Seguía siendo un viernes ordinario: salimos del colegio, buscamos nuestra mercadería del mes, agarramos la fruta que había quedado y acompañamos a Guille.
En el camino, hablamos del fin de semana. San Lorenzo jugaba ese domingo y arreglamos ver el partido juntos, como siempre desde los trece años, en la casa de Malena.Sin darnos cuenta, empezamos a hablar del Mundial.
Era marzo y faltaba mucho para noviembre; pero nosotros ya hacíamos suposiciones, y teníamos nuestras cábalas y rituales. Yo estaba segura de que íbamos a traer la tercera: veníamos de una buena racha desde hacía tiempo. Sabía que Qatar era nuestro desde la Copa América. Había analizado los partidos y tenía todo en mi anotador.
Sin embargo, una parte de mí se aferraba a las cábalas y las casualidades. Por ejemplo, Canadá había clasificado al Mundial, cosa que no pasaba desde el 86. El 9 era cordobés, como en el 78 y en el 86. Además, Alberto Fernández tenía bigote. ¡Presidente con bigote! Como Videla y Alfonsín. Y, no menos importante, los nombres de los 10: ¡SUS SEGUNDOS NOMBRES EMPEZABAN CON "A"! Elegimos creer: ¡lo mejor estaba por venir! ¡Era nuestro año! Nada podía arruinar el 2022.
—Espero que no nos toque contra Alemania —deseó Malena.
—¡Alemania ya fue! Me preocupa más Francia —opinó Guille.
—¡Es el Mundial! Obvio que son equipos buenos. Podemos encontrarnos con cualquiera: Alemania, Francia, Brasil... ¡Pero así es el Mundial! ¡Es para ganarles a los mejores equipos! ¡Hasta Países Bajos es preocupante! —aseguré.
—¿Quién? —preguntó Malena.
—Holanda —contestó Guille.
—Ah, claro. Es verdad, tuvieron buenas eliminatorias —comentó Male.
—¡Nosotros también! Scaloni armó un buen equipo. Tiene una buena delantera y la defensa es sólida. Estamos invictos; eso es un impulso emocional para el equipo. Y tenemos al 10 en su mejor momento, Lio nos va a traer la Copa, ¡se los firmo! —exclamé.
—Loco soy por mi trapo... —empezó a cantar Guille.
—Te sigo a muerte por donde vas... —continuamos nosotras.
—Porque la vuelta queremos dar... —gritamos los tres.
Caminamos, medio cantando y medio gritando, hasta que la constante de los viernes se rompió. Con toda la euforia que me despertaba el Mundial, no presté atención al cruzar la calle. En ese momento, me llevó por delante una cross y me caí con parte de la mercadería. Los huevos chocaron contra el piso y se rompieron.
—¡Cuidado, imbécil! —gritó Malena y empujó al conductor.
—¡Pará, loca! —se quejó el chico de la bicicleta—. ¿Estás bien?El conductor me dio su mano para ayudarme a levantarme. Yo estaba inmóvil y muda.—¡Ey! ¿Estás bien? —repitió bajando de la bicicleta. Agarró mis manos y me ayudó a pararme—. ¿Te lastimé? ¡Perdón!
—¿Eh? ¡No, no! Fue mi culpa; no me di cuenta de que estaba en la calle.
—Torpe. Podría haber sido un auto —dijo.
Me agarró las manos y empezó a mirarme los brazos. Me quedé contemplando el momento en el que él me revisaba para ver si estaba lastimada. Después empezó a pelear con Malena, pero no los escuché. No podía dejar de pensar en que Alan me había tocado.
—¡Bueno, ya! Los dos tienen razón, vos venías sin mirar y nosotros también —afirmó Guille y se agachó para juntar la mercadería —. ¿Me podrían dar una mano?
Entre los cuatro juntamos rápido todo y Alan se ofreció a llevar las cajas en el asiento de la bicicleta.
—Los vi en el aula de mi novia. No puedo dejarlos con tanto peso si son sus amigos.Antes de que nosotras digamos algo sobre nuestra "amistad" con la Milplis, Guillermo puso apiladas las cajas en el asiento. Con un "gracias" se sacó de encima la carga que llevaba.
Entre los dos sostenían la mercadería arriba de la bici. Se había hecho tarde.Nos presentamos oficialmente en el camino. Alan nos explicó que estaba practicando y no nos vio. Se iba a encontrar con sus amigos riders de Escalada, pero antes ayudó a uno de sus compañeros del colegio a llevar la mercadería hasta su casa. Según comentó, no vivía muy lejos de nuestro destino.Luego de diez minutos, llegamos a la vieja casona.
—¿Qué es esto? —preguntó Alan.
—Un merendero —respondí.
—¿Comen en un merendero?
—¡No, imbécil! La mercadería que tenés ahí es para el merendero —insultó Malena.
—¿Siempre sos tan histérica?
Antes de que empezaran a pelear, Guillermo les recordó que había chicos todavía y ese era su espacio seguro. Estaba prohibido pelear ahí. Luego, entramos en silencio.Nos encontramos con tres nenes dibujando en una mesa. Cuando nos vieron, corrieron para abrazarnos. Al ver a Alan, preguntaron quién era el señor de la bici chiquita. Él se presentó y les contó sobre nuestro encuentro.
Se puso incómodo cuando los chicos empezaron a tocar su bicicleta, así que Guille les pidió que buscaran a quien estuviera a cargo en ese momento. Enseguida Cris apareció quejándose. El problema era que Guille se había comprometido a ir los viernes después del colegio para limpiar y cerrar; contaba con eso y llegamos tarde.
Agarró las cajas que habíamos dejado en el piso y las llevó a la cocina.Cuando volvió, nos avisó que doña Rosa se iba antes porque tenía que llevar a los nenes a su casa. Después de explicar qué faltaba por hacer, Cris notó a Alan. Él miraba el lugar extrañado, como si fuese un nene de departamento que visitaba el campo por primera vez.
—¡Ah, hay uno nuevo! ¡Y está perdidísimo!
—Es un compañero del colegio. Nos ayudó a traer las cosas —explicó Guille y miró a Alan—. Él es mi primo... —vio a Cris y se corrigió—. "Elle", perdón.
—Me llamo Alan —dijo, y le dio la mano para saludar—, ¿y usted?
—Cris. —Le agarró la mano y siguió—: ¡Y no me trates de usted! ¿Entendiste?
—Sí, señore.
Alan cambió su media sonrisa por una mueca de dolor al sentir el apretón de Cris, cuya cara se había desfigurado después de escuchar la palabra "señore". Cuando lo soltó, no volvió a hablarle. Nos miró a los tres y nos repitió todo lo que quedaba por hacer. Después se fue. Doña Rosa y los chicos salieron enseguida, y nos dejaron solos a los cuatro.