El quirófano se convirtió en un mundo suspendido en el tiempo. Bajo la luz blanca y constante, el doctor trabajó con precisión milimétrica, mientras Morgan Moreno se movía a su lado con gestos firmes, anticipándose a cada orden. La sangre, el metal y el silencio tenso dominaron la sala durante horas que parecieron no terminar nunca.
—Pinzas —pidió el médico, sin apartar la vista.
Morgan se las entregó de inmediato. Sabía que no era una operación sencilla. Las balas habían causado más daño del previsto, especialmente una de ellas, alojada en la pierna, como si se hubiera negado a ser arrancada.
Cuando por fin todo terminó, el cuerpo de Wilson McDuffy quedó inmóvil, cubierto de vendajes, mientras los monitores marcaban un ritmo estable. La cirugía había terminado… pero no sin consecuencias.
Horas después, Wilson abrió los ojos lentamente. El dolor regresó, distinto, más profundo, acompañado de una sensación extraña, como si una parte de él ya no respondiera. Reconoció la habitación del hospital y, a los pocos segundos, la figura de Morgan sentada a su lado.
—Volvió —dijo ella con una leve sonrisa de alivio—. La operación fue un éxito.
Wilson intentó incorporarse, pero su cuerpo se lo impidió.
—¿Entonces por qué…? —murmuró.
Morgan bajó la mirada un instante antes de hablar.
—Hubo complicaciones —admitió—. Para extraer la bala de la pierna fue muy difícil. Estaba demasiado cerca de zonas críticas… varios nervios se rompieron y tuvieron que ser retirados.
El silencio se volvió pesado.
—No va a poder volver a caminar con una de sus piernas —concluyó, con suavidad.
Las palabras cayeron como un golpe seco. Wilson cerró los ojos, apretando los dientes. No gritó. No lloró. Solo dejó escapar un suspiro largo, cansado.
Cuando Morgan se levantó para marcharse, él habló, casi en un susurro.
—¿Puede… quedarse un momento? —pidió—. No quiero estar solo.
Ella dudó apenas un segundo antes de asentir y volver a sentarse.
—Gracias —dijo Wilson—. Ya perdí suficiente como para quedarme aquí solo.
Miró el techo, buscando fuerzas en algún punto invisible.
—Perdí a toda mi familia en un accidente automovilístico —continuó—. Mis hijos… mi esposa. Desde entonces no queda nadie. Solo yo.
Morgan lo escuchó en silencio, con el corazón encogido.
—Puedo quedarme un rato más —respondió finalmente—. Usted me recuerda a alguien.
Wilson giró levemente el rostro para mirarla.
—Cuando trabajaba en prisión —explicó ella—, atendí a una mujer llamada Antonella. Siempre acababa en la enfermería de una forma u otra. Y también recuerdo a una chica… Lyra. Solo estuvo una vez, pero me pidió quedarse un poco más.
Morgan sonrió con tristeza.
—Decía que la enfermería era el único lugar de la prisión donde no se sentía sola.
Wilson asintió lentamente. Por primera vez desde que despertó, sintió que el dolor no estaba solo en su cuerpo, sino también en los recuerdos compartidos.
Y mientras el silencio volvía a envolver la habitación, algo invisible comenzó a formarse entre ellos:
una conexión nacida de la pérdida… y de la necesidad de no enfrentar la oscuridad en soledad.