Deadshoot

CAPITULO 11

El baño de la base Zero estaba iluminado por una luz blanca y cruel. Wilson apoyó las manos en el lavabo y levantó la vista. El reflejo le devolvió un rostro que reconocía… pero que ya no sentía del todo suyo. Sus ojos parecían más duros, más atentos. Las cicatrices eran nuevas, limpias, casi elegantes. Su cuerpo había cambiado: más firme, más definido, como si hubiera sido rediseñado con una intención precisa.

No le dio importancia.

Abrió el casillero metálico y tomó el traje. Negro profundo, placas angulares, líneas pensadas para intimidar. Se lo colocó pieza por pieza, con la meticulosidad de un soldado que aún recordaba quién había sido. Ajustó las armas, comprobó el peso, la respuesta. Al final, el casco. El mundo quedó amortiguado, lejano.

Deadshoot había nacido.

Salió de la base sin despedidas. Una limusina lo esperaba. Las puertas se cerraron con un sonido seco, definitivo, mientras el vehículo avanzaba rumbo a la alcaldía de Washington.

Frente al edificio, una multitud se agolpaba tras vallas metálicas. Entre ellos, Yan Yu Yung observaba en silencio. Su rostro era el del alcalde… casi perfecto. Había sido un error. Una forma adoptada sin querer, demasiado reconocible. Se cubría con una gorra y gafas oscuras, atento, paciente. Los Smashers no atacaban sin entender primero a su enemigo.

A unas calles de allí, Morgan Moreno bajaba apresurada de un taxi. Venía directo del hospital, aún con el cansancio del turno marcado en los hombros. No sabía bien por qué estaba allí. Tal vez por curiosidad. Tal vez por Wilson.

El alcalde tomó el micrófono entre aplausos. Su discurso fue largo, solemne, lleno de promesas de seguridad y orden. Luego cedió la palabra a Kayle Stefanović.

Ella avanzó con paso firme.

Habló del Proyecto Zero. Del fracaso de Bloodshoot en Nueva Jersey. Del avance tecnológico de VALORA’S TECH. Del desastre del Protocolo Alfa y de Redman. Cada nombre cayó como una lápida, cuidadosamente colocada.

—Hoy —concluyó—, Washington tendrá algo mejor.

La limusina se detuvo. Las puertas se abrieron.

Deadshoot subió al escenario.

Silencio absoluto. El traje negro absorbía la luz. No saludó. No habló. Solo se quedó allí, imponente.

Entonces, un chasquido.

Alguien encendió un cigarrillo.

El fuego surgió como una explosión controlada. Llamas se alzaron detrás del escenario y una figura femenina emergió entre ellas: Phoenix. El calor golpeó a la multitud, que gritó y retrocedió.

Deadshoot reaccionó sin pensar.

El combate fue breve y brutal. Phoenix lanzó ráfagas de fuego; Deadshoot avanzó atravesándolas, rodando, disparando proyectiles especiales que dispersaban el calor. La derribó contra el suelo de piedra, apagando las llamas con un golpe seco y preciso.

Cuando pudo acabarla, no lo hizo.

Phoenix se incorporó como pudo y huyó entre el caos.

La multitud, sin entender del todo lo ocurrido, estalló en aplausos.

El alcalde, pálido, se acercó a Kayle.

—¿Qué fue eso?

Kayle no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en el lugar por donde Phoenix había escapado.

—Imposible… —murmuró—. Ella debía estar muerta.

Luego giró hacia Deadshoot.

—Tu primera misión empieza ahora.

Le entregó un archivo digital. Nombres. Rostros. Alias.

- Sun Ho-Wong.
- Ramadon.
- Titanium.
- Phoenix.
- Speed.
- Yan Yu Yung.

—Elimínalos —ordenó—. Todos. Son mis errores… y ya no puedo permitirme más.

Deadshoot cerró el archivo.

Sin saberlo aún, acababa de cruzar una línea de la que ya no habría regreso.




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