El silencio de la noche en el callejón de Washington fue roto por el ruido metálico de cadenas y pasos firmes. Wilson McDuffy, aún jadeando tras la brutal pelea, fue interceptado por los Smashers. Antes de que pudiera reaccionar, Ramadon lo sujetó con fuerza, sus músculos absorbiendo cualquier intento de liberarse, mientras Sun Ho-Wong extendía sus afiladas uñas metálicas hacia él, apenas rozándolo para advertirle del peligro.
Lo levantaron y lo arrastraron hasta el centro del callejón, donde lo ataron a una barra de hierro con varias cadenas que lo mantenían inmóvil. La luz de los faroles reflejaba los ojos de cada mutante, llenos de determinación y desconfianza.
—Primero, yo —dijo Sun Ho-Wong, arqueando sus uñas metálicas hacia el aire—. Kayle me considera un arma porque mis uñas no solo pueden cortar metal; puedo atacar a distancia, inmovilizar enemigos y desestabilizar cualquier combate. Soy letal, y me entrenaron para no fallar.
—Yo soy Ramadon —intervino el hombre corpulento—. Mi fuerza y resistencia absorben cada golpe que recibo, transformándolo en poder propio. Kayle cree que puedo destruir ejércitos enteros si es necesario. —Su voz resonaba con amenaza contenida, mientras apretaba sus puños y demostraba un leve temblor de poder.
—Titanium —dijo el hombre cuya piel ya brillaba metálica—. Cada parte de mi cuerpo puede convertirse en acero viviente. Kayle dice que soy inquebrantable, capaz de resistir ataques que matarían a cualquiera. Soy un arma móvil, y ella confía en que nada me detenga.
—Yo soy Phoenix —exclamó la mujer de cabellos oscuros, con una llamarada que iluminó la calle—. Mi fuego no solo quema, destruye. Kayle me considera un arma perfecta para intimidar, eliminar y sembrar caos en segundos. Nadie escapa de mis llamas.
—Speed —dijo un joven que se movía ligeramente, como si cada segundo le sobrara—. Puedo desplazarme a velocidad supersónica. Kayle confía en que puedo sorprender al enemigo antes de que siquiera reaccione. Puedo rescatar, atacar o desaparecer sin ser alcanzado.
Finalmente, Yan Yu Yong, el cambiaformas, se adelantó, observando a Deadshoot con la intensidad de un depredador.
—Y yo, Yan —dijo, con una voz que parecía cambiar según la percepción de cada uno—. Puedo tomar la forma, la voz y las habilidades de quien vea. Kayle me considera el arma definitiva: infiltración total, confusión y destrucción desde dentro.
Wilson los miraba con los ojos abiertos, sintiendo el peso de la amenaza y comprendiendo por primera vez la magnitud del desafío que tenía por delante. Cada uno de ellos era una fuerza de destrucción, y todos habían sido moldeados para ser herramientas letales del Proyecto Zero. Ahora, lo que estaba en juego no era solo su vida, sino el equilibrio de Washington.
Los seis mutantes lo rodearon, dejando claro que Deadshoot no estaba enfrentando simples criminales: estaba atrapado en un callejón con armas vivientes que el mundo aún no estaba preparado para enfrentar.