De Vuelta A Mi Vida De Mierda

Capítulo 10 — Sombras doradas y negras

Día 07 / Mes 01 / Año XXXX

Edad de Zane: 7 años

Despierto con un peso cálido y familiar a mi lado.

Lía está acurrucada contra mí, respirando suave y rítmicamente, con el cabello de amanecer desparramado sobre la almohada como si el sol mismo hubiera decidido quedarse a dormir. Su mano pequeña descansa sobre mi pecho, justo encima de donde laten las doce piedras, como si supiera instintivamente dónde está mi centro más frágil.

Por un segundo, el mundo se sintió en paz.

Un instante breve, delicado, casi sagrado.

Luego llega la realidad, como siempre lo hace: cruel, fría y puntual.

Se supone qué tengo siete años. Ella tiene siete años. Y yo… yo llevo dentro la conciencia de alguien que ya vivió una vida completa, que murió solo en una habitación blanca y que ahora carga con el peso de dos existencias en un cuerpo que aún no ha terminado de crecer. El contraste es tan absurdo que roza lo grotesco. Tan injusto que a veces me cuesta respirar.

Me quedo quieto, mirando el techo, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Es incómodo. Es peor. Es incorrecto. Y esa incorrección me aterroriza, porque sé que nada en esta vida puede ser tan simple, tan puro, tan limpio. Cada momento de calidez viene con una deuda pendiente.

Lía se remueve un poco y murmura dormida:

—Buenos días, Zev…

Su voz es suave, confiada, como si el mundo entero pudiera derrumbarse y ella seguiría sintiéndose segura mientras yo estuviera cerca. Esa confianza ciega me duele más que cualquier golpe.

—Buenos días, Lía —respondí en voz baja.

Ella sonríe sin abrir los ojos y se aprieta un poco más contra mí. Para mí, Lía ya no es solo una amiga. Es como una hermana pequeña… casi como una hija que debo guiar y proteger en este mundo que ya conozco demasiado bien. Un mundo que sé que puede ser cruel, devorador y sin piedad.

Bajamos juntos a desayunar. Abby y Ariel ya están allí, todavía en pijama. Azreyh nos mira con esa expresión de superioridad que ya empieza a cansarme.

—Dormiste con mi hermana otra vez —dijo, como si fuera un crimen.

—Azreyh —le advertí en voz baja.

Lía solo ríe y se sienta a mi lado, como si nada en el mundo pudiera separarnos. Esa risa inocente me atraviesa como un cuchillo dulce. Me recuerda constantemente lo frágil que es todo esto.

La escuela ya no es el pequeño y colorido mundo de la guardería. Ahora es más grande, más ruidosa, más real. Los niños ya no solo juegan; empiezan a compararse, a medir, a herirse con palabras que aún no comprenden del todo.

Y nosotros seguimos juntos. Abby, Ariel, Lía y yo. Cuatro piezas que, sin saberlo, formamos un extraño equilibrio.

Hasta que ese día, el equilibrio se rompió.

La profesora pidió que nos presentáramos uno por uno. La mayoría eran niños normales: ruidosos, tímidos, emocionados. Hasta que llegó ella.

—Hola… soy Kate Queen —dijo con voz clara, casi demasiado educada para una niña de siete años.

Su cabello era dorado, de un tono tan brillante y puro que parecía absorber la luz del aula y devolverla multiplicada. Su piel era pálida como porcelana fina. Sus ojos, de un gris claro casi plateado, recorrieron la clase con una serenidad inquietante, como si ya hubiera visto este momento antes.

Los demás niños susurraron. “Es muy linda”. “Parece una princesa de cuento”.

Yo no dije nada.

Porque cuando sus ojos se posaron en mí, sentí un tirón diferente. No era el calor protector que me provocaba Lía. Era algo frío. Antiguo. Como si una mano invisible hubiera rozado la superficie de una de las piedras dentro de mi pecho… la dorada.

Y entonces llegó la segunda.

Soy Evangelyne Black —dijo otra niña, con voz suave, casi tímida—. Pero prefiero que me digan Evely.

En el momento en que pronunció “Evely”, el mundo se inclinó violentamente.

Una náusea brutal me subió por la garganta como un puñetazo. El estómago se me revolvió con violencia, obligándome a tragar saliva varias veces para no vomitar allí mismo. Un sudor frío me empapó la espalda y las manos al instante. La visión se me nubló por completo; los bordes del aula se volvieron borrosos, los colores se desdibujaron y el suelo pareció inclinarse y moverse bajo mis pies como si estuviera en un barco en plena tormenta. Tuve que agarrarme con fuerza al borde del pupitre para no caer. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los dientes, en las sienes, en la base del cráneo. Por un segundo, creí que iba a desmayarme.

Volví a estar en aquella habitación blanca. El pitido del monitor. El olor a desinfectante. El reloj. El dolor en los pulmones. La soledad asfixiante. La sangre en la boca. Todo regresó de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta que llevaba años cerrada con llave.

Evangelyne”.

La palabra me provocó arcadas reales. Sentí sabor metálico y amargo en la boca. El pecho se me apretó tanto que me costaba respirar. Las manos me temblaban visiblemente sobre el pupitre. Todo mi cuerpo gritaba que huyera, que me alejara de ella, que esa niña era peligro encarnado.

Evangelyne (Evely) no sonrió. Solo me miró. Y en esa mirada sentí algo que me heló hasta los huesos: reconocimiento. Como si ella supiera exactamente quién era yo. Como si supiera exactamente lo que había sido. Como si supiera exactamente cómo destruirme otra vez.

Como si supiera exactamente cómo destruirme.

Kate, en cambio, sonrió. Una sonrisa perfecta, demasiado perfecta. Como si estuviera hecha de luz, pero esa luz ocultara algo podrido debajo.

Dos niñas.

Dos colores opuestos.

Dorada y negra.

Luz falsa y sombra profunda.

Y yo, en medio.

Sentí que el tablero del dios acababa de ampliarse de forma brutal. Nuevas piezas habían entrado en juego, y no sabía si eran aliadas… o las piezas que el dios había guardado para el final.




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