¿Por dónde empezar? Es difícil marcar el principio. Tal vez tendría que ir a finales de marzo. Sí, nunca voy a olvidar ese viernes.
Esa mañana me había propuesto que sería distinto, lo había decidido en el corto momento en que mi madre y yo compartimos el desayuno.Después de que mis compañeras me agradecieran que jugase para el equipo contrario, esperé que se fueran y hablé con González, mi profe de gimnasia.
—¡Profe, quiero mejorar! ¿Cómo puedo hacer para jugar bien?
Mi tono demostraba decisión, seguridad, firmeza y determinación. Nada le pudo importar menos a González.
—Bueno, no espero mucho de chicas como vos. No te preocupes, no faltes y vas a aprobar. Por lo que podés hacer, vas bien.
Luego de decir eso, me pidió que guardara las pelotas y las llevara al armario. Se fue y me dejó con más rabia que soluciones. Me sentía decepcionada de mí, porque ese era todo mi potencial y siempre iba a ser así. Me daba bronca no poder ser buena (o menos mala).
—Al menos lo intentaste.
—¡En serio, no entiendo cómo llegó a ser docente!
Las voces de mis mejores amigos, Guillermo y Malena, me sacaron de mis pensamientos.
—Si te sacaras el pelo de la cara, aunque sea en gimnasia, te iría mejor.
—Olvidate, Guille, se lo digo siempre y nunca me hace caso.
Se acercaron y empezaron a juntar pelotas conmigo. Así eran ellos, siempre al pie del cañón.Juntos hacíamos, según nuestras familias, una "subfamilia". Nosotros teníamos el chiste interno de que Malena era nuestra hija, que había sacado los ojos café y el pelo de color negro como yo y la piel tan blanca como la de Guille, que era albino.Claro que había dos cosas que no podría haber sacado de nosotros. Una era su delgadez, pues siempre tuvo problemas para subir de peso. Yo tenía el problema inverso: ver la foto de una hamburguesa con papas me hacía subir de peso, mientras que Guille era el punto medio. La otra era su altura. Guille ya había llegado al metro setenta y cinco y recién llegaba al cuello de Malena. Por mi parte, me había quedado rozando el metro cincuenta. Claro que los tres estábamos en edad de crecimiento, pero yo no albergaba ilusiones. Si bien mis padres y mi hermano eran altos, sospechaba que yo había sacado los genes de mi abuelo materno, que nunca llegó al metro sesenta.
Cuando éramos chicos, nos peinábamos igual y nos vestíamos con los mismos colores: azul y rojo, como buenos hinchas de San Lorenzo. Después cada uno fue desarrollando su estilo. Por mi lado, usaba un corte recto que llegaba hasta la cintura. Mi pelo siempre pareció que estaba planchado, herencia de mi padre, así que nunca necesité usar la planchita. Malena lo tenía un poco ondulado. Se cortaba el pelo en "V"; adelante apenas por debajo de los hombros y caía en pico hasta sus codos. Por su parte, Guille tenía mi corte, pero lo usaba por debajo de la cadera y no tenía el pelo tan lacio como yo. Según él, esa moda era famosa en los 60, volvió en los 90 y no iba a faltar mucho para que volviera a ser tendencia. Entonces, él podría decir "yo me peinaba así desde antes".
Para mí eso no iba a pasar, pero era la persona menos indicada para hablar de moda. Por mí viviría con la camiseta de San Lorenzo y joggineta, pero mi mamá no me dejaba ir con camisetas de clubes al colegio, ya que eso estaba en contra de las normas de vestimenta. No me parecía justo, un montón de gente iba con camisetas de fútbol, pero ella siempre decía "la democracia existe en Argentina desde el 83, pero no en nuestro departamento". Así que las usaba debajo de mis conjuntos deportivos lisos, dos talles más grandes. Era la única de los tres que no usaba jeans.
La que sí podía hablar de moda era Malena. Todo lo que se ponía le quedaba hermoso, pero gracias a ella. Al ser alta, sin cintura, sin cadera, sin pechos, le costaba conseguir ropa. Así que siempre que compraba ropa le tenía que hacer algún ajuste. Pronto lo transformó en su hobby. Uno de sus pasatiempos era hacer que una prenda insulsa le quedara excelente.
Varias veces me había ofrecido su ayuda para buscarme un nuevo estilo. Con Guille lo había logrado: transformó a un chico que se vestía con lo primero que sacaba de su placar (o el de su padre) a un chico que se preocupaba por combinar jeans con camisas. Sin embargo, yo no iba a ceder tan fácil. Como siempre, ella aceptaba mi decisión, pero, como solía decir, "quedaba a disposición por si cambiaba de parecer".
Nos conocíamos desde el primer grado de primaria. Desde ese momento, siempre estuvimos juntos. Éramos la razón de nunca habernos cambiado de escuela. Ese era el único colegio que compartían las tres familias como "bueno"; buen nivel, sin ventas de sustancias adentro y con gente "aceptable". Ese último punto era discutible.
En total éramos 17 en el curso, pocos pero suficientes. Demasiados, incluso. Uno más insoportable que el otro, un nido de víboras tenía menos veneno que nuestra aula. Sin embargo, con nuestra compañía hacíamos de la secundaria un lugar agradable. Ya sea para soportar a nuestros odiosos compañeros o para aguantar las ninguneadas de González, como en ese momento.
Cuando terminamos de guardar las pelotas, Malena llevó la bolsa y Guille fue al baño. Por mi lado, fui a encargar nuestro almuerzo de viernes: panchos y gaseosa. Al entrar al buffet, algunas personas se dieron vuelta para verme y empezaron a murmurar. Cuando me puse en la fila, una de mis compañeras apareció y me empujó. Era Frida, una del trío de Milplis, apodo interno que teníamos con mis amigos para las tres milipilis del curso.
—Te la debía —dijo con su típico tono de superioridad.
No le dije nada porque tenía razón: la choqué muy fuerte durante el partido, tanto que me caí. Así que dejé que comprara sus ensaladas. Luego las llevó a la mesa del grupo de chetas endiosado por la escuela.
Helena era la Abanderada de ese trío. Influencer con carrera de modelo. En sus videos, siempre hablaba de la parte frívola de la actualidad mientras se maquillaba. Sus ojos verdes resaltaban muy bien con sus rulos negros que jamás tiñó. Sus pecas de la infancia la habían abandonado, así que su piel era pareja. Todos decían que tenía una hermosa cara de ángel. Y tenían razón; Lucifer también era un ángel.