El auto negro se detuvo frente a la bodega sin distintivos, perdida entre estructuras industriales que parecían abandonadas desde hacía décadas. Wilson observó el lugar desde la ventanilla con una mezcla de duda y resignación. No había marcha atrás. Kayle Stefanović descendió primero, segura, elegante, como si aquel sitio fuera un palacio y no una grieta en la ciudad.
—Bienvenido al verdadero Washington —dijo, antes de avanzar.
El interior olía a metal, desinfectante y electricidad. Bajaron por un ascensor oculto tras una pared corrediza, y cuando las puertas se abrieron, el laboratorio del Proyecto Zero se desplegó ante Wilson: luces blancas, pantallas flotantes, cápsulas de vidrio, brazos mecánicos suspendidos como insectos gigantes esperando órdenes.
Kayle le extendió una tableta.
—Antes de continuar.
Wilson leyó el documento. Contrato de confidencialidad absoluta. Nada de lo que viera, oyera o sintiera allí podría ser contado jamás. Ni a la policía, ni al ejército, ni a la mujer que había comenzado a importarle más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Firmó.
El proceso comenzó sin ceremonias.
Lo recostaron en una camilla metálica. Agujas descendieron del techo, conectándose a sus venas. El suero ardió como fuego líquido recorriéndole el cuerpo. Wilson gritó. Sus músculos se tensaron, los huesos crujieron, y su mente fue arrastrada por recuerdos, dolor y oscuridad. Sintió cómo algo viejo moría dentro de él… y algo nuevo despertaba.
Horas después —o tal vez días— abrió los ojos.
—Inténtalo —dijo Kayle, observándolo con atención clínica.
Wilson bajó la mirada hacia su pierna. Aquella que los médicos habían condenado. La movió. Sintió el suelo bajo la planta del pie. Se incorporó, temblando, y se puso de pie.
Caminó.
Una risa rota escapó de su garganta antes de que las lágrimas lo alcanzaran. Lloró sin vergüenza, apoyado en sí mismo, vivo otra vez.
—Funciona… —susurró.
Kayle sonrió, satisfecha.
—Bienvenido de regreso.
Un asistente le entregó una caja negra. Dentro, un traje táctico oscuro, reforzado, con detalles afilados y un casco sellado. Armas compactas, precisas, diseñadas para matar… o para imponer miedo.
—Desde hoy —dijo Kayle—, eres Deadshoot. El nuevo protector de Washington. Las noches serán tuyas.
Wilson sostuvo el casco entre sus manos. Pesaba más de lo que parecía. No solo por el metal, sino por lo que representaba.
—Esta tarde —continuó Kayle— pasarás por la alcaldía. Te presentaremos al mundo. Sin rostro. Sin nombre. Necesitamos que nada te detenga antes de empezar.
Wilson asintió lentamente.
Había recuperado su pierna.
Pero acababa de vender su futuro.