El interior de la alcaldía estaba en calma, una calma artificial, sostenida por mármol pulido y seguridad privada. Wilson caminaba junto a Kayle por un pasillo largo, todavía con el eco de los aplausos resonándole en los oídos. El traje seguía puesto; sentía su peso como una segunda piel.
—¿Qué fue eso? —preguntó al fin, deteniéndose—. No estaba en el guion.
Kayle no se sorprendió. Se giró con lentitud, cruzó los brazos y lo observó como si evaluara una pieza recién salida de fábrica.
—Un ataque —respondió—. O, mejor dicho, un error que se niega a morir.
Wilson frunció el ceño.
—Explícate.
Kayle suspiró, resignada a decir una parte de la verdad.
—Son fracasos del Proyecto Zero. Sujetos alterados genéticamente antes de que el proceso estuviera completo. Inestables, peligrosos. Yo quise eliminarlos cuando tuve la oportunidad… pero escaparon.
La palabra fracasos quedó flotando en el aire.
Wilson apretó la mandíbula.
—No soy un cazador de mutantes —dijo—. No sé cómo localizarlos, ni cómo pensar como ellos. Y mucho menos cómo negociar.
Kayle dio un paso hacia él.
—No tienes que negociar. Tienes que matarlos.
Wilson sostuvo su mirada, sin retroceder.
—No soy estúpido —respondió con frialdad—. Vi al alcalde junto a mí en el escenario… y también lo vi abajo, entre la multitud. Demasiado tapado. Demasiado atento. Eso no fue casualidad.
Kayle no dijo nada.
—Y Phoenix… —continuó Wilson—. Su poder no era improvisado. Era control, experiencia. No es alguien a quien se enfrente uno solo contra seis más como ella y salga caminando.
El silencio se volvió incómodo.
—Hay más de ellos —añadió—. Lo sé. Y tú también.
Kayle clavó los ojos en el suelo por un segundo. Luego volvió a erguirse.
—Son una amenaza nacional —insistió—. Si no los eliminamos ahora, el caos será imparable.
Wilson negó lentamente.
—Si los atacamos sin entenderlos, lo único que vamos a lograr es unirlos —dijo—. Y si eso pasa, ni Deadshoot va a ser suficiente.
Kayle lo miró con una mezcla de ira y cálculo.
—¿Entonces qué propones?
Wilson respiró hondo.
—Negociar —dijo—. O al menos intentarlo. Averiguar qué quieren, por qué siguen aquí… y decidir después. Matar es fácil. Pensar no.
Kayle sonrió apenas, una sonrisa tensa, peligrosa.
—No olvides quién te dio esa segunda oportunidad, Wilson.
Él la sostuvo la mirada.
—No olvides tú quién tiene ahora el arma.
Por primera vez desde que se conocieron, Kayle no respondió de inmediato. Y en ese breve silencio, Deadshoot dejó de ser solo un proyecto… y empezó a ser un problema.