Aquí el Creador, JaimeChrono. Quiero hacer una dinámica sencilla: cada cierto número de seguidores vamos a celebrar un día antes de subir el siguiente capítulo. Así hasta el capítulo 40.
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Espero que os esté gustando el capítulo de hoy, gracias por leer.
Capítulo 11 — Sombras que regresan
Día 07 / Mes 01 / Año XXXX
Edad de Zane: 7 años
Evangelyne Black.
Ese maldito nombre no lo olvidaría.
Ni aunque pasaran otras dos vidas.
—Hola Zevy…
—Siempre te amaré, Zevy~
La voz se clavó en mi pecho como un cuchillo oxidado y retorcido. El aire se volvió denso, viscoso, como si respirara agua podrida. Mi estómago se revolvió con violencia y un sudor frío me empapó la espalda. Las manos empezaron a temblar sobre el pupitre hasta que los nudillos se pusieron blancos. Por un segundo, la clase entera se desdibujó y regresé a aquella habitación blanca, solo, con el pitido constante del monitor y el sabor metálico de la sangre inundándome la boca mientras mi cuerpo se rendía lentamente.
—Evely… —susurré, con la voz rota.
¿Por qué ahora?
Yo había decidido enterrar ese nombre. Lo había quemado. Lo había encerrado en el rincón más oscuro de mi mente. Había jurado que nunca más me afectaría. Pero el pasado nunca pide permiso. Vuelve cuando menos lo esperas, como una enfermedad que creías curada y que de repente te consume desde dentro.
El corazón me golpeaba con tanta fuerza que lo sentía en los dientes, en las sienes y en cada vena de este cuerpo demasiado pequeño y frágil. Tuve que aferrarme al borde del pupitre con todas mis fuerzas para no caer al abismo que se abría dentro de mí.
—¿Zev? —La voz preocupada de Lía me sacó del abismo—. ¿Estás bien? Te pusiste muy pálido de repente.
La miré. Sus ojos grandes y tristes parecían capaces de ver a través de todas mis capas rotas. Esa mirada pura me dolía más que cualquier flashback.
—No es nada, Lía… Solo me distraje —mentí, forzando una sonrisa que pesaba.
Ella no se creyó ni una sola palabra. Apretó mi mano bajo el pupitre con esa fuerza tranquila y cálida que solo ella tenía.
—No me mientas —susurró ella, apretando mi mano bajo el pupitre—. Cuando te pones así es como si te fueras muy lejos. ¿Es por alguien?
Quise contarle todo. Quise gritarle que una niña de siete años con el mismo nombre de mi mayor arrepentimiento estaba destrozando la poca paz que había construido en esta segunda vida. Pero ¿cómo explicárselo a una niña que aún creía que el mundo era bueno?
—Solo recuerdos malos —respondí en voz baja—. Nada importante.
Lía se quedó en silencio un momento, luego apoyó suavemente su cabeza contra mi hombro.
—Cuando quieras hablar… aquí estoy. Aunque sea solo para quedarnos callados juntos. No tienes que cargar con todo solo, Zev.
Abby, que había estado escuchando con el ceño fruncido, se inclinó hacia adelante con su energía habitual:
—Zev, si alguien te está molestando, dímelo ahora mismo. Le doy una patada en la espinilla tan fuerte que no se le olvida en su vida.
A pesar de todo, solté una risa débil y sincera. Ariel solo me miró en silencio desde su asiento, pero su mirada estaba llena de esa lealtad callada que lo caracterizaba.
La profesora pidió las presentaciones. Después de Lía, se levantó el niño nuevo.
Cabello rubio claro, ojos esmeralda brillantes. Se veía nervioso, pero habló con una claridad sorprendente para alguien que acababa de llegar:
—Eizen Volæ est nomen meum…
Respondí en latín casi por instinto. Sus ojos se iluminaron con sorpresa y una esperanza casi desesperada. Al terminar la clase, se acercó a nuestro grupo con timidez evidente.
—Mi nombre es Eizen Volæ —dijo con una sonrisa radiante mientras se sentaba en nuestra mesa—. Encantado, Ariel, Abby, Lía… y Zev. Gracias por dejarme sentarme con ustedes.
Día 25 / Mes 01 / Año XXXX
Edad de Zane: 7 años
Las semanas siguientes, Eizen se integró al grupo como si siempre hubiera pertenecido a él. Su presencia era como un rayo de luz constante en medio de la oscuridad que me consumía lentamente.
Era como un soplo de aire fresco en medio de la oscuridad que me consumía lentamente. Aprendía el idioma con una voracidad asombrosa; cada palabra nueva parecía encenderle los ojos. Hacía preguntas sobre todo: por qué el viento susurraba de esa forma, por qué las hojas caían como lágrimas, por qué yo a veces me quedaba mirando al vacío como si viera fantasmas que los demás no podían percibir. Su risa era pura, cristalina, sin una sola sombra. Contrastaba de forma tan brutal con la podredumbre que yo cargaba que, a veces, me dolía mirarlo.
Se sentaba siempre muy cerca de mí, casi pegado a mi costado, como si hubiera decidido instintivamente que yo era su referencia en este nuevo mundo. Me observaba con una admiración honesta y repetía constantemente, con los ojos brillantes:
—Zev ser muy inteligente… Yo querer ser como tú.
Esas palabras simples me atravesaban como espinas calientes. Porque yo no era alguien a quien admirar. Era un cascarón vacío con dos vidas fallidas, doce piedras malditas y un dios que jugaba conmigo como si fuera un mero entretenimiento. Cada vez que Eizen me miraba con esa confianza pura, sentía que lo estaba contaminando solo por permitirle estar cerca.
En el parque, mientras Abby corría y gritaba de emoción persiguiendo mariposas, Ariel observaba todo en silencio desde un banco y Lía apoyaba su cabeza en mi hombro, Eizen se sentó muy cerca de mí, como ya era costumbre.
—Zev… —dijo con voz seria y algo insegura—. ¿Puedo hacerte una pregunta?