Deadshoot

CAPITULO 13

El callejón estaba oculto entre edificios abandonados, donde la luz apenas se filtraba y el olor a humedad se mezclaba con óxido y basura vieja. Allí, lejos de las cámaras y de la ciudad que fingía dormir, los Smashers se reunían como sombras que respiraban.

Uno a uno fueron apareciendo.

Sun Ho-Wong afiló sus uñas metálicas contra una pared, dejando surcos brillantes en el concreto. Ramadon estiró el cuello y los hombros, como si el cuerpo nunca fuera suficiente para la fuerza que contenía. Titanium permanecía inmóvil, la piel ya endurecida en metal, reflejando los pocos destellos de luz. Phoenix observaba el cielo con brazos cruzados, pequeñas chispas bailando entre sus dedos. Speed iba y venía, incapaz de quedarse quieto más de un segundo.

Entonces, desde la oscuridad, Yan Yu Yong dio un paso al frente.

Su rostro cambió al hablar, deformándose hasta adoptar rasgos conocidos: por un instante fue el alcalde de Washington, luego un guardia, luego un desconocido. Finalmente volvió a su forma original.

—Ya lo vieron —dijo con voz grave—. Kayle sacó su nueva arma.
Phoenix apretó los dientes.

—Deadshoot.

Yan asintió.

—Es más poderoso de lo que calculamos. No es como Bloodshoot… este está mejorado, más estable, más preciso. No lo enviaron para asustar. Lo enviaron para exterminar.

El silencio pesó sobre el grupo.

—Entonces ya empezó —murmuró Speed.

—No necesariamente —respondió Yan—. Pero tenemos que asumir que en cualquier momento vendrá por nosotros.

Ramadon dio un paso adelante.

—Que lo intente.

Yan lo miró con dureza.

—Ese es el error que Kayle espera que cometamos —dijo—. No somos soldados. Somos supervivientes. Experimentos que salieron mal… y por eso mismo, somos la prueba viviente de que ella miente.

Titanium habló por primera vez, su voz resonando como metal golpeado.

—¿Plan?

Yan alzó la mirada.

—Estar preparados. Movernos. No quedarnos en un solo lugar. Y si Deadshoot aparece… no lo ataquen como un arma.

Phoenix levantó una llama en su palma.

—¿Entonces cómo?

Yan apretó el puño.

—Recuerden esto: las armas obedecen órdenes… los hombres dudan. Si logramos que dude, tal vez no tengamos que matarlo.

Los Smashers se miraron entre sí. Sabían que el tiempo se agotaba.

Sobre Washington, la guerra silenciosa acababa de comenzar.




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