Aquí el Creador, JaimeChrono. Quiero hacer una dinámica sencilla: cada cierto número de seguidores vamos a celebrar un día antes de subir el siguiente capítulo. Así hasta el capítulo 40.
Si quieres seguir la novela, me encuentras aquí:
https://x.com/01Chrono
Espero que os esté gustando el capítulo de hoy, gracias por leer.
Capítulo 13 — Un chico sin importancia
Día desconocido / Mes desconocido / Año XXXX
Edad de Zane: ¿7 años?
La siguiente partida estaba a punto de comenzar.
Frente a mí se sentó aquel niño que, hasta hace unos minutos, parecía no tener ninguna relevancia dentro del aula.
Rodrigo.
Aunque decir eso era extraño. Porque la verdad era que ni siquiera recordaba que se llamaba así.
Era una sensación desagradable. Había recordado mi muerte. Había recordado la soledad absoluta de aquella habitación blanca. Había recordado el dolor de mi primera vida y a las personas que poco a poco destruyeron todo lo que quedaba de mí.
Pero había olvidado a la única persona que estuvo a mi lado cuando todos los demás se alejaron.
La única persona que nunca me miró como si fuera un monstruo.
Un error absurdo.
Un error imperdonable.
—¿Vamos a jugar o qué? —preguntó Rodrigo mientras colocaba las piezas sobre el tablero.
Su voz era tranquila. Demasiado tranquila para alguien que estaba a punto de enfrentarse a mí. La mayoría de los niños se ponían nerviosos cuando jugaban contra alguien que creían mejor. Él no. Parecía que simplemente estaba pasando el rato. Como si ganar o perder no importara en absoluto.
—¿Por qué tienes tantas ganas de jugar conmigo?
Ambos hablamos al mismo tiempo.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.
—Vaya… —Rodrigo sonrió—.
—¿Qué?
—Eso fue raro.
—Sí.
—Bueno, al menos sabemos que pensamos igual.
—No creo que eso sea algo bueno.
—Yo sí —se encogió de hombros—. Significa que somos compatibles.
Lo miré confundido. Esa forma de responder, esa tranquilidad, esa manera de decir cosas absurdas como si fueran completamente normales… era demasiado familiar.
La partida comenzó.
Los primeros movimientos fueron simples. Nada impresionante. Pero había algo extraño. Rodrigo no jugaba como alguien que conociera el ajedrez. No calculaba estrategias complicadas. Simplemente miraba el tablero unos segundos y movía una pieza. Como si escuchara dónde debían ir.
Era absurdo.
Y aun así… funcionaba.
—¿Has jugado antes? —pregunté.
—¿Jugar qué?
—Ajedrez.
Miró las piezas y luego a mí.
—Ah. No.
Silencio.
—¿Entonces cómo sabes jugar?
—No sé —se encogió de hombros—. Solo muevo las piezas donde parecen querer ir.
Lo observé fijamente. Esa respuesta era tan ridícula que debería haberme parecido una tontería. Pero no fue así. Porque me recordó a alguien. A alguien que decía cosas extrañas. A alguien que podía hacerme sonreír incluso cuando todo estaba mal.
La partida continuó. Y por primera vez en mucho tiempo… no estaba pensando en sobrevivir. Solo estaba jugando.
Finalmente terminó. No fue una victoria aplastante. De hecho, fue mucho más complicada de lo que esperaba. Ese niño, que parecía no destacar en nada, había conseguido hacerme pensar más de lo normal.
—Eres bueno —dije finalmente.
Rodrigo sonrió.
—Tú también.
—Eso no tiene sentido.
—¿Por qué?
—Porque casi pierdo contra alguien que ni siquiera sabe qué es el ajedrez.
—Entonces quizás el problema es que tú sabes demasiado.
Me quedé callado. No tenía una respuesta. Porque, de alguna forma… tenía razón.
Después de la partida, Rodrigo se levantó. Simplemente se sentó a mi lado, como si fuera lo más natural del mundo.
—Oye, Zane.
—¿Qué?
—Tengo una pregunta.
—Dime.
Me miró durante unos segundos.
—¿Por qué siempre estás tan serio?
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—No estoy serio.
—Sí lo estás.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Lo miré. Era increíblemente infantil. Y eso debería haberme molestado. Pero no lo hizo. Porque hacía mucho tiempo que nadie discutía conmigo por algo tan insignificante.
—Solo pienso mucho.
Rodrigo suspiró de forma exagerada.
—Ese es tu problema.
—¿Mi problema?
—Sí —señaló mi cabeza—. Piensas demasiado.
—¿Y qué quieres que haga?
—Dejar de hacerlo.
Lo miré en silencio.
—No es tan fácil.
Rodrigo no respondió inmediatamente. En lugar de eso, observó al resto de los niños: Abby riendo a carcajadas mientras presumía su victoria, Ariel intentando convencer a todos de que era un genio, Eizen intentando entender las reglas, Lía sonriendo sin preocuparse por nada.
—Míralos —dijo con voz tranquila—. Ellos no están pensando en cosas complicadas. Solo están disfrutando.
Aparté la mirada.
—Ellos no tienen mis problemas.
Rodrigo me observó. No con lástima. No con miedo. Simplemente observando.
—¿Y cuáles son tus problemas?
Abrí la boca… pero no salió ninguna palabra.
No respondí. No podía decirle la verdad.
No podía decir:
"Porque ya viví una vida completa."
"Porque recuerdo morir solo."
"Porque tengo miedo de perderlos a todos."
"Porque alguien está intentando destruirme desde dentro."
Rodrigo esperó unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Entonces hazlo poco a poco.
Lo miré.
—Deja de intentar cargar con todo tú solo. Eres un niño, Zane. Tienes siete años. ¿Qué preocupaciones puede tener alguien de siete años?
Una frase simple.
Una frase que cualquier otra persona habría ignorado.
Pero para mí… fue diferente.
Porque nadie me había recordado que no tenía que ser fuerte todo el tiempo. Que no tenía que saber todas las respuestas. Que no tenía que cargar con el mundo sobre mis hombros.