La mañana llegó sin prisa, filtrándose entre las cortinas del pequeño apartamento. Wilson despertó con el cuerpo rígido y la mente inquieta. Las palabras de Morgan, dichas la noche anterior, regresaron una y otra vez, claras y persistentes: no estarás solo.
Se incorporó con cuidado y tomó el teléfono que descansaba sobre la mesa de noche. Un mensaje nuevo iluminó la pantalla.
Morgan: ¿Ya despertaste? ¿Qué estás haciendo?
Wilson esbozó una sonrisa cansada y respondió.
Wilson: Sí. Nada interesante por ahora.
Se deslizó hasta la cocina, preparó café y puso unas tostadas en la sartén. El aroma le devolvió, por un instante, la sensación de normalidad que había perdido. Volvió a mirar el teléfono. Otro mensaje.
Morgan: Hazlo.
Wilson entendió sin necesidad de más palabras. Sus dedos temblaron levemente al escribir.
Wilson: Está bien. Lo haré. Quiero saber si todavía puedo caminar.
Guardó el teléfono y, tras unos segundos de silencio, sacó del bolsillo la tarjeta que había evitado mirar durante toda la noche. El nombre resaltaba con una sobriedad inquietante: Kayle Stefanović. Marcó el número.
—Sabía que llamarías —dijo la voz al otro lado, segura—. Hiciste lo correcto, Wilson. Estoy abajo, esperándote.
La llamada terminó.
Wilson se cambió despacio, como si cada prenda marcara un punto de no retorno. Luego regresó a la silla de ruedas y salió del apartamento. El ascensor descendió con un zumbido metálico que pareció durar demasiado.
En la sala principal del edificio, Kayle lo aguardaba sentada en un sofá oscuro. Al verlo, se levantó.
—Vamos —dijo, extendiendo la mano.
Ella lo ayudó a incorporarse y a llegar hasta el auto estacionado afuera. Mientras avanzaban, Kayle comenzó a hablar, con una voz casi didáctica.
—El proceso no es sencillo. El dolor será intenso. Perderás cosas… pero ganarás algo más grande. Dejarás atrás la miseria, la fragilidad. Te convertirás en lo que Washington necesita.
Wilson la escuchó en silencio, con el corazón acelerado.
—Te convertirás en Deadshoot —concluyó Kayle, abriendo la puerta del auto—. Y no habrá marcha atrás.
El motor arrancó. Mientras la ciudad quedaba atrás, Wilson supo que acababa de cruzar una línea invisible. Y, aunque el miedo seguía allí, por primera vez en mucho tiempo también sintió esperanza.