Deadshoot

CAPITULO 06

La mañana de su alta llegó sin ceremonias. Ningún aplauso, ningún discurso heroico. Solo una silla de ruedas, una carpeta de documentos médicos y el murmullo constante del hospital que seguía funcionando como si nada.

Wilson avanzaba lentamente por el pasillo, empujado por un enfermero que se despidió de él con un gesto breve antes de dejarlo cerca de la salida. El aire del exterior se coló por las puertas automáticas y, por primera vez en días, Wilson respiró sin el olor a desinfectante.

Fue entonces cuando la vio.

Morgan salía por la misma puerta lateral, con el cabello recogido de forma descuidada y una mochila colgada al hombro. Su uniforme ya no estaba impecable; ahora era una mujer cansada que acababa de terminar su turno.

—Morgan —la llamó Wilson.

Ella se giró, sorprendida, y sonrió al verlo.

—¿Ya te vas? —preguntó, acercándose.

—Eso parece —respondió él, dando una palmada suave al apoyabrazos de la silla—. Libre oficialmente.

Morgan asintió, pero dio un paso atrás, como recordando de pronto su papel profesional.

—Me alegra verte fuera de aquí.

Wilson dudó un instante y luego habló:
—Oye… esta noche hay un restaurante a dos cuadras. Nada elegante. Solo comida decente y silencio. ¿Te gustaría ir conmigo?

Morgan abrió los ojos, incómoda.

—Wilson, no debería. No puedo salir con pacientes.

Él la miró, serio, y luego sonrió apenas.

—Ya no soy tu paciente —dijo—. Salí por esa puerta hace cinco minutos.

Morgan vaciló. Miró alrededor, como si alguien pudiera estar escuchando, y luego volvió a mirarlo.

—Déjame pensarlo —murmuró.

Un segundo después, suspiró.

—Está bien. Pero solo porque ya no eres paciente.

Wilson dejó escapar una risa baja, casi incrédula.

—Perfecto. Te escribiré la dirección.

Horas más tarde, el pequeño apartamento que había alquilado en Washington estaba en silencio. Era un lugar modesto, casi vacío: una cama, una mesa, una ventana que daba a una calle ruidosa. Wilson se miró en el espejo mientras se acomodaba la chaqueta, apoyándose con cuidado en los muros para no perder el equilibrio.

Sobre la mesa, junto a sus llaves, estaba la tarjeta.
La tomó entre los dedos una vez más.

Kayle Stefanović.

El nombre parecía pesar más que el cartón delgado en el que estaba impreso. La giró, leyó el número, y la dejó de nuevo sobre la mesa.

Wilson respiró hondo.

Esa noche tenía una cita. Algo normal. Algo humano.

Pero en el fondo de su mente, como una sombra paciente, sabía que aquella tarjeta no había terminado de cumplir su propósito.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.