De Vuelta A Mi Vida De Mierda

Capítulo 9 — Trampa

Día 10 / Mes 10 / Año XXXX

Edad de Zane: 6 años

El parque seguía envuelto en esa luz dorada y melancólica típica de octubre, como si el otoño mismo supiera que algo importante estaba a punto de ocurrir. Las hojas caían lentamente, girando en el aire como recuerdos que se resisten a morir.

Nos sentamos junto a la fuente, como cada año cuando se acerca la fecha: Abby balanceando las piernas con su energía inagotable, Ariel mirando el agua con esa expresión pensativa que ya le caracterizaba, y Lía a mi lado, jugueteando nerviosa con el borde de su vestido.

—Entonces… ¿fiesta conjunta otra vez este año? —preguntó Abby, casi saltando en su sitio.

—Claro —respondí con una sonrisa suave—. En el parque, como siempre. Mis padres ya dijeron que sí.

Lía sonrió con timidez, pero sus ojos brillaban con una ilusión que me apretaba el pecho de una forma dulce y dolorosa al mismo tiempo.

—Mi mamá también —dijo en voz baja—. Dijo que podemos traer más globos y luces. Quiere que quede bonito… como un sueño.

Ariel asintió con seriedad.

—Mi padre traerá el tablero de ajedrez. Dice que quiere vengarse de la última derrota. Esta vez voy a ganar.

Sonreí levemente. Con el tiempo, Ariel había cambiado. Ya no era el niño callado y a la defensiva que conocí. Lía había ganado confianza, aunque todavía se sonrojaba con facilidad. Abby seguía siendo un torbellino imposible de contener. Y yo… yo seguía aquí, observando, analizando, intentando no destacar demasiado mientras cargaba con el peso de dos vidas.

Mientras discutíamos detalles —los colores de los globos que flotarían como pequeñas lunas, la tarta de dos pisos, quién traería los dulces—, sentí esa dualidad que se había convertido en mi sombra silenciosa: una calidez real y traicionera por tenerlos tan cerca, y una inquietud profunda que me carcomía por dentro, como si supiera que toda esta felicidad era prestada y que, tarde o temprano, el precio llegaría.

Hace cinco años solo quería sobrevivir. Cumplir las condiciones del dios sin llamar la atención. Ahora tengo tres amigos que se han vuelto importantes.

Demasiado importantes.

Especialmente Lía.

Su cabello seguía siendo ese tono imposible, el mismo que compartía con Azreyh y su madre. Con los años había notado que el brillo se volvía más intenso cuando estábamos juntos. Como si nuestra conexión alimentara algo que yo no terminaba de entender. Como si el destino, o el dios, hubiera decidido unirnos de una forma que no podía ignorar.

Eso me alegra.

Y al mismo tiempo me aterrorizaba.

Porque cuanto más brillaba, más me recordaba que esta amistad no era solo mía. Era parte de las reglas. Parte de las trampas que me impuso ese dios hace ya cinco años. Y cuanto más me acercaba a ellos, más difícil se volvía fingir que solo estaba cumpliendo condiciones.

—Zev, ¿estás despistado otra vez? —Abby me dio un pequeño empujón con el hombro, sacándome de mis pensamientos.

—Un poco —admití—. Estaba pensando en el regalo de Lía.

Lía se sonrojó ligeramente y bajó la mirada.

—No hace falta que me regales nada… de verdad.

—Claro que sí —respondí en voz baja, mirándola a los ojos—. Este año quiero que sea especial. Quiero que sepas que alguien siempre estará para ti.

Abby y Ariel se miraron y sonrieron con complicidad. Ya estaban acostumbrados a estas pequeñas escenas.

Mientras seguíamos hablando, sentí el tirón familiar en el pecho. Una de las piedras se removió levemente. Últimamente pasaba más a menudo cuando estaba con ellos. Como si me recordara que nada de esto era casual. Que las piezas seguían moviéndose.

Que yo sigo en el centro del tablero.

Día 15 / Mes 10 / Año XXXX

Edad de Zane: 6 años

El día del cumpleaños de Lía llegó rápido, casi demasiado rápido.

El parque estaba decorado con globos rojizos-anaranjados y luces que colgaban de los árboles como pequeñas estrellas caídas. Lía estaba radiante con su vestido del color de su cabello, corriendo de un lado a otro con una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor.

Más tarde, mientras los adultos preparaban la tarta, nos sentamos en el césped. Ariel propuso jugar al ajedrez. Trajo un tablero pequeño.

—Quiero vengarme de la última vez —dijo, con una determinación que no le había visto antes.

La partida comienza.

Esta vez no era un juego infantil. Ariel jugaba con seriedad, moviendo las piezas con una precisión sorprendente para su edad. Abby y Lía observaban en silencio, casi conteniendo la respiración.

Yo moví mi caballo a f3. Ariel respondió con d5. La tensión creció con cada movimiento. Sus ojos no se apartaban del tablero. Los míos tampoco.

Moví mi alfil. Él respondió con un peón. El centro del tablero se cerró. La presión aumentó. Sentí que no estaba jugando solo contra Ariel, sino contra algo más. Contra la sensación de que cada decisión, por pequeña que fuera, tenía consecuencias que no podía ver. Contra la idea de que si me equivocaba, el dios podría recordármelo.

Ariel movió a su reina. Fue un movimiento audaz. Riesgoso. Sus ojos brillaban con un destello de triunfo anticipado.

Por un segundo, el mundo se reduce al tablero. Solo él, yo y las piezas.

Moví mi torre. Bloqueé su ataque. Contraataqué. Ariel frunció el ceño. Su respiración se aceleró. Lía y Abby estaban completamente calladas.

La partida se alargó. Movimiento tras movimiento. Ariel jugaba bien. Muy bien. Mejor de lo que esperaba. Por un momento dudé. Si ganaba demasiado fácil, sería raro. Si perdía, el dios podría castigarme.

Sentí el peso de las doce piedras dentro de mí. La roja, la que brillaba cuando estaba con Lía, se calienta levemente en mi pecho. Era como si me recordara que no estaba solo en este juego.

Finalmente, después de una larga batalla, coloqué a mi reina en la casilla decisiva.




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