo dividir algo que siempre ha sido uno solo.
Miro a los gemelos. Están jugando en el suelo, riendo inocentemente, ajenos a que su pequeño mundo está a punto de agrietarse.
Lía levanta la mirada, confundida y frágil.
—¿Po ke papá se ieva a emano…?
Antes de que su madre pueda responder con alguna mentira suave, hablo yo:
—…Lía.
Ella me mira. Por un segundo el mundo se detiene solo para nosotros. Luego sonríe con esa pureza que duele y se lanza contra mi pecho, enterrando su cara en mi camisa con una fuerza que parece demasiado grande para un cuerpo tan pequeño.
Sus brazos me rodean como si yo fuera el único punto fijo en su universo. Siento su calor, su respiración entrecortada, el leve temblor de quien no entiende por qué las cosas buenas se rompen. En ese abrazo hay miedo, confianza ciega y un cariño tan puro que por un instante me desarma por completo.
—Gracias, Zawn…
No respondo. Solo apoyo mi mano en su espalda, torpe, inseguro.
No respondo. Solo apoyo mi mano en su espalda, torpe, inseguro. No sé si lo hice por ella… porque no quería escuchar su llanto. O porque odio, con todo mi ser, la sensación de que algo tan inocente se rompa cerca de mí.
Probablemente las tres cosas.
El nuevo colegio es más grande, más ruidoso, más salvaje. Ya no es la guardería contenida y cálida. Esto es un intento fallido de domesticar el caos infantil.
Me siento en una esquina, observando.
Y entonces lo siento.
Un tirón.
Pequeño, pero insistente. Casi… deliberado.
Miro hacia abajo.
Una niña de cabello castaño oscuro con dos coletas perfectas me observa fijamente. Sus ojos verde-grisáceos son demasiado serenos, demasiado profundos. Como si ya hubieran visto más de lo que deberían a su edad.
—¿Tú… quieres sentarte aquí? —pregunta con una voz clara y tranquila.
—Claro.
Nos sentamos juntos.
Durante las presentaciones habla con una seguridad inquietante.
—Abby Ross. Mi color favorito es el magenta. Mi animal favorito es el cuervo.
Cuervo.
No el típico unicornio o pony que eligen los demás. Cuervo.
El nombre se me clava en la mente. Y con él, el tirón regresa, más profundo, más personal. Como si algo dentro de mi pecho reconociera una frecuencia antigua.
Abby me mira de reojo toda la mañana. No es una mirada infantil. Es una mirada que evalúa, que mide, que busca algo detrás de mis ojos.
Al final del día, cuando salimos, el tirón regresa con más fuerza.
—Hehehe~
Está justo detrás de mí.
Abby sonríe con toda la cara, pero hay algo en esa sonrisa que no termina de pertenecer a una niña de tres años. Es demasiado sabia. Demasiado tranquila. Demasiado peligrosa.
—Qué bien… has recordado mi nombre —dice bajito, casi cómplice—. Quiero ser tu amiga~
Directa. Sin filtros. Sin miedo.
—¿Por qué? —pregunto antes de poder detenerme.
—Porque eres diferente —responde sin dudar, mirándome a los ojos—. Los otros niños solo juegan. Tú… observas. Como si ya supieras cómo termina la historia.
Me quedo helado.
Una niña de tres años no debería decir algo así. Ni siquiera debería pensarlo.
—Además —añade bajando aún más la voz, casi en un susurro—, a veces hablas solo cuando crees que nadie te escucha. Dices cosas raras… como un adulto que está muy cansado.
El tirón en mi pecho se vuelve casi insoportable. Siento que una de las piedras se remueve, como si reconociera algo.
—¿Cómo sabes eso? —pregunto en voz baja.
—Soy buena observando. Igual que tú.
Se queda callada un segundo, mirándome con una intensidad que no debería tener.
—Zev… ¿tú también tienes sueños raros? ¿De cuando eras grande? ¿De lugares que no existen todavía?
La pregunta me golpea como un puñetazo en el estómago.
Ella no insiste. Solo sonríe otra vez, esa sonrisa que parece guardar secretos demasiado pesados, y se va saltando mientras tararea una melodía que no reconozco.
Me quedo ahí, inmóvil.
Lía se acerca y me toma de la mano, aún triste por la posible separación de su hermano. Pero mi mente ya no está aquí.
Abby Ross.
No es solo una niña extrovertida.
Hay algo más. Algo que no encaja. Algo que, por primera vez desde que volví, me hace sentir que tal vez no soy el único que trajo fragmentos de la otra vida.
Y eso…
es peligroso.
Porque si ella es como yo, o algo parecido…
entonces esta segunda oportunidad acaba de volverse mucho más complicada.