El tercer día en el hospital amaneció gris y silencioso para Wilson McDuffy. El dolor seguía ahí, constante, instalado en su pierna como un recordatorio cruel de todo lo que había perdido. El yeso, los tubos y el olor a desinfectante se habían vuelto parte de su rutina.
La enfermera Morgan entraba y salía con frecuencia. Revisaba su suero, cambiaba las vendas, le hablaba de cosas simples para mantenerlo despierto, anclado a la realidad. Wilson se había acostumbrado a su presencia; era el único rostro que no le recordaba a la guerra.
—Hoy te ves un poco mejor —le dijo ella, ajustando una almohada—. El dolor debería disminuir con el tiempo.
Wilson esbozó una sonrisa cansada.
—Eso dicen todos —respondió—. El cuerpo sana… la cabeza tarda más.
Morgan lo miró con comprensión, pero antes de responder, alguien golpeó la puerta.
—¿Señor McDuffy? —preguntó una voz firme.
La puerta se abrió y el alcalde de Washington entró acompañado por dos hombres trajeados que se quedaron afuera. Morgan se tensó al reconocerlo.
—Los dejo a solas —dijo, lanzándole a Wilson una mirada breve antes de salir.
El alcalde se acercó a la cama.
—Wilson McDuffy —dijo—. El único sobreviviente.
Wilson frunció el ceño.
—¿Sobreviviente de qué exactamente?
El alcalde tomó una silla y se sentó frente a él.
—Escuché que en este hospital hay varios soldados caídos en combate —comenzó—. Pero solo uno logró salir con vida. Tú.
Wilson apretó la mandíbula.
—No me siento muy vivo, señor.
El alcalde lo observó con atención.
—Precisamente por eso estoy aquí. Washington necesita algo más que policías cansados y promesas vacías. Necesita un guardián. Alguien que proteja las calles cuando cae la noche.
Hizo una pausa, midiendo cada palabra.
—Te ofrezco una segunda oportunidad. Convertirte en el protector definitivo de esta ciudad. Un símbolo. Un arma contra el crimen.
Wilson lo miró, incrédulo.
—¿Un arma? —repitió—. Ya fui eso. Y terminé aquí.
—Esto es diferente —respondió el alcalde—. Te propongo ser Deadshoot.
El silencio se volvió pesado. Wilson sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No —dijo sin dudar—. No quiero saber nada de experimentos, ni de proyectos secretos. Perdí a mi familia… perdí mi pierna. Ya pagué suficiente.
El alcalde no mostró sorpresa.
—Lo imaginé —dijo, poniéndose de pie—. Por eso no vengo a exigirte nada.
Sacó una tarjeta de su bolsillo y la dejó sobre la mesa junto a la cama.
—Tienes setenta y dos horas para pensarlo. Si cambias de opinión, llama a este número.
Wilson tomó la tarjeta. Leyó el nombre impreso:
Kayle Stefanović.
—Ella se encargará del resto —añadió el alcalde—. A veces, señor McDuffy, la vida no nos da lo que queremos… sino lo que necesitamos.
Se dirigió a la puerta.
—Piénsalo bien. Washington podría necesitarte.
La puerta se cerró tras él. El silencio volvió a llenar la habitación.
Wilson se quedó mirando la tarjeta durante largos minutos. Sus dedos temblaban levemente. Afuera, la ciudad seguía viva, caótica, peligrosa.
Y por primera vez desde que despertó en ese hospital, Wilson se preguntó si realmente había sobrevivido…
o si solo estaba esperando su próxima batalla.