Deadshoot

PRÓLOGO

El auto negro se detuvo sin hacer ruido frente a una bodega abandonada en las afueras de Washington. No había luces, ni señales, ni cámaras visibles. Solo concreto viejo y óxido. La mujer de cabello azul descendió con calma, cerró la puerta con un gesto preciso y observó el lugar como si ya le perteneciera.

Kayle Stefanović no llevaba prisa. El luto no se mostraba en su rostro, pero habitaba en sus ojos.

Empujó la pesada puerta metálica y entró. El interior estaba vacío, salvo por unas escaleras que descendían hacia la oscuridad. Cada paso resonó con eco controlado, hasta llegar a una puerta de acero reforzado, custodiada por sensores invisibles. Un escáner reconoció su identidad. La cerradura se abrió.

La base del Proyecto Zero se desplegó ante ella: laboratorios blancos, pantallas activas, científicos en silencio absoluto.

Todo funcionaba. Todo seguía vivo.

Un hombre de traje gris se acercó con cautela. No extendió la mano. No sonrió.

—Bienvenida a Washington —dijo—. Tras el fallecimiento de su marido, Thomas Rijkaard… el consejo ha tomado una decisión.

Kayle no respondió de inmediato. Caminó un par de pasos, observando los tanques, los planos, los cuerpos incompletos que flotaban en líquido azulado.

—Desde hoy —continuó el hombre— usted es la nueva líder del Proyecto Zero.

Se detuvo frente a ella.

—Kayle Stefanović.

Por primera vez, la mujer habló.

—Mi esposo creyó en el caos —dijo con voz firme—. Yo creo en el control.

Las luces parecieron intensificarse.

En algún punto de la base, una cápsula comenzó a llenarse de energía. Algo nuevo se estaba preparando.

Y esta vez, no habría errores.




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