Aquí el Creador, JaimeChrono. Quiero hacer una dinámica sencilla: cada cierto número de seguidores vamos a celebrar un día antes de subir el siguiente capítulo. Así hasta el capítulo 40.
Si quieres seguir la novela, me encuentras aquí:
https://x.com/01Chrono
Espero que os esté gustando el capítulo de hoy, gracias por leer.
Capítulo 12 — Sombras en el tablero
Día desconocido / Mes desconocido / Año XXXX
Edad de Zane: ¿7 años?
Todo se estaba tiñendo de negro.
No fue un colapso repentino. Fue una corrupción lenta, silenciosa y cruel. Como tinta negra filtrándose en agua limpia hasta pudrir todo desde dentro. La luz no se apagó… simplemente se descompuso. Y yo lo veía suceder, día tras día.
Desde que Evely y Kate entraron al grupo, el cambio se volvió evidente. Lo más doloroso era ver cómo afectaba a los demás. Ellos sólo tenían siete años. Todavía creían que el mundo era un lugar seguro. Yo, en cambio, ya había vivido dos vidas completas. Un viejo disfrazado de niño.
—Zev… ¿cómo se lee esto? —preguntó Lía, acercándome su cuaderno con esa sonrisa pura que me destrozaba por dentro.
Su mano pequeña rozó la mía. Tan confiada. Tan frágil.
Tomé el lápiz con los dedos temblorosos.
—Así se lee “esperanza” —respondí con voz baja.
Lía me miró fijamente. Su sonrisa se apagó un poco.
—Zev… ¿por qué hablas como si fueras un adulto? A veces… me da un poco de miedo.
Esas palabras fueron un cuchillo directo al pecho. Porque ella tenía razón. Yo no pertenecía aquí. Nunca lo haría.
Evely pasó junto a nuestra mesa, sonriendo con esa dulzura angelical que escondía algo podrido.
—Zevy siempre está bien —dijo suavemente—. Aunque carga con cosas que ningún niño debería cargar… ¿verdad?
Sentí cómo las náuseas subían por mi garganta.
—Profesora, ¿puedo ir al baño?
El pasillo se estiraba como un túnel interminable. Cada paso pesaba más que el anterior. El suelo ardía bajo mis pies pequeños. El aire era denso, caliente, asfixiante. Cuando por fin cerré la puerta del baño, el mundo se quebró por completo.
El espejo ya no reflejaba a un niño.
Reflejaba a un hombre roto de veintitantos años, con los ojos hundidos y llenos de culpa.
Y entonces volvió a aparecer, ella.
Evely.
Su piel perfecta comenzó a agrietarse como cuero viejo. Un líquido negro y espeso brotó de las fisuras. Trozos de carne se desprendieron, cayendo al suelo con sonidos húmedos y repugnantes. Gusanos blancos emergieron retorciéndose de sus mejillas abiertas. Su sonrisa se amplió mientras parte de su labio inferior se caía.
—Hola, Zevy… —susurró con voz mojada y rota—. ¿Sigues jugando a ser un niño inocente? ¿Sigues fingiendo que puedes protegerlos?
Otra Evely se materializó a mi izquierda. Su torso se abrió con un sonido carnoso, revelando costillas blancas y órganos que latían débilmente, cubiertos de un moho negro.
—Eres patético —escupió—. Un viejo asqueroso escondido en un cuerpo de siete años. ¿Cuántos años tienes realmente? ¿Veintiocho? ¿Sesenta? Ellos son niños… y tú eres un monstruo que duerme al lado de una niña y le acaricia el cabello.
La tercera Evely se pegó a mi espalda. Sentí su carne caliente y blanda derritiéndose contra mí, chorreando pus y sangre negra sobre mis hombros infantiles.
—Lía te quiere ahora porque cree que eres como ella… —susurró en mi oído, mientras su lengua medio podrida me rozaba la oreja—. Pero cuando descubra que eres un hombre adulto que la mira con ojos de viejo… ¿qué crees que hará? ¿Te abrazará? ¿O gritará de asco y te llamará pervertido?
Las tres figuras comenzaron a fusionarse en una sola masa grotesca y pulsante. Carne derritiéndose con carne. Huesos rompiéndose y volviéndose a unir. Bocas abiertas sin dientes. Ojos derretidos que aún me miraban con odio y diversión.
La abominación río con decenas de voces superpuestas.
Y entonces la podredumbre me alcanzó a mí.
Mi piel infantil se agrietó violentamente. Sentí mis órganos retorciéndose y pudriéndose dentro de mi cuerpo. Sangre negra brotó de mi nariz y boca. Mis dedos se deshicieron en grumos húmedos, dejando el hueso al descubierto.
La masa grotesca extendió un brazo deformado y me tocó la mejilla con dedos viscosos.
—Al final te quedarás solo… otra vez.
Como en tu primera vida.
Como siempre.
En la visión vi a Lía, Abby, Ariel y Eizen retrocediendo horrorizados.
—Zev… ¿Qué eres tú? —susurró Lía entre lágrimas—. No eres como nosotros… me das asco.
—Eres un viejo raro —dijo Ariel con voz temblorosa.
—Nos mentiste todo este tiempo —añadió Eizen, con la voz rota.
—Pensamos que eras nuestro amigo… —dijo Abby, con dolor genuino.
Incluso mis padres aparecieron en el fondo, mirándome con lástima y rechazo.
—Nunca debiste volver —dijo mi madre llorando—. Deberías haberte quedado muerto.
La soledad absoluta me golpeó como un mazazo. El mismo vacío helado de mi primera muerte.
Vomité violentamente contra el lavabo, temblando sin control.
De pronto, la puerta del baño se abrió de golpe.
—¡Zev! —Lía entró corriendo y me abrazó con todas sus fuerzas—. ¡Estás helado! ¿Qué te pasa? ¡No me dejes fuera, por favor! ¡Háblame!
Su abrazo era cálido. Desesperado. Lleno de cariño infantil puro.
Pero en mi cabeza solo resonaban las risas húmedas y podridas de Evely repitiendo una y otra vez:
“Pronto te mirará con asco.”