El dolor llegó antes que la conciencia. Un peso ardiente le atravesaba el cuerpo, arrancándole un gemido ahogado cuando intentó moverse. Wilson McDuffy abrió los ojos con dificultad y lo primero que vio fue el blanco impecable del techo, interrumpido por luces frías que le obligaron a parpadear.
—Tranquilo, no intente levantarse —dijo una voz serena.
A su lado apareció una mujer con uniforme de enfermera. Llevaba el cabello oscuro recogido y una mirada firme, profesional.
—Soy Morgan Moreno —se presentó—. Está estable, Wilson. Llegó a tiempo.
Él respiró con esfuerzo, sintiendo cada inhalación como si le clavaran agujas en el pecho.
—¿Dónde… dónde estoy? —preguntó con la voz quebrada.
—En el hospital de Washington —respondió ella—. Fue evacuado hace dos días. Los médicos lograron contener las heridas, pero todavía hay balas en su cuerpo.
Wilson cerró los ojos un instante, asimilando la información. El recuerdo difuso del combate regresó como un golpe seco.
—El doctor decidió que debe pasar por quirófano —continuó Morgan—. Es necesario extraerlas antes de que provoquen complicaciones.
Antes de que pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió. Un hombre de mediana edad, con bata blanca y expresión seria, entró acompañado por otro enfermero.
—Señor McDuffy —dijo el doctor, acercándose a la cama—. Soy el doctor a cargo de su caso. Su sala de quirófano ya está lista.
Wilson lo miró, todavía aturdido.
—Cuando usted esté preparado, procederemos con la operación —añadió el médico—. Estará bajo anestesia general. No sentirá nada.
Wilson tragó saliva. El dolor seguía ahí, constante, recordándole que no tenía muchas opciones.
—Hágalo —dijo finalmente, con un hilo de voz—. Estoy listo.
El doctor asintió, y Morgan le dedicó una mirada tranquilizadora mientras ajustaba el suero. La camilla comenzó a moverse, alejándolo de la habitación.
Wilson no lo sabía, pero ese quirófano no solo marcaría el final de su agonía…
sino el comienzo de una transformación que cambiaría su destino para siempre.