Deadshoot

CAPITULO 07

La noche había caído sobre Washington con una calma engañosa. Las luces de los faroles se reflejaban en el asfalto húmedo cuando Wilson aguardaba frente al restaurante, apoyado en su bastón. Miró su reflejo en el vidrio de la entrada y, con un gesto nervioso, se llevó a la boca un par de pastillas de menta. Las mascó despacio, como si con eso pudiera controlar también el nudo que sentía en el pecho.

Entonces la vio.

Morgan caminaba hacia él desde la acera opuesta. El vestido rojo se movía suavemente con cada paso, y su presencia parecía absorber la atención del entorno. No era solo belleza; era una mezcla de seguridad y calidez que desarmó a Wilson por completo.

—Hola —dijo ella al llegar, sonriendo.

—Hola —respondió él, un poco torpe—. Te ves… increíble.

Morgan bajó la mirada, divertida, y luego señaló la puerta.

—¿Entramos antes de que me arrepienta?

Confirmaron la reserva y un camarero los condujo hasta una mesa apartada. El ambiente era íntimo, con música baja y luces cálidas. Mientras esperaban para pedir, la conversación fluyó con naturalidad. Rieron, compartieron anécdotas pequeñas y otras más profundas: turnos interminables en el hospital, misiones en el ejército, silencios incómodos y pérdidas que aún dolían.

Cuando llegó el momento de ordenar, Wilson habló sin dudar:
—Pide lo que quieras. Hoy invito yo.

Morgan alzó una ceja.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Pidieron platos caros, vino de buena calidad y, por un par de horas, el mundo exterior dejó de existir. Hubo risas sinceras, miradas largas y una complicidad que ninguno esperaba encontrar tan pronto.

Al salir del restaurante, el aire nocturno los envolvió. Fue entonces cuando una figura se interpuso en su camino.

Cabello azul. Mirada firme.

—Wilson McDuffy —dijo la mujer—. Kayle Stefanović.

Wilson sintió que el estómago se le tensaba.

—Han pasado cuarenta y ocho horas de las setenta y dos que te di —continuó Kayle—. Aún tienes tiempo para decidir.

Sin añadir nada más, se apartó, dejándolos continuar.

El trayecto hasta el auto fue silencioso. Wilson abrió la puerta del copiloto para Morgan y luego se sentó al volante. Antes de arrancar, habló

—El alcalde… me ofreció algo. Algo grande. Ser parte de un proyecto para “proteger la ciudad”. No sé si es real o solo una locura.

Morgan lo escuchó sin interrumpir, y cuando terminó, apoyó una mano sobre la suya.

—Si existe una mínima posibilidad de que eso te ayude a volver a caminar —dijo con suavidad—, deberías intentarlo. Y si decides hacerlo… no estarás solo.

Wilson la miró, sorprendido y agradecido al mismo tiempo.
—¿De verdad me apoyarías?

—Sí —respondió ella—. En lo que decidas.

El auto se puso en marcha, perdiéndose entre las luces de la ciudad. Wilson sabía que aquella noche había cambiado algo dentro de él. La decisión aún no estaba tomada, pero ya no pesaba igual.




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