El callejón estaba oculto del bullicio de Washington, encajonado entre edificios olvidados y luces rotas que parpadeaban como testigos nerviosos. Allí, bajo la sombra húmeda del concreto, cinco figuras se reunían en silencio cuando una sexta terminó de hablar.
—Es oficial —dijo el infiltrado, con la voz baja y urgente—. Kayle tiene un nuevo sujeto. Uno vivo. Uno estable.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de recuerdos que ardían más que cualquier herida abierta. No necesitaban preguntar de qué proyecto hablaba. Todos lo sabían. Proyecto Zero. Kayle Stefanović.
Yan Yu Yung dio un paso al frente. Su rostro era el de un hombre joven, pero sus ojos no pertenecían a nadie en particular. Cambiaban sutilmente, como si recordaran demasiadas identidades a la vez.
—Entonces volvió a hacerlo —dijo—. Siempre vuelve.
A su alrededor estaban ellos. No soldados. No héroes. Armas fallidas.
Sun Ho-Wong flexionó la mano. De la punta de sus dedos emergieron uñas de metal pulido, largas, afiladas, imposibles. El sonido del acero al desplegarse cortó el aire.
—Nos creó para desechar —escupió—. Y ahora quiere repetir el error.
Ramadon golpeó la pared con el puño. El concreto se resquebrajó. Sonrió al sentir cómo el impacto se transformaba en fuerza pura recorriéndole los músculos.
—Que lo intente —gruñó—. Cada golpe que nos dio nos hizo más fuertes.
Titanium permanecía inmóvil, pero su piel comenzaba a endurecerse, tornándose gris y brillante, como si su cuerpo recordara su verdadera naturaleza.
Phoenix, apoyada contra un contenedor oxidado, encendió una pequeña llama en la palma de su mano. El fuego danzaba, vivo, obediente a su respiración.
—Kayle nos llama amenazas nacionales —dijo—. Pero ella es la que juega a ser Dios.
A su lado, Speed caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieto, dejando estelas borrosas en el aire cada vez que cambiaba de posición.
—Si creó otro vigilante, lo va a soltar contra nosotros —advirtió—. Como hizo siempre.
Yan Yu Yung levantó la mano, y el grupo guardó silencio. Por un instante, su rostro cambió: fue el de Kayle, exacto, perfecto, incluso con su expresión fría y calculadora. Luego volvió a ser él.
—Somos lo que ella teme —dijo con calma—. La prueba de que su proyecto fracasa cuando no puede controlar la voluntad.
Los miró uno por uno.
—No trabajamos para gobiernos. No obedecemos órdenes. Hacemos justicia a nuestra manera.
Sun sonrió con ferocidad. Phoenix cerró el puño y apagó el fuego. Ramadon se irguió, cargado de energía. Titanium dio un paso adelante, pesado, decidido. Speed se detuvo.
—Somos The Smashers —continuó Yan—. Y si Kayle creó un nuevo monstruo… entonces es nuestra responsabilidad detenerlo.
En lo alto, una cámara de seguridad giró levemente, registrando el callejón. Muy lejos de allí, Kayle Stefanović ya los había marcado como objetivos.
La cacería había comenzado.